Los homenajes y anécdotas no fueron tan interesantes como para impedir que me concentrara en observar las reacciones de mi padre. No recordaba haberlo visto así, sobre el escenario, de lejos, objeto de la mirada colectiva. El resultado era una especie de indefensión que, tal como comprendí en ese momento, Abraham siempre había evitado. Green aseguró con un gañido agudo y excesivamente efusivo que Ebdus era el sucesor de una línea de ilustradores de ciencia ficción que nacía con Virgil Finlay y pasaba por Richard Powers -nombres que no podrían haber significado menos para mí- y resultó evidente que a Abraham le complació la idea, aunque fuera de un modo masoquista. Vundane, con vanidad agraviada -quizá anhelaba una mesa sobre «La obra de Vundane»-, habló de la inusual y profunda comprensión de Ebdus de sus escritos. Y cuando le llegó el turno, Pflug rememoró, con aspereza, el encuentro con mi padre en los inicios de su carrera y puso la seriedad y el respeto a los principios de mi padre como un ejemplo que había alterado el curso de su carrera, de la carrera de Pflug.
Abraham no habló, se limitó a asentir mientras los otros se turnaban al micrófono. Pero su desprecio por cualesquiera que fueran los logros -o fracasos- de Vundane y Pflug resultaba más que evidente. Ya puestos, no cabía duda de que a nadie en la tarima le gustaba Pflug. Me pregunté cómo había conseguido que lo invitaran.
– He contado esta anécdota muchas veces -dijo Buddy Green-. Estaba tratando de encontrar los originales de las cubiertas de los Especiales Belmont: las primeras diecisiete obras de Abraham. No estaban en manos de ningún coleccionista menor. Desgraciadamente, tampoco en las mías. Escribí una y otra vez a la gente de Belmont y me contestaban que no tenían ni idea de lo que les hablaba. Pensé que eran evasivas. Así que, aunque un poco tarde, al final se me ocurrió preguntarle a Abraham. Y me contó, como si tal cosa, que los había destruido, que no pensaba que le pudieran interesar a nadie.
Los ojos de Abraham recorrían el público en mi busca, al menos eso quise imaginar. Me preguntaba qué habría sentido al escuchar que decían «las primeras diecisiete obras».
– Es verdad -dijo Sidney Blumlein con entusiasmo paternal y amistoso-. Cuando le contraté para Belmont, Abe destruía sistemáticamente todos sus trabajos.
Comentario que arrancó diversas exclamaciones compungidas y asombradas del público, una especie de sobrecogimiento.
– Este hombre es el único al que tu padre respeta -susurró Francesca-. A ninguno más. Ni siquiera a Zelmo.
– ¿Zelmo?
– El presidente. Quiero decir, de la convención. Le conocerás en la cena. Es un abogado muy importante.
– Ah.
Blumlein, a quien Francesca consideraba el único amigo de Abraham de la mesa, recuperó el micrófono. Al ser el moderador, Blumlein consideró su deber abrir la cáscara del artista: encontrar un modo de obligar a Abraham Ebdus a dirigirse a los admiradores y agradecerles su presencia.
– Durante más de dos décadas, Abe ha honrado nuestro campo con su trabajo. Todo eso está muy bien. Pero en estos momentos de celebración no hay necesidad de andarse con pies de plomo: lo ha hecho desde la distancia. Abraham no proviene de la ciencia ficción y, en ese sentido, es una excepción a la inmensa mayoría de los profesionales de esta reunión, de hecho, de cualquier reunión de nuestro ambiente. Nosotros somos aficionados a la ciencia ficción, nuestros intereses arrancan de la tradición de revistas baratas, por mucho que confiemos en haber elevado el nivel de dichas publicaciones.
Pflug adoptó un aire despectivo. Vundane cogió una jarra y le dio la vuelta a su vaso todavía por estrenar.
El público estaba quieto, habían silenciado sus murmullos de aprobación y reconocimiento, quizá ya no estaban tan seguros de que lo que oían encajara sin problemas en la línea de cena testimonial de la reunión.
