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Solamente yo sé a ciencia cierta que aquella «mala suerte» fue provocada.

Aquel año la Costa Brava tenía ya un turismo decidido, copioso; un turismo que exigía expansiones y suscitaba proyectos. Hacía diez meses que Paco y yo habíamos empezado a urbanizar un terreno que yo había comprado a unos cinco kilómetros de Can Pou, cuando la tierra todavía se cotizaba poco. «Un negocio redondo», le había yo dicho. «El Banco te abre un crédito y cuando hayamos vendido las viviendas, lo devuelves.» En el fondo, Paco sólo tenía que desembolsar los intereses. Era mi forma de pagarle los favores que venía prodigándonos a Serena y a mí. «Seguramente podrás adquirir una de esas viviendas para ti, y, al mismo tiempo, ingresar algo de dinero…» Se trataba de pequeños bungalows, cuya construcción corría a cargo de un arquitecto de origen vasco, pero que cuando hablaba de arquitectura moderna decía siempre: «Pues en Italia…»

Aquellas construcciones coincidieron con las reformas de la finca. Al morir don Alberto, ya no había razón para conservar «todo aquello» tal como lo habían dejado sus abuelos. Abrí avenidas, tracé carreteras, edifiqué una casa con garaje en el rellano que daba a la playa y convertí la finca en uno de los lugares más bellos de la Costa.

Aquel invierno, Paco, Victoria y yo solíamos trasladarnos con frecuencia al lugar de las obras. Era gracioso ver a Paco paseándose ufano con el arquitecto, como si el dueño absoluto de aquella urbanización fuera él. Victoria y yo nos quedamos rezagados junto a la construcción que más adelante iba a convertirse en su vivienda particular. Frente a nosotros teníamos el mar. Un mar de nuevo helado, rígido y metálico.

– Alicia estará de enhorabuena -dije señalando la casa a medio construir-. Por fin tendrá una amiga cerca de la finca.

Victoria me miró extrañada.

Insistí:

– Supongo que te habrás dado cuenta de que todo el odio que siente por tu marido, se transforma en simpatía al tratarse de ti.

Pero Victoria no comprendió lo que intentaba decirle hasta que le cité la intervención del doctor Cordaclass="underline" le referí que había tenido una conversación «larga y delicada» conmigo:

– Acaba de hacerle un test a Alicia… Me ha revelado ciertas facetas. Tendencias oscuras que prefiero olvidar…

Recuerdo la mirada de Victoria: respiraba deprisa, el pecho agitado…

– No irás a decirme…

No lo dije: dejé que lo pensara. Victoria tenía las manos sumergidas en un montón de arena. Alzó la mano y la abrió repentinamente. La arena cayó sobre el otero.

No preguntó: meditaba. Tal vez intentara recordar, minimizar situaciones, desmenuzar las reacciones de aquella nueva Alicia que yo le estaba describiendo. Solamente dijo: «Parecía tan religiosa…» Me encogí de hombros: «Son las peores…», repuse.

Luego, para evitar el mal efecto de mi frase, añadí:

– Alicia está enferma: necesita alguien que la centre. Una amiga que la ayude…

Y Victoria asentía, pensativa.

Aquella misma noche abordé a mi mujer; le hablé de Victoria: «Me ha reprochado que te deje tanto tiempo sola: es una buena amiga tuya, Alicia.» Abrió los ojos sorprendida; creía que le estaba gastando una broma.

– Aunque no lo creas, Victoria siempre te ha defendido. Sin duda alguna contigo es mucho mejor de lo que tú eres para ella.

Al poco tiempo, Victoria empezó a llamarla por teléfono: se citaba con mi mujer, salían juntas… Y Alicia parecía recuperarse de aquel decaimiento suyo que nada podía disipar.

Por entonces Carlota era todavía una niña pequeña: una Salcedo que se parecía a su abuelo y que había heredado de él la tendencia a eliminar la erre.

– Hay que educar su dicción -insistí yo-. A su edad aún se está a tiempo de evitar defectos de ese tipo.

Pero Alicia opinaba que lo que se heredaba era imposible que pudiera modificarse.

