– ¿Cómo?
La pregunta fue tan simple que me sorprendió tanto como si me hubiera preguntado: «¿Por qué tengo este trabajo en lugar de cualquier otro? ¿Podrías explicármelo, por favor?».
– Un momento -dijo, alzando un dedo y levantándose del confidente. Se inclinó sobre la mesa y apretó un botón-. ¿Mike?
– Sí.
– ¿Qué hace Dylan en mi despacho?
– Es el de la música.
– El de la música.
– Ya sabes. Tiene una peli.
– Aaah. -Ahora Jared se volvió y me sonrió. Qué alegría. ¡Una película! Qué inesperada sorpresa-. ¿Quién es Randy Treadmill o algo así? -le preguntó al intercomunicador.
– El tipo que conociste hablando del tema. -Clic, zumbido-. En el barco.
– Aaah. Vale. Vale.
Soltó el botón del intercomunicador. Comprendí que existía una jerarquía de recuerdos. Mike recordaba por Jared la clase de cosas que Jared había recordado para otros en otro tiempo, mientras ascendía por la cadena de mandos. Algún día Mike tendría a alguien que le recordaría las cosas y podría olvidar su actual habilidad.
Jared regresó al confidente y volvió a señalarme con el dedo, pero ahora se trataba de un dedo más feliz.
– Tienes una película -dijo, con voz cálida.
– Sí.
– Lo que yo quería oír.
No tenía ni idea de lo que le hablaba. Podría haberle ofrecido una comedia sobre un vibrafonista novato para los Boston Pops o un thriller sobre un espía que mata mediante silbidos ultrasónicos, cualquier cosa que pudiera esperarse del tipo de la música.
– Voy a cerrar los ojos -dijo Jared-. Eso significa que estoy escuchando.
Me dejó libre para contemplar sus párpados morenos, la mesa inmaculada, los árboles gemelos. Por lo visto, yo era la hormiga que tenía que moverlos.
– ¿Y tu película trata de…? -Un recordatorio del tipo: solo porque tenga los ojos cerrados no significa que no tenga prisa.
– Una historia real.
– Vale.
– En Tennessee…
– ¿Tennessee? -Jared abrió los ojos.
– Sí.
– ¿Qué pasó en Tennessee?
Volví a empezar.
– En los años cincuenta, en Tennessee, existía un grupo de música llamado los Prisonaires, los Prisioneros. Porque estaban en prisión. Pero de todos modos tenían una carrera musical. Grababan en Sun Records, la discográfica que descubrió a Elvis Presley. Es el título de la película: Los prisioneros.
– ¿Sabías que mis padres son de Tennessee? -Lo dijo como si fuera Crimea o Marte-. ¿O es solo una coincidencia?
– No lo sabía.
– Vale. Vale. Genial. ¿Cómo se titulaba?
– Los prisioneros.
– Vale, sigue.
– Empecemos por el principio. -Me habían aconsejado que hablara «en escenas»-. Querría empezar la película dentro de la prisión. El líder de los Prisonaires es un tipo llamado Johnny Bragg. Es el cantante y el que escribe las canciones. Lleva años en la cárcel, desde que tenía dieciséis. Por cargos falsos. Pues bien, él y otro convicto están en el patio, paseando bajo la lluvia, y uno le dice al otro: «Aquí estamos, paseando bajo la lluvia, me pregunto qué estarán haciendo las niñas». Y Johnny Bragg empieza a cantar el comentario, una cancioncilla triste: «Just Walkin’ in the Rain». Que se convirtió en su primer éxito. Tal vez podría sonar de fondo de los rótulos de crédito al principio.
– Me recuerda a algo.
– Probablemente a «Singing in the Rain».
– Claro, es verdad. ¿De quién es?
– Es otra canción.
– Vale, a ver si lo entiendo: no debería estar en la cárcel. ¿Cuáles son los cargos?
– Bueno, seis delitos de violación. Seis condenas de noventa y nueve años, sin posibilidad de libertad condicional.
– Aj.
– La poli le tendió una trampa. Era un chaval arrogante, guapetón, y se la tenían jurada. Le colgaron varias violaciones por resolver.
– Brad Pitt, Matthew McConaughey.
– He olvidado comentar que es negro.
– ¿Son todos negros?
– Sí.
– Vale. -Jared agitó las manos, echando de mala gana a Pitt de la sala-. Vuelta a empezar, pero con negros. ¿Cómo escapa de la prisión?
– Bueno, no se escapa. Es decir, más adelante sí sale de la prisión, pero no de entrada. Monta un grupo en la cárcel, en prisión, los Prisonaires. Esa es la gracia, que siguen en prisión. Les dejan salir para las grabaciones y los conciertos.
– No lo entiendo. ¿Están dentro o fuera?
– En eso consiste la película. Los Prisonaires eran tan famosos en Tennessee que el gobernador recibió presiones en ambos sentidos: para liberarlos y para mantenerlos entre rejas y dar ejemplo. Algunos consiguieron el indulto, pero Bragg no. Es una gran historia, plagada de altibajos emocionales.
– Me estás confundiendo.
– ¿Sí?
– Porque nosotros no hacemos películas con fuertes altibajos emocionales.
– ¿Cómo?
– Es broma, tío.
Empezaba a parecerme posible que acabara saltando el espacio que separaba nuestros confidentes para estrangular a Jared.
– Mira, si pudiera contártela sin interrupciones creo que la entenderías.
– Dylan, eso no ha sido muy amable.
– Es que… me muero de ganas de contarte la historia.
– Me gustas, sí señor.
Esperé hasta que quedó claro que Jared no tenía nada más que añadir y entonces contesté:
– Gracias.
– Cinco minutos. -Abrió la mano para mostrarme los cinco dedos, luego se recostó y volvió a cerrar los ojos.
– La de los Prisonaires es una de las grandes historias desconocidas de la historia de la cultura pop. -Las palabras se me morían en la lengua, pero seguí farfullando-. Cinco negros en prisión en la década de mil novecientos cincuenta, algunos de ellos con condenas de cien años, otros con menos; todos víctimas de los prejuicios y la injusticia económica del Sur segregacionista. Cinco delincuentes que forman un grupo musical solo por amor a la música. Pero son tan buenos que consiguen una audición. El guarda les concede unos pases especiales para que puedan ir a Sun Studios: es mil novecientos cincuenta y tres, el mismo año en que un chavalín llamado Elvis Presley se pasea por Sun intentando conseguir una sesión. Pero la estrella de la película es Johnny Bragg, el cantante principal, el líder de los Prisonaires. Cuando Bragg tenía dieciséis años lo condenaron injustamente: una mujer que le guardaba una rencilla, tal vez celosa porque él tonteaba con otras, avisó a la policía. Le acusó de violación. Y los polis blancos le colgaron seis solo para quitarse los casos de encima. Seis casos pendientes resueltos de golpe. A Johnny Bragg le caen seiscientos años de prisión. -Casi todo lo que estaba diciendo lo había sacado de las notas de Colin Escott que acompañaban al cedé de los Prisonaires o lo había elaborado a partir de mis propias cavilaciones sobre un puñado de recortes de prensa que había descubierto. Pero bastaba. Estaba empezando a inspirarme, a recordar lo que tenía en mente cuando empecé, el guión para el que debería haberme pasado el año previo investigando y escribiendo-. En el trayecto de autobús hacia Sun Studios, a primera hora de la mañana, Johnny Bragg mira por la ventanilla y ve un autocine vacío y dice: «Vaya, qué locura de cementerio». Tiene veintiséis años y lleva diez en prisión.
– Mala cosa -musitó Jared.
– Así que graban el disco. Un sencillo con dos temas. Elvis Presley está allí. En el estudio. Es solo un chaval que dejan estar por allí. Se hace amigo de Bragg. Por cierto, todo esto es verdad. Y nos proporciona una gran oportunidad para alguna aparición estelar, como cuando Val Kilmer interpreta a Elvis en Mystery Train.
– No la he visto.
– No pasa nada, no es para tanto. En fin, Bragg y los Prisonaires graban el disco y vuelven a prisión. Fin de la historia, ¿no? Solo que la canción «Just Walkin’ in the Rain» se convierte en un éxito. Un gran éxito, la gente la pide a las emisoras de radio. Mientras, los Prisonaires siguen en la cárcel. Ellos no tienen radio, así que no saben lo que pasa, pero empiezan a recibir cartas de desconocidos. Se están convirtiendo en estrellas. Y los agentes de prisiones empiezan a implicarse. El alcaide llama por teléfono al gobernador, todo el mundo trata de buscar una solución, el modo de animar la historia.