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Cogí la bolsa que esperaba junto a la puerta. La expresión de Abby, cuando alzó la vista, era de sorpresa, no estaba preparada. El claxon volvió a sonar.

– Buena suerte -dijo, en tono incómodo.

– Gracias. Llamaré…

– No estaré en casa.

– Bueno. Y Abby…

– ¿Sí?

– Buena suerte.

No sabía si estaba siendo sincero ni a qué me refería en el caso de serlo. ¿Le estaba deseando buena suerte para dejarme? Pero lo dije, completé aquel colofón absurdo: buena suerte para todos. Después me marché.

2

Era septiembre de 1999, una época de miedos: faltaban tres meses para que el colapso de la red informática mundial pusiera punto final a la larga fiesta del siglo. Entretanto, a medida que la fiesta se iba apagando, el nuevo formato de moda en la radio era una cosa llamada Clásicos Pegadizos. La emisora MEGA 100 de Los Ángeles, adaptada recientemente a la nueva tendencia, sonaba en el taxi -en concreto, el tema de War «Why Can’t We Be Friends?»- mientras le pedía al taxista que me llevara al edificio de Universal Studios y nos alejábamos de la terminal del aeropuerto en dirección al tráfico bordeado de palmeras. Me pareció que los árboles estaban sedientos.

San Francisco también contaba con una emisora de Clásicos Pegadizos. Todas las ciudades la tenían, un cambio de marea ocasionado por la predisposición de mi generación a ponerse sentimental escuchando los grandes éxitos de su juventud. Se habían eliminado las viejas divisiones para poder admitir que la música disco no había estado tan mal y pretender incluso que siempre nos había encantado. Los éxitos bailables de Kool & the Gang y Gap Band contra los que nos rebelamos de adolescentes, tratando de negar la respuesta que provocaban en nuestros cuerpos, eran ahora ingredientes básicos de bodas y almuerzos en todo el país; las baladas de O’Jays y Manhattans y Barry White que despreciábamos eran ahora, bien combinadas con martinis y vino zinfandel, elementos fundamentales para cualquier seducción competente. A juzgar por la radio, podía haber alcanzado la mayoría de edad en una utopía donde la raza no importaba. No importaba que en el extremo opuesto del dial las emisoras de hip-hop vivieran una espantosa cuarentena, una especie de pre-encarcelación. Al menos no por hoy, no para el viajero del asiento trasero de un taxi conducido por un tal Nicholas M. Brawley a través de una niebla tóxica blanqueada por el sol hacia una reunión con el director de desarrollo de Dreamworks, nada de eso.

– ¿Le gusta esta canción? -le pregunté a la nuca de rizos canosos y aspecto cuarentón de Nicholas Brawley.

– No está mal.

– ¿Conoce a los Subtle Distinctions?

– Eso sí que es música.

En el puesto de control de la entrada de Universal Studios tenían noticia de mi visita, así que permitieron la entrada del taxi de Brawley, que dejó atrás jeeps aparcados, largos hangares sin ventanas y casetas de ladrillos con toda la pinta de haber sido levantadas esa misma mañana. El edificio de Dreamworks estaba situado a un kilómetro y medio de la entrada al complejo, detrás del aparcamiento arbolado para el que se necesitaba un pase especial. No me habían dado ninguno, de modo que Brawley me dejó junto a la verja interior.

– ¿Tiene una tarjeta? -le pregunté-. Necesitaré a alguien que pase a buscarme dentro de, no sé, tal vez una hora.

Apuntó un número en el dorso de una tarjeta de la compañía.

– Llámeme al móvil.

Mientras cruzaba el aparcamiento sombreado hacia la entrada se me acercaba en dirección contraria un lacayo de punta en blanco, camino de un claro entre los eucaliptos. Llevaba un Oscar. Varias palmeras rodeaban la base y los hombros de la estatua a cuyo dueño parecía estar buscando el empleado. Me pregunté si su trabajo no consistiría en pasarse el día recorriendo el aparcamiento con el premio en la mano, de un lado a otro, para recordar al visitante los logros de la empresa.

Una vez dentro me indicaron que subiera a la siguiente planta, donde di mi nombre a una bonita muchacha con auriculares. Me sirvió un poco de agua mineral antes de abandonarme a mi suerte en una flotilla de sofás y revistas. Allí dejé mi triste bolsa de viaje a un lado, me recogí un poco los pantalones para cruzar las piernas e intenté no parecer demasiado desmoralizado bajo la sonrisita de los pósters enmarcados. Pasó el tiempo, sonaron los teléfonos, susurraron las moquetas y alguien murmuró a la vuelta de la esquina.

– ¿Dylan?

– ¿Sí?

Solté un Men’s Journal y un chico con un traje arrugadísimo me dio la mano.

– Eres el de la música, ¿no?

– Sí.

– Soy Mike. Encantado de conocerte. Jared está a punto de terminar con una llamada.

Pasamos al pequeño despacho de Mike, un espacio intermedio y, por lo visto, escala habitual en las visitas a Jared. Tenías que ir por pasos, de la A a la Z. Al menos todos nos tratábamos por el nombre de pila.

– ¿Mike? -llamó una voz por el intercomunicador.

– Sí.

– Que pase Dylan.

Mike me animó a cruzar el umbral de Jared levantando ambos pulgares y me guiñó un ojo para desearme buena suerte.

La sala tenía tonos terrosos para dar y regalar. Allí no había pósters, nada discordante: parecía el despacho de un psiquiatra. El sol se colaba entre el ramaje de un par de árboles de caucho en macetas que decoraban la moqueta. Jared se levantó detrás de su mesa. No llevaba chaqueta, tenía el pelo rubio, abundante y suave y una actitud relajada, parecía un adicto al gimnasio. Aunque lo habría machacado al frontón callejero.

Un cónclave con Jared Orthman se consideraba lo mejor que te podía pasar por detrás de una audiencia con Geffenberg en persona. Miles o millones de escritores se morían de ganas de conseguir la oportunidad de que yo disfrutaba. Esperaba no echarla a perder, no tanto por ellos como por mis pobres perspectivas y abundantes deudas.

– Siéntate, aquí mismo.

Me guió lejos de la mesa, hacia un par de confidentes al otro lado de la habitación, la zona de lanzamiento.

Solté la bolsa, que se arrugó como una escultura de Claes Oldenberg en representación de la impotencia del artista en los entornos empresariales. Deseé haber guardado el discman y la muda en algo más parecido a un maletín. Nos sentamos, sonreímos, cruzamos las piernas.

Jared frunció el ceño.

– ¿Tienes agua? ¿Te han dado agua? -preguntó, ansioso.

– La he dejado fuera.

– ¿Quieres algo? ¿Agua?

Parecía dispuesto a proveerme de aquella esencia vital aunque tuviera que sacarla de las piedras.

– Estoy bien, gracias.

– Bueno.

Sonrió, frunció el ceño, separó las manos.

Nos estudiamos mutuamente y tratamos de aparentar amabilidad. Debíamos de ser de la misma edad, pero por lo demás habíamos transitado por extremos opuestos del universo hasta llegar a coincidir en esa reunión. Mis vaqueros negros eran como una mancha de ceniza o vómito en su mundo crema y melocotón.

– Soy amigo de Randolph -le recordé-. Del Weekly.

– Eeeso. -Asintió, considerando la información-. Hum… ¿Quién es Randolph?

– ¿Randolph Treadwell? ¿El Weekly?

Asintió.

– Creo que ya sé a quién te refieres.

– Bueno, eh… él me consiguió esta cita.

– Vale. Vale. Entonces, eh… ¿qué estás haciendo en mi despacho?