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– No desvíes la cuestión.

– Probablemente imaginas que me casé contigo por tu dinero…

– No te equivocas.

Me volví hacia ella. Me incorporé:

– Muchas gracias, Alicia.

Y volví a darle la espalda.

– Perdóname, Carlos -dijo ella-, a veces creo que mi cabeza no funciona bien.

– Deberías ir a un médico.

– Ya lo he hecho.

– ¿Y qué te ha dicho?

– Que estoy anémica: que debo cuidarme.

– Pues adelante: cuídate.

Tardó en contestar.

– ¿Para qué?

Volví a bostezar.

– Y tú presumes de religiosa… ¡Vaya modo de obedecer a Dios!

Alicia cogió mi cara con las dos manos y me obligó a mirarla:

– Dios me da miedo, Carlos… Exige demasiado de mí.

Y se echó en la cama. Miraba al techo.

Recordé lo que me había dicho el padre Celestino: «Podrías contagiarla, Carlos…»

Alicia insistió:

– Además, Dios no me escucha.

– ¿Qué pretendes decirme?

Me miró a los ojos: nunca los había visto tan asustados ni tan llenos de desesperación.

– No tengo fuerzas para seguirlo si no me escucha.

– Eso suena a blasfemia, Alicia.

– No tengo valor para soportar lo que estoy soportando -susurró.

Volví a atacarla para hacerla reaccionar:

– De modo que ahora te consideras víctima… ¿No puedes soportar lo que soportas? Si al menos me dijeras qué cuernos te obligo yo a soportar… Por lo visto ahora no te basta que sea yo únicamente el que «no te comprende». Ahora quieres involucrar a Dios…

Alicia volvió a incorporarse. Me miró fríamente. Entonces me dio un bofetón.

Luego, avergonzada, se llevó las manos a la cara y se volvió al otro lado hincando el rostro en la almohada. Lloró un buen rato sin sollozos. Apagué la luz. Aquella noche tardé mucho en dormirme.

Su bofetón fue mi gran argumento: la causa de todas mis futuras justificaciones. «Alicia está perdiendo la razón», le dije a sus padres: «El otro día, sin más ni más, me pegó.» Don Alberto movió la cabeza, descorazonado: «A veces las mujees se desquician cuando tienen hijos… Debes amate de paciencia, Calos…»

Pronto los amigos empezaron a mirar a Alicia con recelo. Tenían miedo de ella. Mis confesiones de alcoba los dejaba perplejos. Fue una época incómoda, pero eficaz. La idiosincrasia de mi mujer adquiría unas dimensiones nuevas para todos: «Verdaderamente, hay que tener la paciencia de Carlos para soportar a ese monstruo», decían.

Mi suegro redobló sus muestras de cariño: «¿Te das cuenta. Calos? ¿Te das cuenta de lo peligoso que puede se el que mi hija se adueñe de su popia fotuna?» Y repetía que yo era la única persona que podía en conciencia manejar el patrimonio Salcedo.

A veces, para hacerme el solícito, me atrevía a aconsejarle a Alicia que volviera a pintar: «Era una gran distracción para ti…»

Sabía que mis argumentos la ofendían. Ella no admitía el arte como distracción: «El arte es una imposición -solía decirme-. No un devaneo.» Pero ni siquiera aquella especie de insulto la obligaba a reaccionar.

Doña Alicia se desesperaba. Quería granjearse la confianza de su hija, intentar que se desahogara con ella. Pero yo sabía que Alicia la rehuía, que la presencia de su madre la ponía nerviosa. El único peligro era su padre. Con él Alicia tal vez se hubiera confiado. Por eso yo le hablaba tanto del riesgo que suponía para don Alberto cualquier disgusto: «Guárdate mucho de disgustar a tu padre: podrías matarlo.»

En cuanto llegó el calor, mi mujer se fue a Can Pou con sus padres. Decía que no podía resistir la ciudad. Mi libertad entonces fue absoluta. Barcelona en verano era una ciudad alegre y llena de posibilidades. Ni siquiera me importaba que me vieran con Serena. Sabía que nadie iría a explicar mi conducta a mi suegro (estaba demasiado enfermo para preocuparlo con mis devaneos); en cuanto a mi suegra, tenía la seguridad de que jamás hubiera creído lo que podía desprestigiarme. La muy incauta tenía la seguridad de que yo era el mejor marido del mundo.

Cuando llegaba a la costa, Alicia me recibía con desgano, sus resortes atrofiados y sus ojos cada vez más desvaídos:

– ¿Qué tal estás, Alicia?

