Poco a poco fui conociéndolos a todos. Tenían nombres que sonaban, que se leían en Blanco y Negro: títulos nobiliarios que despertaban la admiración de las modistillas, la sumisión de los acomodadores de la ópera y la envidia de los ricachones sin pedigree. Los Repecho, los Sobrado, los Hendidura, los Cabeza de Moro… Todos recalaban allí, en aquel coto cerrado; hablando, discutiendo, riendo… Comentando los pormenores de la moda parisiense y la elegancia inglesa, presumiendo de palco liceístico en el principal, y fotografías de Sus Majestades dedicadas y firmadas.
Uno de los temas de conversación favoritos entre aquellos ejemplares, era «los puestos de la mesa» (al parecer surgían piques eternos por un invitado mal colocado), pero lo que siempre esgrimían como «salsa picante» eran los gazapos de algunos advenedizos cuando «recibían» en sus casas. Lo curioso era que las cosas más convencionales, dejaban de serlo en cuanto caían en sus manos. Tenían una rara habilidad para convertir lo más insignificante en algo fundamental, y lo fundamental en cosa de poca monta. Casi todos profesaban un extraño culto a todo lo que oliese a rancio. Nada importaba que a veces «los elegidos» ostentaran lacras o miserias humanas si las deficiencias (estupidez, epilepsia, truhanería, alcoholismo o manía sexual) iban respaldadas por raigambres ilustres. La cuestión era que se tratara de deficiencias distinguidas, de alta prosapia, heredadas de algún antepasado glorioso (cuanto más antepasado mejor) o vinieran condicionadas a un título (más o menos reciente) o tuvieran apellidos esplendorosos.
Aquel año la habían emprendido con la gobernadora. Las críticas más feroces surgieron al día que la infeliz había decidido reunir en el Palacio de Gobernación a los miembros más depurados de la alta sociedad catalana. Al parecer se había atrevido a ofrecer champaña nacional en lugar del indispensable champagne francés.
Reían mucho cada vez que mencionaban a la gobernadora (tan satisfecha ella, tan pechugona y rolliza) y la llamaban «Juana la coma, coma» porque aseguraban que se había pasado la noche repitiendo a los invitados: «Vamos, coma usted, coma sin reparo: que luego sobra comida y hay que tirarla.» Decían de ella que era «divina», que no tenía desperdicio, que su cursilería era digna de trofeos… Y como la gobernadora había tres o cuatro personas clave, a las que siempre sacaban a relucir para descuartizarlas sin más motivo que el de considerarlas «distintas».
Pero ello no excluía que en cuanto «Juana la coma, coma» hacía su entrada en el recinto del golf, todos, hasta los Moraldo, los Repecho y los Sobrado, se ponían en pie y le ofrecían asiento, y le dirigían la palabra con extrema solicitud, para alabar su vestido, su sombrero, su fiesta (tan depurada, tan escogida, tan bien servida), porque, a pesar de todo, siempre coleaba algún favor sin realizar, o una petición pendiente de respuesta, o un indulto por firmar…
También hablaban mucho de un tal Freudman. Pero a él se referían con respeto. Nadie se preocupaba de hurgar en su pasado. Desde entonces he comprendido que existe una especie de aristocracia que no precisa de títulos ni de antepasados: una aristocracia «original» propia de los señores feudales (los de la Edad Media y los de la edad espacial) que, por hallarse en olor de dólares (en otros tiempos fue olor de torneos y victorias guerreras) se hacen acreedores al mayor respeto. Ese debía de ser el caso de Freudman. Para todos, aquel hombre era eso: una especie de señor feudal de nuestros días: un creador de estirpes como Abraham, padre de nobles como el Rey David, y antepasados del futuro como Cristóbal Colón. Los más internacionales (aquellos que pasaban temporadas en París o en Londres o en Nueva York) aseguraban haber conocido a Freudman (a saber las bajezas que habrían realizado para ser presentados a aquel hombre) y se recreaban describiendo sus palacios en Venecia, en Francia, en Viena… sus obras de arte, su exquisita educación, su savoir faire y su atractivo físico.
