Faltaban pocos días para los exámenes cuando Paco, libre ya de sus «amistades forasteras», se incorporó al colegio. Como era de esperar, su falta de asistencia a clase había desnivelado notablemente sus estudios.
– Cuento contigo, Honde. Si no me pongo al día, esos cabrones son capaces de catearme.
De nuevo me reclamaba. De nuevo quería ser amigo mío. En su ética simplista, el despegue anterior no contaba. Lo había olvidado como todo lo que le producía conatos de arrepentimiento. Y, lo que es peor: si yo se lo hubiese echado en cara, me hubiera llamado resentido y susceptible. Para él las cosas «una vez pasadas» ya no existían. Los hijos de los amigos de sus padres se habían marchado y yo, lógicamente, debía ocupar el puesto de amigo-recurso. Estuve a pique de mandarlo a la mierda, pero no lo hice. Lo ayudé. De no ayudarlo, hubiera perdido yo más que él. En realidad, los dos nos necesitábamos. Y él lo sabía: por eso me ponía la pistola en el pecho. Por eso me presionaba: «Sin mí, estás perdido, Carlos Hondero: no tienes más remedio que aceptar lo que te ofrezco.» Ha sido el estribillo de nuestra vida, el leitmotiv que nos ha ligado durante años y años. El mismo que ahora me apuñala para que no hable, para que silencie la verdad de los hechos. «O aceptas, o hablaré con Carlota…»
Fue inúticlass="underline" a pesar de mis esfuerzos y de las influencias desplegadas por el señor Moraldo, los exámenes de Paco tuvieron un resultado catastrófico. Cuando le dieron la noticia a la señora Moraldo, parecía Manon Lescaut entrando en San Sulpicio, dispuesta a acabar con todos los curas: «Atreverse a suspender a mi hijo… ¡después de todo lo que se ha desgañitado el pobre…!» Paco había adoptado una actitud digna dentro de su derrota. Todo se le iba en chasquidos de lengua y en protestas gesteras, sin comentarios verbales. Pero su madre pensaba por él, hablaba por él y protestaba por él. Tanto ahínco ponía aquella mujer en defender el talento de su hijo, que el muy imbécil acabó por creer que su madre tenía razón. De repente dio en decir que en aquel colegio se cometían injusticias y que así, entre paniaguados y enchufados, no se podía vivir. «Y que conste que no lo digo por ti, Honde: tú, al menos, estudias.» A veces para reforzar su teoría, me llevaba hasta su padre: «Vamos, Honde, dile la verdad: dile que en ese maldito colegio todo son injusticias y enchufes.» Bastaba mirarle la ceja (convertida en una raya) para comprender que ni siquiera él creía en su argumento. Pero los señores Moraldo desconocían el fenómeno de la ceja de Paco. Como es lógico, no hice el menor esfuerzo por llevarle la contraria. Hacía tiempo que me había dado cuenta de la inutilidad de desengañar a los que se nutren de inciensos. Además, temía las represalias: podían ser funestas (lo fueron más tarde). De Paco Moraldo era posible esperarlo todo. Por eso le seguí la corriente y mentí con él, sin comprender cuánto me ataban aquellas mentiras.
Lo comprendí después, cuando también yo ingresé en la casta de los halagados, de los que reciben lamidos en sálvese la parte, y escuchan continuos «tiene usted razón» sin tenerla. Era una fracción del sistema establecido. Entonces me acordaba de Paco y del servilismo que yo había desplegado con él, de lo mucho que mi actitud había contribuido a idiotizarlo y a endurecerlo, y me preguntaba si también yo estaría endureciéndome e idiotizándome.
Pero ni siquiera el recuerdo de lo que yo hacía con él bastaba para apartarme del sistema y desdeñar adulaciones. Costaba mucho apearse del burro en las horas triunfales. Tampoco España en aquella época parecía dispuesta a renunciar a su apogeo.
El verano aquel llegó hasta nosotros bañado en dólares y entusiasmos. Nunca había yo visto las calles de la ciudad tan concurridas ni tan exóticas. Hasta mi madre, tan austera en el vestir, dio muestras de contagio. Se había confeccionado ella misma un traje de seda blanca, y estaba verdaderamente elegante con su boina de angorina ladeada, sus medias de seda natural, con espiga, y sus zapatos de tiras, con tacones aluisados. Creo que fue aquel día cuando descubrí que mi madre era elegante y que en nada tenía que envidiar a la señora Moraldo. Cuando salió de su cuarto, me quedé pasmado ante ella: «¿Te gusto, Carlitos?» Su rostro, sin maquillar, me recordaba al de la aviadora Amelia Erhart, sólo que el de mi madre era menos joven. «Únicamente te falta fumar con boquilla», le respondí.
La tirantez provocada por el incidente de Montjuich se había disipado entre nosotros. El tiempo y la reincorporación a los Moraldo habían ido debilitando la humillación de aquel día. Fue una especie de muerte silenciosa, por desgaste. Una muerte en la que el tío Rodolfo resucitaba indemne, con su risa contagiosa y sus muestras de cariño y adueñándose de todo: mi porvenir, mi presente, mis ambiciones… Y, por descontado, nuestros veraneos.
También aquel año fuimos a la costa. Mi madre volvió a contar sus baños y yo me dediqué a la pesca con aquellos amigos ocasionales que jamás veía durante el invierno. Algo parecido a lo que hacía Paco conmigo cuando yo le sobraba.
De vez en cuando, Paco me escribía: eran cartas breves y mal redactadas, abocadas sólo a despertar mi envidia: «Hemos presenciado un concurso de tenis…» «El otro día me llevaron a Biarritz.» «Lolita se clavó la púa de un erizo en una playa francesa.» Yo guardaba aquellas cartas como si fueran reliquias. Era mi único nexo con los Moraldo. Mientras aquellas cartas durasen, mis garantías estaban aseguradas. Eran prolongaciones extremas que más adelante nos obligarían a comentar: «Cuando me dijiste lo del tenis…» o «explícame lo que hiciste en Biarritz…» La vida comunicativa estaba hecha de pequeñeces de ese tipo: naderías ociosas que servían de eslabón para unir otras, acaso menos aparatosas, pero más íntimas y satisfactorias. No obstante, hacia el final del verano, Paco dejó de escribir y yo volví a mis temores de perderlo, de saberme de nuevo marginado, por Dios sabía qué nuevas amistades… Era igual que una enfermedad aquel terror mío. Supe después que su silencio se debía al rigor de un profesor especializado en vagos, contratado por su padre para superar el escollo de los suspensos y sacar adelante los exámenes de septiembre:
– Un tío atravesado -explicaba él con el rencor de los suspensos clavados en el alma-. No me dejaba tiempo ni para ir al retrete. Todo el día pendiente de mí: «Señor Moraldo, la raíz cuadrada; señor Moraldo, la regla de tres…» Me perseguía, me fastidiaba, pero hay que reconocer que enseña bien.
Lo decía con recochineo, para echarme en cara mi incapacidad para ayudarle en los exámenes de junio.
Lolita era ya una mujer. No podía disimularlo. Incluso andaba de otro modo, como si ostentase su nueva condición de menstruante.
Evidentemente se había colocado en poco tiempo en un plano muy superior al que nos correspondía a Paco y a mí. Estaba un poco ridícula en su reciente condición de adulta. Sin embargo, me atraía más que nunca.
Aquel otoño se había agenciado un grupo de amigas que apenas nos dirigían la palabra: «Ése es Carlos Hondero: amigo de mi hermano», solía decir ella cuando las presentaba. Y se iba, nos dejaba a Paco y a mí con el mismo desdén que había mostrado hacía un par de años.