– Carlota me pertenece hasta los siete años. Luego veremos lo que ocurre.
– Te equivocas; el juez nunca te dará la razón, Alicia. Todo el mundo sabe que eres una desequilibrada. Seria un mal negocio para ti.
A partir de aquel día empecé a preocuparme. Hablé con el doctor Cordal. «Un proceso muy corriente -explicó-. A ese tipo de enfermas les ocurre siempre lo mismo; primero les da por la religión, luego se hunden en abismos de apatía y por último se vuelven belicosas… Alicia está peor de lo que suponía.»
Cuando le expliqué a Paco lo que me había dicho el médico, se vio en la precisión de intervenir: «Métela en un sanatorio y termina de una vez con ella. Vas a acabar enloqueciendo tú.»
Lo peor era referirle todo aquello a Serena. Ella ignoraba que Alicia quería separarse de mí. Probablemente hubiera contestado:
«Pues aprovecha la ocasión y sepárate.»
En cuanto a Victoria, me extrañó que adoptase una actitud pasiva, como si quisiese ignorar lo que estaba ocurriendo.
– Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a defendernos -dijo.
Aquel mismo verano inauguramos la urbanización cercana a Can Pou. Casi todos los bungalows habían sido vendidos y Paco pudo instalarse en el suyo sin gastar un céntimo. Tal como habíamos previsto, Serena se quedaría en Barcelona conmigo hasta que llegara la fatídica fecha de mis vacaciones. Entonces Serena se trasladaría a casa de los Moraldo para estar cerca el uno del otro.
Mi suegra había sido descartada. El doctor Cordal le había recomendado que viera poco a su hija. «No conviene excitarla, y usted suele ponerla nerviosa…»
Can Pou era ya un lugar agradable. Una carretera ancha cruzaba la finca de parte a parte. La vivienda se había reformado y el jardín empezaba a tener un aspecto de parque italiano. Alicia, en cuanto podía, me echaba en cara aquel cambio:
– Te ha faltado tiempo para realizar tus planes. En cuanto papá ha muerto…
No le contestaba. Pero un día cometí la debilidad de hacerlo:
– En el fondo he mejorado la finca, deberías estar contenta.
– Para tus amigos. La has mejorado para eso.
– También son los tuyos.
Rompió a reír estrepitosamente:
– ¡Amigos! Ni siquiera me fío de Victoria. Nadie tiene amigos. Veríamos lo que iba a ocurrirte si no fueras rico y poderoso…
A pesar de las diatribas de Alicia, aquel verano la finca se llenó de gente. Todos querían ver «las mejoras». Iban sólo cuando podían encontrarme a mí, pero ningún sábado y domingo dejaban de visitarnos.
Aquellas incursiones ajenas molestaban a Alicia. Casi siempre se encerraba en su cuarto cuando llegaban, no quería participar del bullicio. La atosigaba tanto ajetreo, tanta canoa rápida, tanto griterío y tanto cuerpo medio desnudo pululando por la playa.
Luego, cuando todos se iban, cuando el domingo se adentraba hacia el lunes y las carreteras (todavía estrechas e incómodas) serpenteaban saturadas de coches camino de la ciudad, yo recogía a Serena en el bungalow de los Moraldo: «Ha sido un día agotador, Serena…» Y Victoria nos decía adiós desde el atrio de su casa.
Hacia finales de julio, Serena se refirió a mis quince días de vacaciones. En vano intenté explicarle que, una vez que ella se hubiera instalado en casa de los Moraldo, yo podría visitarla con frecuencia:
– Por lo visto mi destino es recoger las migajas…
Agarré sus hombros y la obligué a mirarme:
– No vuelvas a hablarme de esa forma. Serena: no lo merezco.
Aquel día Serena estaba inquieta:
– En efecto, te debo mucho, Carlos: mi piso, mis trajes, mi estómago alimentado; no tengo derecho a reprocharte nada.
