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– Ése es el amor que Dios nos pide, Carlos. Efectivamente, estás comprendiendo…

– Antes yo creía que el amor era poseer y arañar la vida…, dominar el mundo, sabernos dueños de las personas, de las cosas, de la mujer deseada: en el fondo, desdeñar fundamentos para edificar sobre arena… Antes yo creía en todo eso y practicaba todo eso. Antes era un perfecto imbécil, Padre.

– Dios puede borrar ese «antes».

– Pero me deja el recuerdo. Ése es mi castigo. Yo sé que el pasado se negará siempre a perdonar. Lo vengo sabiendo hace tres días, desde que mataron a Serena. Lo tengo siempre delante, reprochando, persiguiendo, atosigándome, despojándome de cualquier derecho… Es lo mismo que si me hubieran condenado a una muerte lenta.

– De algún modo hay que depurarse, Carlos.

Y mientras hablaba iba pensando en lo maravilloso que sería un mundo sin amenazas, sin miedos, sin odios ni pasiones: un mundo en que el hecho de respirar no significara despedazarse, ni vengarse, ni odiar ni destruir. Un mundo donde no cupieran los silencios obligados, ni las verdades falsas, ni las tiranías disfrazadas de libertad… Un mundo sin mentiras necesarias, ni comedias sociales ni imposiciones políticas, ni afán de poder.

Se lo he dicho.

– Fabrícate un mundo con esas medidas, Carlos. Trata de adaptarlas a las de los demás… Quizá llegues a convencerlos.

– Será difícil nadar contra corriente… La verdad es que no sé por dónde empezar.

– Será mejor que empiece yo por ti -ha dicho él sonriendo.

– Tendrá que enseñarme a nadar otra vez.

– Y a caminar, y a respirar, y a latir…

¡Buen maestro el padre Celestino!

Ha sido una confesión larga, sin mistificaciones, sin escrúpulos… «Menos robar y matar…» No: también había robado, también había matado. Y lo que era peor: aparentando rectitud…

Después el siniestro. «Serena ha muerto.» Y Paco con el rostro tan amarillo como la bata que llevaba encima.

Y enseguida la vorágine: el laberinto de las ideas, el terror de la pesadilla que no se acababa de concretar.

Paco me empujaba hacia el cuarto. No atendía a mis preguntas. De pronto vi a Victoria; estaba sentada en el sillón contiguo a la ventana; inmóvil, los ojos abiertos llenos de estupor, la expresión alelada, perdida en una especie de sopor hipnótico.

Y el cuerpo de Serena, desnudo, echado en el suelo, cubierto por una sábana y empapado de sangre.

– Dios mío… ¿Qué es eso?

Paco me ofreció un whisky: «Tómalo: vas a necesitarlo.»

Recuerdo que su mano temblaba al tenderme el vaso. Y la estancia se oscurecía. Había un «por qué» terrible flotando en el ambiente. Un «por qué» sin respuesta posible. Y una urgencia desesperada de saber. No sé lo que dije. Quería borrar todo aquello con palabras. Quería comprender sin admitir.

La voz de Paco se había vuelto ronca. Decía cosas extrañas: «Te he llamado por teléfono a Can Pou mil veces… No estabas. Tu número particular no respondía…»

– Al parecer te vieron salir de la finca con Lolita.

Reaccioné:

– Quiero saber lo que ha ocurrido: todo. Sin omitir detalles.

Paco empezó su relato: crudamente, fríamente. Jamás había sabido expresarse, pero se expresaba.

Jamás había sabido ser preciso, pero su precisión era rotunda.

Todo iba quedando desgarradoramente en su sitio, con método, con lógica, con orden.

Repentinamente supe que nada tenía remedio. Era un saber implacable: como se saben los aludes, o los terremotos o los desbordamientos fluviales; comprendiendo claramente que el ser humano no es capaz de detener el desastre.

Paco me lo estaba diciendo en cada palabra y en cada gesto.

Era difícil comprender que aquel hombre maduro y resuelto era solamente Paco. Nada en él recordaba al niño bonito que presumía de influencias ni al botarate que recibía suspensos. Ni siquiera era ya el amigo desesperado que pedía ayuda.

De repente se había convertido en un ser concreto con un relato siniestro y una sentencia irreversible.