Empecé a darle clases: «Veamos, Carlota; pon la lengua así. Ahora repite conmigo: Reus, Rosa, Remedios…» Y Carlota, con tal de sentarse en mi pierna, podía repetir todas las palabras del mundo sin cansarse: «Tragedia, trigo, tricornio…»

Carlota aprendió la erre y aprendió a quererme. Y yo aprendí a quererla a ella. A veces me entraban remordimientos por no haberla deseado. Me sentía igual que un asesino que a última hora descubre que la víctima es su hijo.

– Como sigas mimándola de ese modo, se pondrá insoportable -decía Alicia.

Tal vez sintiera celos de la niña, tal vez empezara a comprender que Carlota era ya mi gran horizonte.

A menudo le hablaba de mi hija a Serena: «Ojalá hubiera sido tuya…» Y Serena, circunspecta, todavía insegura en aquel futuro gris que nos atenazaba, me respondía: «Si en España hubiera divorcio, podría serlo.» La idea del divorcio iba resultando obsesiva para Serena. «Si al menos consiguieras la separación legal…» Todavía no se especulaba con la anulación como ahora. Intentaba yo entonces hacerle comprender que mi fuerza radicaba en aquel matrimonio. Desde que mi suegro había muerto yo era el manipulador legal de cualquier actividad económica de mi mujer y de mi suegra. Hubiera sido insensato echar por la borda aquella situación.

– ¿Qué ocurriría si Alicia muriese?

– Me casaría contigo.

Era igual que matarla, pero sin riesgo. A partir de aquel día, nuestra diversión más destacada consistía en fingir que Alicia había muerto. Realizábamos proyectos: «Desalojaré su habitación, cambiaré el mobiliario de toda la casa, quemaré sus cuadros…» De pronto me acordaba de Carlota: «Tú serás su madre…»

– A veces tengo celos de tu hija.

– Nuestra hija. ¿Lo has olvidado?

No: Serena era incapaz de olvidar esas cosas.

Al llegar la primavera se inauguraron las nuevas instalaciones del Banco. Fue un acontecimiento relevante, con obispo, autoridades catalanas y representación directa del ministro de Hacienda.

También aquel día lancé un discurso. Hablé de «los recios pilares de nuestra economía», de «la sólida tradición Salcedo que tanto lustre había dado a nuestra ciudad», de la «gran eficacia de nuestros ejecutivos» (algunos de ellos eliminados gracias a las computadoras electrónicas; pero, naturalmente, aquello no lo dije), señalé la gran expansión financiera que nuestra empresa había conseguido gracias al apoyo de los consejeros, allí presentes, embadurné de jabón al director general, don Pascual Romero, al director de la Banca de Madrid, señor Figueruela, y a mi querida esposa, que tanto se había afanado siempre por los asuntos Salcedo.

El público era nutrido y los aplausos duraron bastante. Luego recorrimos los tres pisos renovados: «Aquí la sala de Juntas…» «Aquí el despacho del director.» «Aquí mi despacho…» Oficinas, lavabos, cocina… Todo fue enseñado, admirado y, naturalmente, criticado.

La decoración había corrido a cargo de Titín. Era divertido verlo pulular entre toda aquella gente, con sus finos aires de artista «comprendido» y agasajado: «Pues todo, todo, todo, me sale de aquí…», decía dándose golpecitos en la frente con la mano en forma de abanico. Recuerdo que Paco, harto ya de tanta mariconería, lanzó la consabida frase mientras le hacía un corte de mangas disimulado: «Aparta la lámpara, Manolo, que voy a eclipsarte…» Y se puso a imitarlo para que los iniciados coreásemos su broma.

Hubo refrigerio con vino español en la Sala de Juntas. Hubo apretones de manos y chistes honestos, muy del régimen, muy a lo Arias Salgado: chistes de escotes cerrados y discriminación de sexos. Y hubo bromitas entre seniles y de primera comunión emitidas por Paco para divertir a mi hija: «Aquí se fabrican las rubias, ¿sabes, Carlota?» Y la niña insistía: «Quiero verlo, tío Paco: quiero ver cómo se fabrican…»

Aquel día, Paco estaba realmente insoportable. No podía disimular su envidia. La dejaba entrever en todo: en aquella forma suya de pasear de un salón a otro, con las manos en los bolsillos y el mentón alzado; en aquella sonrisa enigmática que parecía enseñorearse de todos y de todo, en aquel meterse constantemente con Titín, para aguarle su alegría: «Anda, chico… Qué modo de achuchar: ni que te hubieran dado pimienta… Pues no estás tú poco nervioso…»