Me dolía que hablase de aquella forma. Descorazonado, salí al balcón. La canícula se cernía sobre el puerto y el paseo de Colón tenía un ritmo lento y fatigoso. Serena quedó dentro. Sollozaba. Podía escuchar sus quejidos fundidos al runrún de la calle. El horizonte tenía barcos y un conjunto de azules entre el mar y el cielo que parecían postizos: «Algo se está estropeando», pensé. Miré la estatua de Colón, enhiesta, su dedo señalando el mar. También Serena me señalaba a mí: me delataba, me descubría.
Entré de nuevo en la alcoba. La encontré echada en el lecho. Le juré que todo iba a cambiar entre nosotros.
– De ahora en adelante se acabarán las simulaciones y los juegos de escondite… Si Alicia se entera, tanto peor -dije-. Nos separaremos.
Serena dio un suspiro largo y me abrazó con fuerza:
– No te arrepentirás, Carlos. Nunca permitiré que te arrepientas.
Llegó agosto. Era difícil olvidar que se estaba en pleno verano. La ciudad vacía y el pegajoso destilar del cuerpo lo estaban recordando continuamente. Los periódicos se llenaban de noticias peculiares: redadas de drogadictos, turistas insolados, accidentes masivos…
Habíamos acordado marcharnos pronto a la Costa cuando me comunicaron que Mr. Rosmund, de Filadelfia, se disponía a trasladarse a España con su plana mayor, para tratar conmigo de un asunto que no admitía demora.
Mr. Rosmund era importante: imposible eludir la entrevista. Se lo dije a Serena: «No podré cenar contigo: han venido los americanos.»
La primera vez me creyó. Pero cuando le comuniqué que míster Rosmund y yo todavía no habíamos llegado a un acuerdo y debíamos cenar juntos al día siguiente, Serena dejó de creerme.
– Será mejor que inventes otra excusa -repuso con aspereza-. ¿No era precisamente hoy cuando debías empezar tus vacaciones?
Me vi incapaz de persuadirla: «Conozco de memoria los embustes de los hombres. Tú mismo me has enseñado a aprenderlos mintiendo a Alicia.»
Le juré por mi hija que le decía la verdad.
– Pues entonces llévame contigo.
– Imposible: Rosmund conoce a Alicia.
– ¿En qué quedamos? ¿No dijiste que ya no te importaba que lo nuestro se supiera?
– Prefiero que Alicia se entere de otro modo.
Serena cambió de voz.
– De acuerdo, haz lo que te plazca. Pero te lo advierto, Carlos: no respondo de lo que pueda ocurrir.
A pesar de todo, cené con los americanos. Soporté estoicamente sus bromas infantiles y ruidosas. Me esforcé en emitir sonidos nasales para que se sintieran más cómodos, repetí cien veces sus O. K. sus «Oh yaaa» e imité a la perfección sus ademanes. Hablamos de millones, de la gigantesca máquina financiera que estábamos proyectando, soporté las cursilonas sonrisas de sus mujeres (muñequitas peripuestas, asépticas y relamidas) vestidas a «lo Saks» (es decir, a lo U.S.A. elegante), tuve que inventar excusas para justificar la ausencia de Alicia: «No ha podido venir a Barcelona… Se encuentra algo delicada.» Me enseñaron la fotografía de sus hijos. Mr. Rosmund aclaró: «Éste es de mi primera mujer…»
Comentamos fríamente el atraso que suponía para un país prescindir del divorcio, emitimos chistes manidos sobre el encadenamiento matrimonial, y se fueron a dormir la melopea después de asegurarme reiteradamente que, a pesar de no tener divorcio, España era un país magnífico, y que, como aún no se había explotado, podría sacarse un gran partido de nuestro incipiente desarrollo. En suma, llegué a un acuerdo con Mr. Rosmund.
Aquella noche me sentía feliz. La operación con los americanos suponía un gran paso adelante y la culminación de muchos años míos.
En cuanto los hube dejado, me encaminé al paseo de Colón. Subí la escalera contento, el cuerpo ligero, la mente excitada. Al llegar al rellano, vi un letrero en la puerta de Serena: «No estoy.» Imaginé que era una broma. Metí la llave en la cerradura y entré en el piso. Efectivamente, Serena no estaba allí. Consulté la hora: era la una de la madrugada. «No debí dejarla sola.» La conciencia me remordía. Había ciertos desplantes que las mujeres no perdonan.