Apenas contestaba. Me enseñaba la niña. La obligaba a decir «papá» y se iba.

Pronto me di cuenta de que Alicia no practicaba su fe como antes. Aunque todavía asistía a las misas domingueras, ya no leía la Biblia, ni comulgaba, ni se encerraba en su cuarto, al atardecer, para rezar el rosario. No quise darme por enterado de aquel cambio.

– ¡Qué suerte tienes, Alicia, pudiendo disfrutar de Can Pou sin pensar en la ciudad…!

Estábamos en la playa. Aquel día el mar era casi dorado de puro refulgente. No se parecía al mar de Niza: invernal e impregnado de luz blanca. Ardía como la arena, como el cielo y como el rostro pigmentado de Alicia.

– No te hagas el amable, Carlos: estamos solos.

Me enderecé: la arena caía lentamente de mi cuerpo y el codo me dolía por culpa del pliegue de la toalla:

– ¿Qué quieres decir?

– Que si tanto te gustara Can Pou, no pasarías tanto tiempo en Barcelona.

Volví a recostarme, crucé mis manos bajo la nuca:

– Insinúas que estoy en Barcelona por gusto…

Hubo un lapso largo.

– Mírame, Carlos.

Me incorporé con desgana, entornando los ojos para evitar la luz. Hice ademán de ponerme las gafas de sol.

– No, sin antifaz.

Y me arrancó el adminículo de las manos:

– ¿Qué mosca te ha picado, Alicia? ¿Qué diantre te ocurre?

– Quiero que me contestes sin velos en la cara.

Pensé: «Ya se ha enterado…» Aunque Alicia no era muy inteligente, poseía una pasmosa facilidad para deducir, para intuir y para averiguar.

– En estos momentos desearías tenerme a mil leguas de este lugar -dijo-. Probablemente te gustaría que otra mujer estuviera en mi sitio.

– ¿Qué mujer?

– Eso quisiera yo saber.

Entonces rompí a reír.

Alicia no se inmutó:

– Hace tiempo que vengo observando que sólo te ríes cuando quieres ocultarme algo.

Me puse repentinamente serio. Le arranqué las gafas de las manos y me las coloqué:

– Al menos no impidas que me proteja los ojos. Sería una lástima que, por culpa del sol, no pudiera ver los tuyos cuando se enfadan.

En aquel tiempo, la playa era un hervidero de gente. No se parecía a la playa de antaño. Empecé a mirar en torno para hallar una excusa y mudar de conversación.

– Estoy segura de que existe otra mujer.

– Por el amor de Dios, Alicia: vas a acabar por enloquecerme.

Me puse en pie:

– No voy a tolerarlo -le dije-. Si continúas recelando de ese modo te aseguro que acabarás acertando. Un hombre tiene sus límites.

Alicia se recostó sobre la toalla:

– Es una lástima -dijo-. Tenía la esperanza de que no te sulfurases. Te estás delatando, Carlos. Solamente se reacciona del modo que tú lo estás haciendo cuando no se tiene razón.

Traté de burlarme de ella:

– Encima sicóloga… ¿Desde cuando, Alicia? ¿Quién te ha metido esas ideas en la mollera?

– Tú mismo, Carlos. Todo lo que sé lo he aprendido de ti. ¿Recuerdas? Yo era una niña cuando me casé contigo.

La arena me estaba quemando los pies, me atravesaba el cuerpo… llegaba hasta mis ideas. Quería correr hacia el mar para refrescarme:

– Te lo ruego Carlos: sé franco conmigo. No deseo otra cosa. No me importa lo que vayas a decirme. Sólo te pido franqueza. Si quieres abandonarme, hazlo, pero no me mientas…

Me quité las gafas, las eché sobre mi toalla:

– Esto no se puede resistir -dije.

Y me lancé al mar braceando y levantando espuma.

Pero el verdadero calvario empezó con mis vacaciones: aquellos quince días reglamentarios de los que nunca podía zafarme. De nuevo los paseos con mi suegro al torreón románico (Alicia ya no subía allí), las consabidas explicaciones sobre la repoblación forestal, las evocaciones de su abuelo: «Una peseta po ábol», la vena poética de mi suegra. La tristeza de Alicia, sus miradas llenas de reproches, su falta de interés por todo, incluso por la niña… Y, sobre todo, la ausencia de Serena. Aquellos días era imposible verme con ella. Como Paco y Victoria veraneaban en San Sebastián, se había ido con ellos hasta que yo regresara a Barcelona. Por si fuera poco, la enfermedad de mi suegro nos mantenía aislados. El médico había decretado reposo absoluto.