Lo tenía todo previsto, todo masticado, todo aprendido.

– No pude evitarlo -dijo-; me pilló dormido.

Había ocurrido en cuestión de segundos: «Victoria entró de improviso, con el candelabro en la mano.» Y contempló a su mujer como si contemplase a un aerolito recién incrustado en la tierra.

– Estaba borracha; no sabía lo que hacía.

Y señaló el candelabro, que otra vez había colocado en la consola.

– No me dejó tiempo a reaccionar. Le asestó el golpe cuando Serena intentó saltar de la cama.

Era como escuchar un serial grotesco: un folletín demasiado burdo para que resultase real. Sin embargo, Paco se ceñía al detalle, a la minucia, y yo veía la escena una y mil veces, igual que si todo lo que había ocurrido volviera a ocurrir, como si Serena estuviera todavía muriendo…

Paco se detuvo: tragó saliva, respiró hondo. Miró de nuevo a su mujer. Era como una estatua blanda, como una figura sin vida que pudiera moverse. Me describió su odio, su furia, su despecho… «Estaba enloquecida, Carlos, completamente enloquecida…» Después él había intentado calmarla:

– Se quedó así, tal como la ves ahora, idiotizada.

– ¿Cuándo ocurrió?

– Debían de ser las cuatro de la madrugada.

– ¿Lo sabe alguien más?

– No: te esperaba a ti.

Hubo un silencio interminable.

– Ahora empezarán a hacer preguntas -dijo Paco.

– Naturalmente.

– Tienes que ayudarme, Carlos.

– ¿Cómo? Esta vez no podré.

– Siempre me has ayudado cuando te lo he pedido.

– ¿Qué quieres que haga? Al fin y al cabo, tú no la has matado… Ha sido Victoria.

Fue entonces cuando comenzó a descubrirse:

– Para el caso es lo mismo; Victoria es mi mujer. Victoria no puede ser culpable…

Empezaba a comprender. Recordé lo que me había dicho: «Maneja su dinero.» Probablemente se veía ya en la calle…

– Pero lo es: nadie puede evitarlo.

– Tú podrías. Un marido celoso es más razonable… Nadie te pediría cuentas.

– ¿Qué insinúas, Paco?

Todavía vaciló. Todavía intentó convencerme: «El juez comprendería. Desplegaríamos influencias… Victoria y yo te ayudaríamos…»

– ¡Basta!

Se produjo un silencio largo, viscoso: uno de esos silencios que pueden modificar una vida entera.

– ¿Cómo te has atrevido?

Paco todavía adoptaba una actitud sumisa:

– Al fin y al cabo, si tú hubieras sabido…

– Serena no me importaba. Nadie mejor que tú estaba al corriente de nuestras relaciones. Me hubiera limitado a separarme de ella. Eso es todo.

– Sin embargo -dijo Paco-, todo el mundo sabe que la habías amenazado… Nadie ignora eso. Incluso están al corriente de tus palizas…

Me acerqué a él. Dejé el vaso en la mesa. Lo agarré por la solapa de la bata.

– De modo que era eso… De modo que me has llamado para involucrarme… Debí intuirlo, debí imaginar que tu llamada encerraba algo…

Comencé a zarandearlo hasta dejarlo aturdido. Luego lo lancé contra el lecho.

– Asqueroso reptil…

Contemplé mis manos: las tenía rojas. Me dolían. Volví a mirar a Victoria. Continuaba inmóvil, la mirada fija, las manos sobre el regazo.

– Te pesará lo que has hecho, Carlos.

Paco se puso en pie, respiraba anheloso. Agarré el teléfono.

– Voy a llamar a la policía -dije.

– No lo hagas, Carlos. Piénsalo bien. No lo hagas.

Marqué el número. No había nada que pensar. Yo era inocente. Nadie podría dudar de lo que yo dijera. «Piénsalo bien, Carlos…»

Me contestó una voz sonora de hombre adormilado. Di mi nombre. Di las señas de la casa. «Vengan cuanto antes: acaba de cometerse un crimen.» Me hicieron preguntas, me dieron órdenes: «Que nadie toque nada…» Luego colgué.

Paco estaba ante mí, desencajado, más amarillo ya que la bata.