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Después fue Victoria: «Nuestra pobre pequeña…

No le contesté. Me limité a prohibirle que entrase en el dormitorio de mi hija:

– De ahora en adelante, seré yo quien se ocupe de Carlota.

Serena provocó una discusión aquella misma noche:

– Tu comportamiento con los Moraldo no ha podido ser más grosero: digno de un patán o de un loco.

La agarré del brazo y la llevé al salón. La lancé contra el sofá: cerré la puerta.

– Ahora grita lo que se te antoje.

Serena se quedó mirándome como si yo fuera un monstruo. Jamás me había visto tan furioso. Agarré su falda para bajársela: me repugnaba ver tanta pierna.

– Creo que has perdido la razón -decía.

Me acerqué al ventanaclass="underline" un mundo de estrellas iluminaba la noche.

– Ahora vas a explicármelo todo -dije sin mirarla.

– ¿Explicarte qué?

Me volví hacia ella. Señalé el sofá.

– ¿Desde cuándo dura ese lío tuyo con el imbécil de Paco?

Creí que se abochornaría, que algo en ella iba a traicionarla.

– Repite eso otra vez: temo haber entendido mal.

– Me has entendido perfectamente. Anoche te oí llegar a las dos. Venías con Paco y me dijiste que habías llegado sola. Te pregunté a qué hora te habías acostado y me respondiste que hacía tres horas que dormías… Mentías, Serena. Os estuve escuchando, os estuve «soportando» hasta que todo acabó.

– Decididamente tú no estás en tus cabales, Carlos. Naturalmente que me trajo Paco. Naturalmente que estuvimos charlando un buen rato en el salón… Pero no estábamos solos. Victoria nos acompañaba. Pregúntaselo. Verás lo que te contesta.

– Entonces, ¿por qué me mentiste?

– Sencillamente: estaba cansada. No tenía ganas de dar explicaciones. Por eso te mentí. Me pareció más sencillo.

Hablaba tranquila, como si no mintiera: «Pregúntale a Victoria…» Sabía que era inútil. Victoria era la gran alcahueta de su propio marido.

– Supongo que ahora me darás una explicación.

Se le había puesto una expresión severa de mujer ultrajada.

Señalé el sofá:

– Hiede -dije-. Deberías cambiar de tapicería.

– Será porque esta tarde Lolita se ha sentado en él.

Lo dijo crecida, firme el habla y la actitud:

– La conozco bien: es una lagarta con aires de mosca muerta.

Hice ademán de marcharme. Se plantó ante la puerta:

– No, Carlos: esto no puede quedar así… Te exijo que me pidas perdón.

Nos miramos en silencio. Su odio tropezando con el mío. La aparté de mi lado. A partir de aquel día dormimos en habitaciones separadas.

Después vino el largo peregrinaje hacia lo imposible. Pero había que intentarlo todo. Recorrí con Carlota países lejanos, clínicas destacadas, médicos famosos. La respuesta era siempre la misma: «Sólo un milagro…» Me hablaron de recuperación: «Con tenacidad podría mejorar un poco.» La metieron en piscinas, idearon para ella aparatos especiales (rodrigones antiestéticos) que resultaron siempre ineficaces: muletas complicadas que dañaban sus sobacos sin conseguir mantenerla en pie. Carlota se desesperaba: «Me canso, papá…» Era como dejarla morir esperando que viviera, o darle vida para que agonizara.

Pero los desengaños no bastaban para desengañarnos del todo. Siempre surgía una nueva posibilidad, una brecha nueva abriendo paso a la esperanza. El mundo para mí se reducía a eso: buscar ayuda para mi hija.

Después vino la renuncia: la aceptación de aquel tremendo «inevitable». Fue una conformidad lenta, como la erosión de una colina baqueteada por la lluvia, y la realidad se fue imponiendo crudamente, sin atenuantes, con la renuncia a luchar y la costumbre de verla siempre en la sillita de ruedas.

Poco a poco la gente dejó de preguntar por ella: Carlota había recuperado la salud y sus piernas ya no contaban. Insensiblemente se había ido convirtiendo en esa «pobre chica que prometía tanto», en «una lástima»: alguien que pudo ser pero que nunca «sería». Una flor artificial que no precisaba agua en su vaso, una criatura de rostro bellísimo descartada de su condición de mujer.

