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Pretextó una excusa y se apartó de mi lado. A las Franciscas Repecho no les gustaba que se les pusiera por delante aquel tipo de realidades. Se aferraban a la juventud de espíritu, la invicta y manoseada juventud de espíritu que obliga al ridículo sólo para demostrar que los años no estancan.

Imaginaba que Lolita se trasladaría a Barcelona para asistir al funeral del suegro de su hermano. Pero la señora Moraldo se encargó de desilusionarme: «Hablé con Lolita esta mañana: está desolada; no puede venir…»

Fue una reunión muy elegante la de aquel día: muy al estilo Remo; se habló de todo, del primer hijo de los Cádiz, del viaje de los príncipes de España a América, de los famosos desplazamientos de Kissinger, de la vuelta de Perón, de las medallas de Spitz, de Liza Minnelli, de El Padrino, de Septiembre Negro, de la muerte del estudiante de Compostela, de don Cicuta, de las caras de Bélmez…, de todo, menos del difunto conde de Remo.

Remo era un muerto demasiado muerto para ser recordado. Aunque lo enterrasen al día siguiente, podría decirse que había dejado de existir hacía infinidad de años: mucho antes de la era espacial o la era del terrorismo… En realidad era como si no hubiese existido nunca.

Me fijé en Serena: a pesar de sus tentativas por mostrarse compungida, no podía disimular su contento. También ella debía de tener presente la famosa «herencia», también ella debía de sentirse un poco «heredera».

Salí de allí con el ánimo encogido: el frío de la calle se calaba en los huesos. Respiraba gasolina quemada, tufos de gasoil, polvillo de chimeneas… Una amargura irritante brotaba de los ojos de los transeúntes: caminaban todos automatizados, siguiendo las indicaciones del tránsito (riadas de cuerpos malhumorados), camino de no se sabía dónde y por no se sabía qué.

Me metí en el coche que había dejado en el parking cercano, y enfilé hacia la avenida Pearson.

Yo ignoraba lo que iba a encontrar en mi casa aquel día. Pero en cuanto metí la llave en la cerradura, me di cuenta de que algo funcionaba mal. Me crucé con Sofía en el vestíbulo. Iba llorosa y tenía intención de salir. La cogí del brazo y la llevé al salón.

Me confesó que había discutido con Carlota. «A propósito de Serena», confesó.

Me costó mucho convencerla para que me explicara lo que había ocurrido: Sofía se resistía: «Quizá no debí hacerlo: quizá debí ser más discreta…» Me sentía agarrotado. No me atrevía a preguntar. Al final acabó diciendo: «Serena no juega limpio con Carlota.»

La tranquilicé:

– Efectivamente: estás en lo cierto, Serena no juega limpio con Carlota, ni conmigo, ni con nadie…

Parecía aliviada. Enseguida prosiguió:

– Está procurando separarla de ti. Y eso a mí me subleva.

Me senté a su lado. Temblaba: «Vamos, Sofía: cálmate…»

Empezó a desahogarse: «Seguramente quiere justificarse echando por delante que tú no la quieres, que la engañas… Y Carlota está adquiriendo una imagen deformada de ti. Ya era hora de que alguien le hiciera ver la verdad…»

– ¿Qué verdad?

Sofía se mordió los labios, enrojeció: no se atrevía a hablarme claro: «Todo el mundo dice que tú estás enterado…» Bajé la cabeza, coloqué los codos en mis piernas y me cubrí la cara: «No te preocupes, Sofía: estoy enterado de todo.»

Hubo un silencio largo, interminable: un silencio lleno de suspicacias, de alarmas, de pavor.

– Entonces, Carlos… ¿Por qué toleras que Carlota admire tanto a esa mujer? ¿Por qué no te impones de una vez y le descubres la verdad? ¿No comprendes que tu hija está empezando a desconfiar de ti?

Respiré hondo. Me dolía el pecho: lo sentía oprimido, acribillado de agujas.

– ¿Qué más le has dicho?

– ¿Qué más podía decirle? Carlota se ha enfadado conmigo. No consiente que nadie desacredite a Serena. La quiere como si fuera su madre. No es capaz de darse cuenta de su egoísmo, ni de su crueldad, ni de su indecencia… Cree que todo es culpa tuya. ¿Comprendes?

