– Me estás matando, Dylan.
– La cosa sigue y sigue. En los años sesenta refunda los Prisonaires y esta vez incluyen a un tipo blanco: es la era de la integración. Pero a los otros prisioneros no les gusta y lo atacan en el patio. Más adelante lo sueltan de nuevo y se casa con una blanca y los polis le arrestan por ir con ella por la calle…
– Para, ¿vale? Para. No me cuentes nada más.
Jared llevaba un rato poniéndose cada vez más nervioso y entonces saltó del asiento, con los ojos saliéndosele de las órbitas, y se acercó a su mesa.
– ¿Qué pasa?
– Es todo maravilloso, Dylan. Es, es… ¿Quién más sabe algo de esto?
– Eres el primero al que se lo cuento.
Supuse que era la respuesta que Jared quería oír. Ni que decir tiene que la historia de los Prisonaires llevaba treinta y tantos años dando vueltas por el mundo, esperando a que alguien la aprovechara. No me pertenecía. Por lo que yo sabía, hasta era posible que otro escritor estuviera puliendo el tercer borrador de su versión en el despacho de al lado.
Me atreví a preguntar:
– ¿Te gusta?
– ¿Bromeas? Es pura dinamita. Estoy pensando, ¿vale? Necesito pensar. Hoy es viernes, ¿verdad?
– Eh… sí.
– Vale, eso significa que en la práctica no voy a encontrar a nadie hasta el lunes.
– No estoy seguro de estar entendiéndote.
– ¿Adónde vas cuando salgas de aquí?
Supuse que ForbiddenCon no le diría nada a Jared. Tampoco a mí me decía gran cosa.
– Me vuelvo al hotel.
– No me mientas.
– No lo hago.
– Porque una parte de mí, uf, una parte de mí no quiere dejarte salir de este despacho hasta que esté seguro de que vamos a hacer esto, hasta que me des algo que pueda presentar en una reunión y me prometas que me concederás dos días más a partir del fin de semana. Como mínimo, cuarenta y ocho horas. ¿Un pañuelo de papel, caballero?
– Sin duda. -Me sequé las lágrimas evocando el dilema de Johnny Bragg. Me preguntaba cuántos lloraban en el despacho de Jared. Quizá, al final, todos.
Jared dejó la cajita de los pañuelos en mi confidente, luego se inclinó sobre la mesa para hablar por el intercomunicador.
– ¿Mike?
– ¿Sí?
– Mike, acabo de escuchar algo increíble. Es lo que siempre te digo: nunca se sabe lo que va a pasar. El amigo de un tipo con un barco entra en el despacho y resulta que es Dylan el escritor y el tal Dylan tiene algo grande, algo muy, muy grande.
– Es increíble -dijo Mike.
– No, es más que increíble.
– Vaya.
– Mike, necesito hablar ahora mismo con el agente de Dylan.
– Por supuesto.
Jared apartó la vista de la mesa.
– Sé que vamos deprisa, Dylan, pero solo quiero decirte una cosa: esto va a pagar la universidad de nuestros hijos.
– De acuerdo. -Me soné.
– Si no puedo hacer esta película, me mataré.
– Supongo que entonces tendrás que hacer la película.
– Exactamente. Dios mío. -Comprensiblemente, hasta a él le sorprendía su reacción. Estaban ocurriendo grandes cosas y él era el centro de los acontecimientos-. Necesito algo por escrito.
– Ahora mismo no tengo gran cosa -mentí.
– Necesito poder explicarme. Tengo que convencer a otros. Necesito algo por escrito, algo como lo que acabas de contarme. Ha sido asombroso. Tiene que ser así.
– No me llevaría mucho tiempo.
– ¿Me estás diciendo que no has escrito nada?
– Todavía no.
El intercomunicador hizo un clic.
– ¿Jared?
– ¿Qué?
– No encuentro al agente de Dylan.
– Pensaba que te tenía dicho que consiguieras información de todos los contactos. ¿Lo recuerdas?
– Es culpa mía -murmuré, tratando de proteger a Mike.
Jared soltó el intercomunicador.
– No me van los jueguecitos.
– A mí tampoco. Déjame que llame a mi agente, ¿de acuerdo? -No tenía agente, ni la más remota idea de dónde podría encontrar uno-. No está muy al tanto de toda esta historia.
