– Todo debe hacerse a su debido tiempo, hijo. No hay que apresurarse.
Pero yo tenía prisa. Necesitaba avanzar: llegar cuanto antes a la meta.
El domingo siguiente, mi madre se empeñó en que la acompañara de nuevo a la Exposición. Probablemente quería rellenar un poco el vacío que los domingos truncados me estaban dejando: «Hoy podremos verla con mayor holgura.» Acepté a regañadientes. Algo me decía que no debía acompañarla. Hay cosas que se intuyen: flotan en el aire y se captan sin saber por qué razón. Yo estaba captando lo que iba a ocurrir: sólo que sin concretar exactamente los motivos. Y la acompañé. La tarde era larga y soleada: una de esas tardes que obligan a respirar verano, aunque el verano esté por llegar.
Como la vez anterior, entramos en el recinto a empellones, convertidos en muchedumbre. De nuevo vimos el palacio, las fuentes, las cascadas… Avanzábamos, como todos, a trompicones, alelados, camino arriba, con ese paso incierto que caracteriza a los que deambulan (alucinados y sin prisa) hacia lo indeterminado. Corría una brisa sofocante, impropia del mes de mayo. Fue tal vez aquella brisa lo que empezó a despejarme. Casi me sentía contento.
La intuición peyorativa (aquella que me había asaltado antes de salir de casa) se había esfumado. Ya no me arrepentía de haberle dicho «sí» a mi madre. A veces uno se siente alegre sin saber por qué, como si una fuerza invisible nos obligara a ello. Llegamos hasta el tenderete de un hombre que voceaba su mercancía con voz atiplada. Era una voz chillona que a ratos se confundía con el sonido de una banda de música que lanzaba sus marchas triunfales desde la glorieta cercana. El hombre decía «Acérquense, señoras y señores, y observen la maravilla…» No recuerdo lo que ofrecía: quizás un crecepelo, o un elixir de juventud, o una estilográfica… Cualquier cosa de esas que luego no sirven para nada, pero que si no se adquieren, nos persiguen durante meses y meses como un remordimiento. En torno a la glorieta, allá donde la banda trompetera rasgaba el aire con agudos molestos, se extendían hileras de banderitas variopintas y luminosas, que se movían inquietas como flanes agitados. Y más acá, muy cerca de donde nos encontrábamos, había un barquillero haciendo girar su rueda de la fortuna y llamando a los niños a pleno pulmón. También un puesto de churros (desde aquel día odio los churros) atractivo: olía a patatas fritas y a aceite quemado. Y el ventero de gaseosas «fresquitas y dulces para matar el calor y la sed». Era un pugilato de ruidos, de aromas y coloridos. Pensé que, a pesar de todo, la vida era bonita, y que no debía preocuparme por la deserción de los Moraldo; al fin y al cabo, todos éramos iguales. Contemplé el rostro de mi madre: todavía joven y hermoso y, por primera vez, advertí que sus labios no estaban húmedos. Le pregunté:
– ¿Por qué no te pintas los labios, mamá?
Arqueó las cejas, extrañada:
– ¡Qué cosas se te ocurren, Carlitos!
– Todas las señoras de tu edad se pintan los labios.
Y señalaba a las mujeres que me rodeaban.
– Fíjate en ésa, y en ésa…
Ella echaba vistazos sonriendo:
– No son de mi clase, tonto.
Y yo, por bromear, volví a mencionarle al marqués de la Triponna. Reíamos los dos despreocupados, como si fuéramos un par de amigos. Y la gente nos miraba: casi me sentía orgulloso de la atención que estábamos despertando en los demás. Hasta que de pronto todo se vino abajo. Vi a una mujer elegante, enjoyada y altiva. Vestía un traje gris de gasa plisada. Una zorra negra le cruzaba el pecho a la moda de entonces y llevaba la cabeza tocada con un sombrero de paja, cuya ala derecha caía graciosamente sobre la mejilla, al peso de un racimo de cerezas artificiales, probablemente rellenas de algodón. Era bonita: tenía la belleza relamida y peripuesta de las mujeres cuidadas. No sé cuándo empecé a sospechar el peligro. Fue algo simultáneo a la advertencia:
– Fíjate en ésa…
A veces la reacción se adelanta a las prenociones, como si el propósito fuera más débil que el descubrimiento y más fuerte que la comprensión. El charlatán continuaba voceando: «Vengan, señoras y señores…» Mi madre la miró. Fue un otear inadvertido, indefenso, excesivamente espontáneo. Uno de esos vistazos que podían pasar por no dados. Y rápidamente se volvió hacia el charlatán, como si lo más importante del mundo, en aquellos momentos, fuera él y las engañifas que anunciaba. Se agarraba a él, como los desesperados se agarran a una cuerda que pueda salvarlos. Entonces volví a fijarme en la señora de las cerezas. La vi crispada, con cierto ramalazo de ira en las pupilas. Se le había puesto en la cara una de esas expresiones que fulminan y despedazan. Habló. Mejor dicho: gritó. Y yo escuché lo que dijo entre acorde y acorde. Fue lo mismo que escuchar una sentencia de muerte. Lo dijo sin mirarme, pero se dirigía a mí aunque aparentemente llamara a sus hijos: «Luz, Rodolfo, Rosario.»
Era una voz forzada, erizada de cólera, una voz que no admitía tregua, apremiante, despótica. Los niños corrieron hacia ella, la bolsita de churros en la mano, los labios impregnados de aceite y de azúcar. Una de las niñas (no recuerdo cuál) se detuvo junto a mí: entonces la señora de las cerezas, como si temiera un contagio, se acercó a su hija y le tiró de la manga para que no me rozara.
– Cuidado, no te acerques a ese niño… Vámonos de aquí enseguida. Este lugar apesta.
Me volví hacia mi madre. Continuaba pendiente del charlatán: ensimismada, abstraída, completamente ajena a lo que estaba ocurriendo. Se había vuelto de espaldas, como si se desentendiera de mi hundimiento, como si no hubiera oído lo que aquella mujer acababa de gritar. Pero al mirar su espalda, comprendí que también ella sufría: había una curva nueva en aquel modo de encogerse, un raro abatimiento que la volvía débil e indefensa. Jamás una espalda me había parecido tan elocuente ni tan angustiada como la de mi madre en aquellos momentos.
Después lo vi a él. Se hallaba a dos pasos de la glorieta departiendo en voz alta con un desconocido. Era imposible que no nos hubiera visto. Era imposible que ambos estuvieran allí, a pocos metros de distancia, sin que ninguno de los dos diera muestras de conocerse.
Y lo comprendí todo: fingían. Era un fingimiento incómodo, pero decidido: un fingimiento impuesto por la señora de las cerezas. Enseguida vi a Luz, a Rodolfo y a Rosario corriendo hacia él. Le llamaban papá y le explicaban que su madre quería marcharse «inmediatamente». Y fue como si me hundiera en un pozo, o como si el suelo se hubiera resquebrajado y mi madre y yo hubiéramos caído en una fosa sin posibilidad de salir de ella.
Lo demás se confunde en una masa de acontecimientos rápidos, sin relieve. El tío Rodolfo pasó junto a nosotros sin volver el rostro, sin mirarnos: la tez pálida, la vista fija en aquella mujer vestida de gris; sometido a ella, cabizbajo, achicado, el susto brotándole por los poros.
Luego se alejaron los cinco, camino abajo, como una familia modelo, mientras mi madre y yo nos quedábamos allí, clavados, pendientes del charlatán, escuchando palabras sin sentido: envilecidos los dos sin decírnoslo, pretendiendo ambos que no había pasado nada, paliando con disimulos la vergüenza del ridículo que acabábamos de experimentar.
A los pocos días de aquel percance, el tío Rodolfo se presentó en casa como si nada hubiera ocurrido. Me negué a verlo. De nuevo el pretexto de los estudios: el encierro en mi cuarto. Desde allí podía escuchar el susurro de la conversación que mi madre y él mantenían. De vez en cuando alzaban la voz para que yo los oyera y no sospechara lo que se cocía entre ellos. Hablaban de la situación política, del inminente final de la Dictadura, de los disturbios que ocasionaban los estudiantes… «Se están cansando de la censura. Te digo, Remedios, que esto va a durar poco…» Los imaginaba a los dos mirando la puerta entreabierta, haciéndose señas para ser cautos, preguntándose acaso hasta qué punto yo sabía o no sabía, hasta qué grado aquel incidente me había afectado. Después (quizás para comprarme, para halagar mi vanidad) rompieron a hablar de mí: de mi loable empeño en estudiar, de mis indiscutibles dotes para discernir lo que era o no era oportuno (¿se referían acaso a mi discreción al verlo pasar ante mí sin dar muestras de conocerlo?) y yo los dejé hablar sin intervenir, sin inmiscuirme en aquella mezcla de argumentos-biombo, que pretendía inmunizarlos contra cualquier reproche. Preferí mantenerlos en la duda. Jamás hice la menor alusión al incidente. Lo dejé pudrir dentro hasta que la fetidez cesó de molestarme. Ni siquiera ahora, al recordarlo, siento rencor. (Años más tarda volví a ver a la señora de las cerezas, y al niño que se llamaba Rodolfo convertido en un hombre, pero todo había cambiado.) Ahora, cuando pienso en aquella escena comprendo que sólo fue un hecho más entre los mil que me llevaron al siniestro.