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– ¿Qué edad tenía?

Me había preguntado cuánto tardaría en salir la cuestión.

– Es posible que siga vivo -dije.

Cuando leí la nota de Colin Escott, hacía nueve años, Johnny Bragg seguía con vida y concedía entrevistas. Sus anécdotas configuraban la mitad de mi exposición. Llevaba años planeando viajar a Memphis para intentar entrevistarlo. La visita, como tantos otros proyectos, había tenido que esperar a que una entidad como Dreamworks la financiara. Al menos, esa era mi excusa.

– ¿Vivo?

– Es posible.

– ¿Posible?

Tenía ganas de chillar: «¡Sí! ¡Vivo! ¡Posible!».

– Tendrá unos setenta y pico años.

– ¿No lo sabes?

– Me enteraré.

– Pues tenemos un problema grave, Dylan. -Jared se pasó la mano por el pelo y frunció el ceño, víctima de una tensión que yo no lograba entender-. ¿Te importa devolverme mi mesa, por favor?

– ¿Qué quieres que haga? -pregunté al cambiar de sitio.

Jared, sin dejar de fruncir el ceño, volvió a sentarse, cruzó las piernas y con un par de dedos se masajeó el puente de la nariz y la periferia de la mandíbula. Parecía en fase de recuperación de una juerga, de relajación tras un orgasmo o un chute de crack. Me pregunté con cuánta frecuencia se los permitiría.

– Entras aquí y me sueltas la historia de una vida, de una persona viva -dijo, no enfadado pero sí con hondo pesar-. Bueno, tendremos que pelearnos por los derechos. Y puede ponerse bastante peliagudo.

– Él querrá que contemos su historia -sugerí.

– Sí, sí, por supuesto. Aunque no sé lo del final, Dylan. No me acaba de gustar.

El tipo hablaba como si Los prisioneros ya estuviera rodada y montada y acabara de ver el primer pase y le hubiera decepcionado. Ahora nos encontrábamos con la triste tarea de minimizar el desastre y tratar de recortar pérdidas.

– Es demasiado vago, sale, entra, el grupo nunca vuelve a reunirse. Y sigo esperando a que ocurra algo con esa mujer, la que está entre el público, ¿sabes quién? La que llora.

Inevitable, absurdamente, adopté el mismo tono que él.

– Supongo que podría acabar antes. Después de la primera libertad condicional.

– Dudo que funcionara.

– De acuerdo -dije, impotente.

– Mira, no quiero… No voy a contarle nada a nadie de esto hasta que atemos todos los cabos. Tiene que ser perfecto. Tenemos que dar en el clavo. Los dos juntos vamos a tener que dejarnos la piel con los problemas que presenta el tercer acto, y no vamos a hacer nada hasta que los soluciones. Si subo el proyecto quiero que esté a prueba de todo, ¿comprendes?

– Tiene sentido.

– ¿Has hablado con tu agente?

– Esto… hum… él opina lo mismo.

– Por supuesto. El tipo sabe cómo funcionan las cosas.

– Bueno… -Estaba perplejo-. ¿Y ahora qué?

– La cuestión es qué vas a hacer tú. El proyecto está en tus manos.

– Eh… vale.

– No es fácil desanimarme. Confío en ti.

– Gracias.

– A propósito, no pasa nada por que te tomes tu tiempo. Esto no va a ninguna parte. Ocurrirá cuando tenga que ocurrir.

– Vale.

– Así que ¿tienes coche? Porque necesito que salgas de mi despacho.

– Puedo llamar…

– Sí, pero desde el teléfono de Mike.

En la sala intermedia le entregué a Mike la tarjeta de Nicholas Brawley y le pedí que le telefoneara.

– Jared estaba realmente impresionado -susurró Mike, con los ojos como platos ante la hazaña que había conseguido en el despacho.

– Creo que se recuperará -contesté.

