– Lo sé…
– Adelante -le dije-. Aunque no lo parezca, te escucho.
Y continué desvistiéndome mostrando fastidio.
– Nadie me necesita.
Lancé un bostezo prolongado y sonoro.
– Ni siquiera mi hija…
No había patetismo en su frase: sólo certidumbre. Una recia y consolidada certidumbre.
– Creo que lo mejor para todos será…
Bostecé, eructé, me rasqué la cabeza:
– Toma -dijo tendiéndome un papel-. Al menos, eso te servirá…
– Ahora no puedo leerlo: déjalo en la mesa.
Alicia se dirigió a la puerta. La abrió sin hacer ruido y salió de la estancia. Antes de cerrar todavía me dijo: «Buenas noches.» Después me metí en la cama e intenté dormir.
De pronto me acordé del papel. Tenía curiosidad por ver lo que había escrito. Me levanté de la cama. La letra de Alicia era desigual y denunciaba la alteración de su pulso. Leí su contenido: Me quito la vida por mi propia decisión. Que no se culpe a nadie de mi muerte. Luego venía la firma y la fecha.
Tuve un instante, un brevísimo instante de alarma. Luego, el blanco total. La imposibilidad de moverme. La incapacidad de reacción. Quise convencerme de que aquello era una trampa. Miré de nuevo el mar. Su calma lo borraba todo. Lo volvía todo inocuo.
El resplandor del día iba ya delatando el cielo y los árboles ya no tenían noche: verdeaban.
Lo cierto es que no intenté evitarlo. Volví a acostarme. Incluso dormí.
Me despertaron unas voces angustiosas que venían de abajo. Hablaban alto, parecían pelearse. Luego golpearon mi puerta. Era igual que la tormenta de la tarde anterior, sólo que sin rayos: con sol. Un sol estallante que hería la retina.
Todavía embrutecido por el sueño, fui distinguiendo los rostros que irrumpían en mi cuarto. Eran caras pálidas, estupefactas, cuerpos asustados que parecían huir de una catástrofe irremediable.
Vi a Victoria, envuelta en la bata que yo mismo le había quitado hacía unas horas; vi al guarda con la guerrera entreabierta y el rifle colgando de su hombro, apuntando al suelo; vi al colono con la camisa manchada, y a la cocinera ocultando las manos bajo el delantal.
No pregunté. No me decían nada, pero yo no pregunté.
El guarda fue el primero en hablar:
– Rápido, señor: ha ocurrido una desgracia.
Salté de la cama a toda prisa. No miré el papel que Alicia había dejado sobre la mesa. No quise mirarlo.
Me arrastraban todos hacia el torreón, hacia la colina, hacia el lugar del siniestro. Por el camino iban explicándome a retazos lo que había ocurrido. Se había lanzado desde lo alto de la torre. Había caído de espaldas. El perro del guarda aulló…
No tardé en verla. Yacía en tierra: la melena esparcida, los ojos abiertos, sin fluido, apuntando a un cielo que absorbía su color, la mueca de sus labios acentuada por un hilillo de sangre coagulada, que prolongaba la comisura. Dolores, arrodillada a su lado, le acariciaba la melena y sollozaba bajito.
Un sol impúdico y rutilante caía de lleno sobre su cuerpo inmóvil.
SERENA
En realidad, empecé a matar a Alicia cuando se percató de que yo no la necesitaba. Lo demás quedó en sistema, en trámite, en procedimiento más o menos vulgar.
Pero el abogado sigue pensando que soy inocente:
– Si al menos me explicara detalladamente lo que ocurrió…
– Aunque quisiera hacerlo, no podría. Es demasiado complicado.
No mentía: la memoria inmediata estaba atascada. Ni siquiera podía recordar cuánto tiempo había transcurrido desde que me habían detenido como presunto autor de la muerte de mi esposa. Cuando se traspasa la barrera de un cataclismo, el tiempo y el espacio carecen de valor.
Sólo he podido recordar con exactitud el cuerpo tendido, el estupor de Victoria, las insistencias de Paco, la aglomeración de rostros, los empujones, las increpaciones de la masa…
– Nunca en la vida me he encontrado con un caso como el suyo. ¿Por qué ese empeño en parecer culpable?