Y la olvidaban: no era posible andar recordando siempre lo que dolía, lo que obligaba a sabernos limitados.

A veces Carlota se quedaba mirando a Sofía como si jamás la hubiera visto: examinándola de arriba abajo. Se detenía en las piernas: cerraba los ojos… «Nunca, ¿verdad?»

– Quién sabe, hija.

– ¿Para qué engañarnos?

Aquel año prometí llevarla en el barco a Italia.

– Podemos invitar a Sofía.

– No, papá: prefiero ir sola con vosotros.

Le daba reparo compartir con su amiga aquella invalidez.

Fue a partir de aquella renuncia cuando empezó mi declive. La vida tenía ya otro sentido, otro matiz. Nada conseguía el relieve de antaño. Había algo mortuorio en todo lo que me rodeaba. Recuerdo las calles: tenían la tristeza de los días sin sol, de la vejez prematura… El campo: era como un erial infecundo. El mar: una extensa llanura de recuerdos ahogados.

Y mi trabajo, mi estúpido trabajo, que en un momento dado llegó a parecerme importante… Era imposible vivir «como antes». El antes era ya una parodia de mi vida reaclass="underline" la de los domingos huecos y los proyectos cercenados. Me faltaba la urgencia. La urgencia era patrimonio de los otros, los que todavía esperaban «metas». Las mías se habían acabado para siempre. Sin embargo, era necesario continuar en el engranaje, improvisar sonrisas, dar ideas, opinar: mantener conversaciones: «Carlos, ¿has oído hablar de…?» «Deberías presentarte mañana en…» «¿Cuándo finalizará el informe…?» La gente actuaba, vivía, moría: «Fulano ha muerto…» Había que asombrarse y sentirlo: «A tal hora, el entierro…» Siempre había algún entierro pendiente, algún enfermo moribundo, algún «mal» peor que el mío. Y las consultas: «Carlos, por favor, ¿podrías recibirme?» Recibía, hablaba, opinaba. Pero todo quedaba en el mismo sitio.

Naturalmente, había recursos para aturdirse: el alcohol, las noches de luna junto a una mujer fácil, las mañanas soleadas en el yate Serena. «Vamos, Carlota, ahora te tenderé boca abajo para que tuestes tu espalda», y las drogas para dormir: «Mañana llegaremos a Portofino.»

Pero los recursos tenían también un límite. Luego venía la lucidez: la que desnudaba costumbres y señalaba vacíos.

Serena, en aquel viaje, se aburría. «Si al menos hubieras invitado a los Moraldo…» Alegaba que era un derroche escandaloso fletar un barco tan grande sólo para tres personas: «El próximo año invitaremos a los amigos de siempre: Carlota lo pasará mejor con ellos…»

Carlota asentía para no llevarle la contraria.

Lo mejor del crucero era la hora del baño. En el agua, las piernas de mi hija se reactivaban. Cierta vez llegó a creer que podía moverlas: «Mira, papá…» Era el oleaje, la corriente: esas pequeñas cosas de la naturaleza que a veces daban en parodiar ilusiones. Al subirla a cubierta, las piernas continuaban inservibles, fláccidas y descoyuntadas.

Al principio Serena había aceptado el viaje con aparente entusiasmo. De algún modo debía mostrar lo que, a todas luces, iba resultando indemostrable. «Esas ridículas sospechas tuyas…» se podían atenuar agregándose al viaje con sonrisas postizas: «Al fin y al cabo, veinte días pasan pronto…» Pero su aguante tenía un límite. No tardó mucho en dar a entender su fastidio. Especialmente cuando el mar se embravecía: «Buena la hemos hecho con este maldito viaje…»

Se cansaba: le faltaba público, admiraciones, motivos de estrenar atuendos, ojos que la desearan, comentarios que acariciasen su vanidad. Entonces rompía su cerco, desataba la lengua: se volvía agresiva. Rompía lanzas contra la gente: se quejaba de todo, sacaba a relucir retazos de vidas vergonzosas «para decir algo, para salir de esta horrible modorra». En sus labios había siempre una crítica: «Ese marinero que parece una mujer», «Aquella soltera que tuvo un hijo», «Aquel cura que colgó los hábitos…»