Esperé con la bolsa de viaje a la sombra del aparcamiento durante un largo cuarto de hora hasta que el taxi de Nicholas Brawley volvió a aparcar junto a la verja. El hombre del Oscar no reapareció. La radio de Brawley seguía sintonizada en MEGA 100 y en la emisora sonaba mi vieja némesis en forma de tema musicaclass="underline" «Play That Funky Music» de Wild Cherry. Por supuesto. El crítico de rock de treinta y cinco años sabía lo que la presa de trece años de las aceras de alrededor de la Escuela de Secundaria 293 nunca descubrió: Wild Cherry era una banda de tipos blancos. La canción que se había colado en mi existencia adolescente a modo de acusación era en realidad una compungida autoparodia de un grupo de rock del Medio Oeste. Desde entonces me había preguntado muchas veces si saberlo me habría sido de alguna ayuda. Probablemente no. De todos modos, ahora lo entendía en otro sentido, como otra parte del significado de mi persona que me habían quitado, arrancado como ropas que hubiera robado o tomado prestadas. Tenía el caso menos convincente de autocompasión de cualquier alma humana en todo el planeta. O, al menos, el más cómico.

3

Abraham y Francesca esperaban juntos en el vestíbulo del Marriott de Anaheim, quietos como esculturas. A su alrededor el vestíbulo bullía de llegadas, viajeros amorfos vestidos de negro y violeta, mirando nerviosos a los lados como si les preocupara la impresión que daban mientras arrastraban las maletas hacia recepción presas de una agitada confusión. Otros daban bandazos o cruzaban como flechas el amplio espacio abierto del vestíbulo, reuniéndose brevemente en grupos de cuatro o cinco para abrazarse y charlar, para arrugar folletos con eventos señalados con rotulador o regalarse unos a otros chapas o lazos para engancharse de los tirantes o las asas de la mochila. Algunos devoraban bocadillos, chupándose los dedos pringosos sin darse cuenta. Muchos llevaban gafas de montura de plástico o sombreros blandos o joyas de cerámica, otros lucían camisetas con orgullosos enigmas: «MÁS QUE HUMANO», «DONA TU CUERPO A LA CIENCIA FICCIÓN», «ERA MILLONARIO HASTA QUE MI MADRE TIRÓ MI COLECCIÓN DE CÓMICS». Fotocopias pegadas con celo de cualquier modo en los pasillos y las puertas indicaban el número de las suites en las que se celebrarían fiestas, anunciaban actividades especiales y dirigían a los asistentes a la recepción, la exposición o la unidad de primeros auxilios. Las plaquitas con el nombre de ciertas personas indicaban «PROFESIONAL» o «VOLUNTARIO». Las voces se elevaban y se perdían en el murmullo generaclass="underline" arengas monótonas, risas estrambóticas, preguntas angustiadas, encuentros histéricos. ForbiddenCon 7 había arrancado en todo su esplendor. Yo solo tenía que descubrir qué era todo aquello o pasar de todo. No me pareció que me necesitaran.

Francesca me vio primero.

– ¡Ahí está! -gritó. Abraham asintió y los dos salieron a mi encuentro mientras yo cruzaba la puerta giratoria. Me adelanté, tratando de ahorrarles la molestia-. ¡Llegas tarde! Nos vamos a perder la mesa de Abe.

Les había prometido reunirme con ellos en el vestíbulo a las tres, y eran casi las cuatro. Nicholas Brawley había reído y cabeceado al oír adónde iba. «Debería haber alquilado un coche», me dijo, y cuando por fin terminamos de cruzar el océano de casas que separaba Hollywood de Anaheim entendí el comentario. La carrera me costó ciento catorce dólares. Sin embargo, al entrar en el vestíbulo del hotel de la convención, consideré la distancia conceptual todavía mayor que había cubierto desde el despacho de Jared Orthman hasta ForbiddenCon. Lo de Brawley había sido una ganga.

– Dylan -dijo mi padre.

Nos abrazamos y le noté suspirar pegado a mí. Luego me volví hacia Francesca, justo a tiempo para dejarme envolver por su ataque sobrecogedor pero no lo bastante rápido para calcular en qué zona de mi superficie expuesta se posaría el pintalabios. Aterrizó en el norte-noroeste de mi boca como un bigote púrpura torcido. Lo borré con el pulgar y dije:

– Siento llegar tarde.

La chapa identificativa de Francesca no llevaba adornos; en cambio, la de Abraham lucía un lacito morado que indicaba: «INVITADO DE HONOR».

– Necesitan a Abraham en la sala de invitados -dijo Francesca con gravedad.