Servando Fuentevella disimula mal su nerviosismo. Ha esgrimido un argumento tajante:
– Tengo coartadas que prueban su inocencia.
Era lo último que pensaba oír. La vida es así de arbitraria. Coartadas, documentos, pruebas… Todo se reducía a eso. La conciencia no cuenta. Lo importante no son los hechos, sino las pruebas de los hechos. Las inducciones, las insinuaciones y el silencio no son pruebas lo bastante sólidas para convencer a un letrado cabezota como Servando Fuentevella.
En cambio, las coartadas sí.
– ¿Cuántos días llevo en la cárcel? -le he preguntado.
– Tres.
– ¿Por qué no he sido incomunicado?
– El juez no lo ha considerado oportuno.
– Me niego a recibir más visitas -le he dicho.
– ¿Ni siquiera a su hija?
– Ésa menos que nadie.
Conocía el empeño de mi suegra en que yo la viera:
– Dígale a doña Alicia que le prohíbo terminantemente que me traiga a Carlota. La cárcel no es lugar apropiado para ella.
Bastante había sufrido cuando le comunicaron que su madre había muerto. Era un sufrimiento injusto, desmadejado, impropio de su edad: «¿Por qué? ¿Por qué?» y me miraba con los ojos llenos de lágrimas: su dolor abrasándole las mejillas: «Yo no quería que muriese…» También ella debía de considerarse un poco culpable de la muerte de Alicia. «Que se lleven a la pequeña, que no suba al torreón…»
El cuerpo de mi mujer debía permanecer allí hasta que el juez llegase. Había que levantar acta, estudiar los pormenores… Fue preciso que el sol diera en sus ojos durante más de una hora, fue preciso que las moscas revoloteasen inquietas en torno a su rostro, y que los cuervos, hambrientos, batieran el aire con sus enormes alas, ahuyentando gaviotas y jilgueros…
Dolores continuaba acariciando su cabello como si únicamente durmiese. Había comentarios: «Estaba enferma, llevaba mucho tiempo trastornada.» Y el guarda repetía: «Me pareció ver una sombra que subía por el monte, pero imaginé que era un perro…» Todo antes que confesar que no podía haber visto a Alicia escalando la colina, porque, como tenía por costumbre, en cuanto yo había entrado en la casa se había echado a dormir.
La finca se llenó de curiosos: gentes «abnegadas» que se ofrecían «al señor Hondero» para lo que hiciera falta. En realidad, querían «ver» el cadáver, querían satisfacer su morbosa curiosidad a costa de altruismos falsos.
Recuerdo que Victoria, con el rostro hinchado y la mente nublada, pedía aspirinas. «El disgusto me estalla en la cabeza», repetía. Se negaba a reconocer que la cabeza le dolía por culpa de la resaca.
La guardia civil formaba un cerco en torno a la colina: «Nadie puede subir hasta que se apersone el juez…» Al fin llegó el juez con el forense: «Habrá que hacerle la autopsia», decían.
Miraban el torreón: «Alto, muy alto…» Las piedras nuevas se unían con las antiguas por el moho y el desgaste: «¿Cómo se le ocurriría venir hasta aquí para matarse…?» Había que explicar las razones: «Arriba tenía su estudio: Alicia pintaba…» El juez miraba las piedras como si en ellas fuera posible encontrar la clave de la tragedia.
Envuelta en una sábana, la trasladamos a la casa. Dolores preparó la cama: «Ni siquiera se había acostado», comentó tragándose un sollozo.
Pedí un whisky. Necesitaba beber aunque la resaca de la noche anterior estuviera atormentándome. Lo necesitaba para soportar aquello.
De repente surgieron los recuerdos: «Alicia siente una gran predilección por ti, Victoria…» Y la mención de aquel test, que jamás se realizó: «Un largo y lamentable test.» Los ojos de Victoria abriéndose golosos: «No te preocupes, Carlos: haré cuanto pueda por tu mujer.» Así había empezado la complicidad de Victoria: acusando a Alicia de algo que no era cierto.
Luego el papel…
– ¿Sabía usted que había dejado un papel en la mesa de su cuarto?