– Un gentleman indiscutible -afirmaban los más exigentes.
Lo cierto es que, en aquellos momentos, Freudman era considerado el hombre más rico del mundo. Cuando hablé de él a mi madre, contestó: «No se equivocan: es un genio financiero. También tú llegarás a ser un Freudman algún día.» La frase me fue siguiendo años y años: al principio con ilusión, luego con esperanza, más tarde con terror. Ahora es sólo un recuerdo que confirma la teoría del presentimiento.
Aquel ambiente me iba absorbiendo sin darme cuenta (es decir, me idiotizaba). Pronto me vi adoptando los giros y las actitudes de aquellas gentes, como si las hubiera tratado toda la vida. Un día le propuse a mi madre:
– Deberías hacer las paces con tu familia.
Cosía, como de costumbre, junto al ventanal del comedor. Al oírme dejó la ropa en el halda y alzó la vista:
– Siempre dije que el ambiente del golf te embrutecería, Carlitos. Ahí lo tienes: ya empiezas a trastornarte.
Todavía insistí:
– Pero, mamá, el tiempo lo borra todo.
– No seas incauto, hijo: el tiempo lo único que hace es envejecer a los que quisieran «borrar». Yo nunca podré borrar los malos tratos ni los insultos. ¿Has olvidado ya lo mucho que rebajaron a tu propio padre?
Era difícil olvidar lo que nunca se había vivido.
– Además -remachó enseguida-, los aristócratas me repatean.
– Sin embargo, tu abuela era hermana del marqués de la Triponna.
También a mi madre le avergonzaba aquel título. No podía escucharlo sin taparse los oídos y echarse a reír.
– Con su pan se lo coman y se lo entripen.
Probablemente las tendencias republicanas de mi madre se debían en gran parte a aquella pelea, pero sobre todo a las teorías políticas del tío Rodolfo. Desde que yo tenía uso de razón no había escuchado de aquel hombre más que peroratas contra la monarquía, la dictadura, y las sandeces (decía él) que caracterizaban al partido monárquico. Añadía luego que España no llegaría a su mayoría de edad hasta que despertara de su modorra y se decidiera a implantar la república.
Al principio, cuando lo escuchaba, tenía la impresión de que sus argumentos eran sensatos, pero en cuanto me introduje en el ambiente de los «exclusivos e intocables», surgieron las dudas sobre la validez de sus argumentos. Allá, entre prados, tés, gorras de cuadros y sombrillas gigantes, todo se reducía a pregonar las excelencias de la monarquía, y cuando alguien se atrevía a lanzar diatribas contra algún miembro monárquico, lo hacía con timidez, con una especie de cariño disgustado, anteponiendo siempre un amoroso «que conste que lo digo porque me duele». En realidad, nadie pensaba seriamente que la monarquía podía ser algún día derrocada. Para todos ellos la palabra «república» era tan remota y dañina como la palabra infierno. No obstante, jamás alegaban razones de peso para justificar sus principios: sus bases se ceñían a vocablos ambiguos como «tradición», «honor», «buen gusto», «poca clase» y otras variantes sobre el mismo tema.
Lo cierto es que el dogmatismo político de aquellas gentes era tan rotundo, que llegué a pensar seriamente que el tío Rodolfo vivía equivocado y que la razón estaba de parte de los Moraldo, de los Repecho, de los Sobrado, de los Cabeza de Moro… de todos los que pululaban por el golf. Pero la verdad es que no conseguía formarme una idea muy clara de ningún partido político.
Luego venían los almuerzos en la casa de Paco. (Desde que nos dedicábamos al golf, yo no regresaba a mi casa hasta la noche.) No es fácil que olvide aquellos almuerzos, silenciosos y majaderos, en los que la señora Moraldo apenas me dirigía la palabra y en los que Lolita me lanzaba miradas enigmáticas, entre altivas y amorosas.