– Abraham Ebdus, no nos engañemos, no tenía el menor interés en elevar el nivel de nuestras publicaciones. Quería ganar unos dólares para poder mantener su arte, lo que él consideraba su verdadera obra. Como tal vez sepan algunos de ustedes, quizá muchos de ustedes, Abe es cineasta, un cineasta experimental de devoción y seriedad extremas. Así pasa los días cuando no está diseñando cubiertas de libros. No tiene nada que ver con la ciencia ficción. El milagro, lo que hemos venido a celebrar aquí, es que un artista de verdad, de enjundia y hondura como Abe, aportara a los libros una intensidad visionaria que efectivamente elevó el nivel de las producciones. Aportó belleza y extrañeza. Porque no podía evitarlo.
Comprendí lo bien que Sidney Blumlein conocía a mi padre. Lo estaba instando a adentrarse en la extraña luz de esa sala llena de gente, presentándole el anzuelo de que tal vez ese público fuera digno de sus palabras. Yo no sabía si quería que Blumlein se saliera con la suya.
– ¿Cuál es esta, Abe? ¿La quinta o la sexta convención a la que acudes?
Mi padre se encorvó, por lo visto habría deseado poder contestar con los hombros. Al final se acercó al micrófono y dijo:
– No las he contado.
– La primera a la que te arrastré fue a principios de los años ochenta, la convención LunaCon de Nueva York. No querías ir.
– No, no era de mi agrado -admitió Abraham de mala gana.
El público se rió con disimulo.
– ¿Y no sería justo decir que rara vez lees los libros para los que diseñas las cubiertas, Abe?
La gente ahogó un grito.
– Ah, nunca los leo. Y tampoco lo lamento. Señor Vundane, ¿cómo se titulaba su libro?
– Circo neuronal -informó R. Fred Vundane, con las mandíbulas totalmente agarrotadas.
– Eso, Circo neuronal. Ese título me echó para atrás. Me parece, y perdone, de cierto mal gusto. Habla usted de los surrealistas, supongo que se refiere a los poetas. Pues bien, lo considero un remedo vago y muy pobre de la imaginería simbolista, la verdad. ¿Rimbaud, quizá? No, me pidieron que imaginara otros mundos y así lo hice. Cualquier congruencia con su libro es mera casualidad.
Yo había leído el libro de R. Fred. Recordaba a un grupo de acróbatas genéticamente modificados que vivían en un asteroide hueco.
Esa vez Blumlein acudió al rescate, tal vez apiadándose de Vundane, que se había encogido aún más en su silla.
– Es, me parece a mí, solo un ejemplo del contexto más amplio, de la erudición que Abe aporta a todo lo que toca. En nuestro campo, Abe es un cometa que pasa veloz como el rayo y al que hemos conseguido atraer a nuestra órbita. Un compañero de viaje, como Stanley Kubrick o Stanislaw Lem. Desprecia nuestro vocabulario incluso cuando lo reinventa para que se adapte a sus impulsos personales.
– Tengo que interrumpirte, Sidney, para señalarte que estás sobreestimando la valía de lo que hago. -Por fin un tema que apasionaba a Abraham-. Citas nombres como Kubrick o Lem. Y el señor Green, Dios le bendiga, ha hablado de Virgil Finlay, a quien nunca he tenido la suerte de conocer. Pues bien, yo también citaré algunos. Ernst, Tanguy, Matta, Kandinsky. De vez en cuando, los Pollock o Rothko de los inicios. Si algo he conseguido, es dar una lección muy por encima de pintura contemporánea o la que era contemporánea en la década de mil novecientos cincuenta. La intersección del último surrealismo y las primeras manifestaciones de expresionismo abstracto. Y punto. Lo que hago es derivativo, hasta la última pincelada. Son todo citas. No tiene nada que ver con el espacio exterior, ni por asomo. Sinceramente, si no se hubieran encerrado ustedes tanto en sí mismos y hubieran visitado un museo de vez en cuando, sabrían que están alabando a un ladrón de segunda fila.