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Poco a poco, nuestros encuentros fueron afianzándose. Como Alicia ya no podía interferirse en nuestras vidas, nada impedía que los Moraldo se llegaran a la playa de Can Pou acompañados de Serena. Mi suegra los recibía siempre risueña: «Habéis caído del cielo, hijos míos -decía-. Sois una bendición de Dios… Desde que ocurrió la desgracia, Carlos y yo nos hemos quedado tan solos…»

Y se tragaba aquellas lágrimas rebeldes que parecían nacerle en la garganta.

– Nunca olvidaremos vuestra amabilidad, vuestra compañía…

Decía «Carlos y yo» como si formáramos un clan, como si «ellos» fueran miembros de otros clanes y otros ambientes. La pobre mujer vivía de utopías así: optimismos absurdos que la ayudaban a soportar las derrotas de su vida. Se había acostumbrado a las tragedias y cualquier muestra de afecto le parecía un regalo.

Incapaz de dañar a nadie, creía a pies juntillas que nadie, a su vez, podía causarle daño a ella. Para doña Alicia, las desgracias de su vida habían sido «males inevitables» pero nunca intencionados. Todo el mundo era bueno, noble y abnegado, y si alguna vez alguien intentaba abstraerla de aquella ingenua concepción de la vida, inmediatamente reaccionaba: «Mentiras, envidias: nada más que envidias.»

Después cambiaba de conversación.

Fue aquella faceta optimista e ilusa lo que, en realidad, la había distanciado tanto de su hija. Alicia jamás pudo acostumbrarse a la insustancialidad de su madre. No comprendía cómo una mujer tan azotada por la adversidad podía vivir sin acusar la huella: «Arrastra su dolor como si arrastrase una maleta pesada sin querer averiguar lo que hay dentro de ella», decía Alicia cuando se refería a la resignación de su madre.

– Ahora sólo me quedan mi nieta y mi hijo -seguía explicando doña Alicia señalándonos a Carlota y a mí-. Dos tesoros que por nada del mundo quisiera perder… Espero que Dios se apiade de mí y me lleve antes de perderlos.

Le emocionaba mucho saber que Victoria había estado con su hija poco antes de morir: «Pensar que tú fuiste de las pocas personas que la vieron…»

Y al decir aquello, cogía la mano de Victoria, como si el contacto de aquella mano pudiera devolverle un poco a la hija.

– Nunca podré olvidarlo, nunca…

A veces, cuando Victoria se ponía a tiro, se volvía confidenciaclass="underline"

– Entre tú y yo: sabrás ya que mi hija me rehuía. Sobre todo últimamente…

Y le repetía mil veces las conversaciones íntimas que en algún momento dado habían mantenido ella y Alicia: «La pobre se encerraba en sí misma: "Déjame en paz, mamá… No tengo nada que contarte…"»

Y los Moraldo, a medida que el tiempo pasaba, se iban afianzando más y más en el beneplácito de mi suegra. Pronto las mañanas playeras se extendieron al día entero. Los invitaba a almorzar, recorría la finca con ellos, los llevaba a la huerta: «Fijaos en esos tomates: parecen granadas.» Y daba órdenes al colono para que los «queridos amigos Moraldo» se llevaran un cesto lleno. En cuanto regresábamos a la masía, le decía a Juan Villoria que sirviera whisky. Había descubierto que a Victoria le gustaba beber y se hacía comprar para ella el mejor whisky que había en el pueblo.

Pero los progresos amistosos tuvieron su culminación en Serena. Fue un proceso lento, incisivo y tremendamente eficaz.

Empezó por la niña. Carlota encontraba en Serena la «persona mayor» dispuesta a complacerla en todo: «Quiero bañarme contigo Serena.»