– Si crees que voy a dejarte salir de este despacho con la película en tu cabeza, estás loco. Necesito que me des algo, Dylan. No me jodas, tío. Es mi película. Lo presiento.
– Estupendo -dije, levantando ambas manos con la esperanza de atemperar aquella locura-. Los dos estamos muy nerviosos. A ver, dime, ¿qué debería pasar a continuación?
– Que llames a tu agente desde aquí.
– ¿Qué?
Alzó las dos manos.
– Siéntate a mi mesa. Te prometo que no escucharé. Saldré al pasillo. -Se paseaba como un loco-. Siéntate y llámale desde aquí.
– Yo…
– Te estoy ofreciendo mi despacho, tío. Adelante. Siéntate.
No había modo de rechazar su oferta. Me senté en su silla. Él se encerró en la antecámara de Mike, pero antes de marcharse me señaló con el dedo por la puerta entreabierta.
– Dile que te tengo retenido hasta que me entregues algo que pueda presentar en una reunión.
– De acuerdo.
Cuando cerró la puerta marqué el número de mi casa. Por supuesto, saltó el contestador. Abby estaba en clase. Colgué sin dejar ningún mensaje, luego saqué la agenda y llamé a Randolph Treadwell al Weekly. Le encontré.
– Ayuda -dije.
– ¿Has ido a la reunión?
– Estoy en ella. Me ha dejado solo para que llamara a mi agente, solo que no tengo agente. Estoy tras su mesa.
– Interesante. -La voz de Randolph sonaba neutra.
– ¿Jared es siempre tan… hum… volátil?
– No le conozco demasiado. ¿Por qué?
– Da la impresión de que cree que vamos a ser padres. Que tendremos un bebé de oro macizo.
– Así son las cosas -dijo Randolph, sin dejarse impresionar-. Es como un grifo. Si está abierto, el agua sale a chorros. Ahora tienes que mantenerlo abierto.
– Gracias por el consejo.
– ¿Quieres pasarte por aquí cuando salgas? ¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad?
– Tengo que ir a ver a mi padre a Anaheim.
– ¿Qué hace en Anaheim?
Jared entró como una bala.
– Tengo que dejarte. -Colgué.
– ¿Cómo acaba? -preguntó Jared.
– ¿Perdona?
– Estaba intentando contárselo a Mike, todo, lo de los negros, la cárcel, Elvis. Y se me ha olvidado si me habías contado el final.
– Eh… Creo que no hemos llegado al final -dije con cautela.
– ¿Y?
– Bueno, Johnny Bragg entra y sale de la cárcel un par de veces más, creo. Sigue componiendo siempre que puede. Pero no consigue más éxitos.
– ¿Y los Prisonaires?
– Creo que mueren.
– ¿Podríamos incluir un regreso triunfal?
Me encogí de hombros. ¿Por qué no? Aunque no conseguí decirlo con palabras. ¿Quedaba algún aspecto de la historia de Johnny Bragg que no hubiera deshonrado ya? ¿Qué daño podía hacerle un pequeño regreso triunfal? ¿O un gran regreso triunfal?
– ¿Y qué pasa con Elvis? Elvis es importantísimo para la historia. La escena de Elvis es estupenda, la visita a la cárcel cuando te has echado a llorar, ¿recuerdas?
Tal vez Elvis podía volver a darle un puñetazo al alcaide en la mandíbula y después liberar a Bragg de la prisión. O podían encadenar a los dos juntos por los tobillos, a Bragg y Presley, y enviarlos a partir rocas. En cualquier caso, las canciones serían estupendas.
– Bueno, en realidad la historia no tiene un gran final -dije-. Sigue más o menos igual. Estoy seguro de que podremos buscarle un buen final. Quizá Johnny Bragg cruzando por última vez las verjas de la prisión, convertido por fin en hombre libre.
– Tiene que ser bueno.
– Puede serlo.
– ¿Atrapan a los tipos que lo hicieron?
– ¿Que hicieron qué?
– Ya sabes, las mujeres asesinadas.
– No hay ninguna muerta. No hubo ningún gran enfrentamiento legal ni nada. Al final el tipo envejeció y dejaron de meterse con él, supongo.