Me fijé en Sofía: rostro simpático, casi tan bello como el de mi hija.

– ¿Qué edad tienes, Sofía?

– Voy a cumplir dieciocho años… ¿Por qué?

La edad de Carlota; la edad de las franquezas, de las realidades hirientes… La edad directa: la que no admitía recovecos, ni hipocresías, la que a fuerza de poner puntos sobre las íes, era capaz de llenar de puntos todo el abecedario.

– No te culpo por lo que hayas podido decirle. Más aún: te lo agradezco. Pero, por favor, no vuelvas a desacreditar a Serena delante de mi hija. Carlota la quiere: yo mismo fomenté ese cariño. No puedo dar marcha atrás.

– Pero Serena no lo merece. Está haciendo lo posible para que tu hija te aborrezca.

– Lo sé.

Miraba al jardín. Una vez más era como un cementerio de árboles:

– Es una larga historia, Sofía…

Me apoyé en el cristal. Los puños cerrados, enristrados de ira.

– Debo aguantar, soportar, tragar… Aunque Serena me hunda, aunque se burle de mí, aunque me destruya… No me queda más remedio.

Sofía no me entendía. Rozó mi codo con su mano.

– Lo siento -dijo-. Yo no sabía…

No la miré. Me daba vergüenza mirarla.

– ¿Le has hablado de Paco?

– Sí.

– ¿Cómo ha reaccionado?

– Me ha echado de esta casa.

– Dios Santo… debe de estar pasando un infierno.

Era como si el dolor de Carlota se adelantara al mío, como si también lo tuviese yo dentro.

– ¿Te das cuenta, Sofía? De ahora en adelante Carlota va a ser desgraciada… Te necesita. Te necesita mucho más que tú a ella.

Era imposible imaginar una Carlota sin Sofía.

– Necesita tu vitalidad, necesita tus piernas…

– Cállate, Carlos.

– Eras su segundo «yo»…

– ¿Qué vas a hacer, Carlos?

– No lo sé aún… Hablaré con ella. Tantearé el terreno. Trataré de que se sincere conmigo.

– No lo hará. Es demasiado prudente. Temería herirte.

– Buscaré una solución. Haré lo que sea para encontrarla…

Subí al estudio de mi hija con el alma encogida. La encontré frente al caballete, cabizbaja: los pinceles en la mano, decaída, descorazonada.

– ¡Hola, Carlota!

Intentó sonreírme, pero no lo conseguía. Dejó los pinceles sobre el mueble contiguo y acercó su carrito al lavabo.

– ¿Cómo está Victoria?

– Eso importa poco -le dije-. Hay cosas más graves que la muerte del conde Remo.

– Entiendo: has hablado con Sofía.

– Acabo de dejarla.

Encaró su silla hacia mí. Preguntó directamente:

– ¿Qué te ha dicho?

– Que os habéis peleado.

– ¿Nada más?

– Estaba llorando: no ha querido hablar.

Carlota respiró hondo y tragó saliva. Dos rodales rojos iluminaban sus mejillas.

– Ha intentado rebajar a Serena -dijo-. Comprenderás que no puedo tolerarlo.

– ¿Qué te ha dicho de ella?

– Prefiero olvidarlo.

– Escucha, Carlota…

Pero no quiso escucharme. Se dirigió al ascensor. Se metió en él. Bajé por la escalera para esperarla.

– Prefiero no abordar ese tema contigo, papá.

– ¿Por qué?

– Es demasiado sucio.

Nos metimos en la sala. Vinieron a decirnos que «la señora había telefoneado para comunicamos que no la esperásemos a almorzar».

– Se ha quedado en casa de los señores Moraldo -dijo el criado.

Carlota frunció el entrecejo: dudaba. Probablemente la semilla que Sofía había dejado caer, empezaba a hurgar su tierra.

– Atiéndeme, Carlota; a veces las cosas se dicen sin mayor trascendencia, sin pensar en las consecuencias. No debes tomar en serio lo que se habla por hablar.

Quería restarle importancia: aligerar su carga.

– Ciertas cosas nunca pueden ser superfluas: tanto si son ciertas como si son falsas, matan al que las escucha.