Y Serena la cogía en los brazos, la metía en el agua, jugaba con ella: «Vamos a sorprender a papá», decía mientras me salpicaban aposta. Yo me hacia el sorprendido, el atacado. Y Carlota reía…

El mundo se llenaba de luz cuando Carlota reía: «A la canoa…» Doña Alicia era feliz cuando observaba la alegría de su nieta: «Hay que evitar a toda costa que le ocurra lo que a su madre…»

Fueron quince días completos. Carlota ya no concebía la vida sin Serena. «¿Vendrá hoy, papaíto?» Nunca faltaba. Y doña Alicia repetía: «Esa señora es un ángel… Me refiero a la viuda de Fuentes…»

Hacia principios de septiembre, el padre Celestino fue a visitarme al Banco. No lo esperaba. A decir verdad, me había olvidado de él. Llevaba mucho tiempo sin tener noticias suyas. Lo hice pasar a mi despacho. Entró con paso todavía ligero, su sotana de nuevo reluciente y la mano tendida: «¡Dios mío, cuántas cosas…!»

– Me hubiera gustado verte antes -dijo-, pero no ha sido posible. He estado fuera de España…

Al parecer se había enterado hacía poco de la muerte de Alicia.

Lo hice sentar en el butacón frente al mío: «Me enteré tarde, una desgracia… Una verdadera lástima.» Con los años la voz se le estaba volviendo más aguda y menos convincente. Pero su mirada continuaba siendo penetrante como en los tiempos en que me llamaba a sus habitaciones para «dialogar».

– No quisiera robar tu tiempo, Carlos: debes de andar muy ocupado -y miraba en torno como si el lujo de mi despacho le estorbara-. Únicamente quería darte el pésame y decirte que he rogado mucho por ella.

– Ya sabrá usted que Alicia se quitó la vida.

El padre Celestino respiró hondo y asintió con la cabeza:

– Lo sé -dijo fríamente-. Confiemos en la misericordia de Dios. Alicia era profundamente religiosa.

Recordé la conversación que habíamos mantenido el día que Carlota fue bautizada. «Ahora me sacará a relucir lo del contagio.» Pero el padre Celestino tenía demasiadas horas de vuelo para provocar impertinencias que nos hubieran alejado definitivamente.

– No merecía esa muerte -terminó diciendo.

– Alicia era una enferma -dije-. Supongo que ya sabía usted eso.

– ¿Enferma de qué?

– Tenía obsesiones.

– ¿Fundadas?

– Veía fantasmas donde no los había.

El padre Celestino cruzó las manos sobre su regazo y habló como si se dirigiera a ellas:

– De cualquier forma, siempre hay algo de verdad en lo que nos obsesiona. También Job era un obsesivo… Y ya ves: estaba cargado de razón.

Opté por afrontar directamente sus diatribas:

– No irá usted a decirme que Alicia era una especie de Job.

– En la vida hay muchas clases de Job, Carlos; y de Herodes y de Caín… Únicamente cambian los sistemas, los procedimientos.

Se detuvo de pronto. Me miró, asustado. Mudó enseguida de conversación. Preguntó por mi hija.

– Carlota se está haciendo mayor: va a cumplir cinco años.

– ¿Cómo aceptó lo de su madre?

– Los niños olvidan enseguida.

El padre Celestino frunció los labios.

– No estés tan seguro de eso, Carlos: tendrás que vigilar estrechamente a tu hija. A su edad se experimenta una especie de pudor que impide demostrar el dolor que se siente. Es como si sufrir fuera un espectáculo feo al que hubiera que rehuir. Pero, por dentro, se vive un infierno.

– Haré cuanto esté en mi mano para evitar que sufra. Aunque le parezca extraño, yo quiero a mi hija.

El padre Celestino movió la cabeza asintiendo:

– De todos modos, no basta querer a una persona para cumplir como es debido con ella… para evitar que se hunda. Acuérdate de tu mujer: si no me equivoco, también la querías…

Encendí un cigarrillo: necesitaba humo para esconder mi cara:

– …y a pesar de todo, llegó a suicidarse.

Después vino un silencio incómodo. Sonó el teléfono de mi mesa: era la consigna que yo le había dado a la secretaria para interrumpir nuestra conversación: «De acuerdo: ahora mismo lo recibo.»

– ¿Te reclaman?

Asentí. Se levantó. Me tendió la mano sonriendo: