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Justo servía la comida con un temblor indomable en las manos. Me dolía que estuviera escuchando aquellos comentarios. Era una forma de decirle que su empleo peligraba. El señor Moraldo hizo una seña a su mujer:

– Afortunadamente, España está fuera de peligro -dijo con voz de falsete.

Lo decía para no alarmar al criado, para paliar de algún modo su desasosiego. No obstante, era evidente que el empleo de Justo pendía de un hilo. Todo se tambaleaba en aquellos momentos. Para nadie era un secreto que la palabra «parados» comenzaba a divulgarse en nuestra ciudad. Justo no ignoraba que la actividad de Barcelona iba mermando, que el globo de la Exposición se deshinchaba, que sus amos podían decirle, en cualquier momento: «Se acabó, Justo: la crisis empeora.» También los que habían trabajado con tanta euforia en la Exposición, habían temido como estaba temiendo él. Y su temor no había sido una utopía: todos ellos habían ingresado ya en el gremio de los «parados». Todos ellos podían considerarse «detenidos», presos libres, con la pavorosa libertad de los atacados de cáncer. Todos eran hombres y mujeres sin motivos de acción, sujetos a una muerte con movimiento. El tío Rodolfo opinaba:

– Un problema serio, más serio de lo que parece a simple vista.

Y, como tenía por costumbre, achacaba la culpa a la impericia del Gobierno:

– Como las cosas no se arreglen, se va a armar una escabechina de padre y señor mío.

De pronto las calles cambiaron de aspecto. Surgieron los pordioseros. Se veían amontonados en las esquinas, en los portales de las iglesias: todo era manos tendidas y lamentaciones. Tampoco las caras de los transeúntes eran las mismas. Nadie sonreía. Las facciones se alargaban: el hambre hundía los ojos, adelgazaba las mejillas, afilaba las narices…

Se inventaron recursos extraños para no morir de inanición. Surgieron los hombres-anuncio: seres desesperados que se prestaban a pasear por las calles (cada vez más vacías y secas) la publicidad de un producto o de una película, o de una función de teatro. Caminaban en procesión, emparedados entre dos carteles, venciendo la vergüenza de sentirse objeto. Y las chicas-taxi. Y las vendedoras de flores ambulantes. Se recurría a cualquier bajeza con tal de hacerse con unas monedas. Así empezó el declive de la ciudad: naufragando en «parados».

Freudman fue olvidado, pero su fantasma estaba en cada uno de los ciudadanos. La Dictadura comenzaba a resultar incómoda. No eran sólo los tíos Rodolfos quienes la atacaban: incluso los monárquicos la convertían en blanco del declive. «Está desprestigiando al Rey», decía el señor Moraldo. «Juana la coma, coma» se defendía: «Al contrario, el Rey se sostiene gracias a ella.» Tal vez lo dijera porque la Dictadura estaba sosteniendo a su marido. Resulta difícil decir con exactitud dónde empieza el patriotismo o la fidelidad y dónde acaba el egoísmo. Lo cierto es que ya no había acuerdo entre las gentes del golf. Las divisiones se producían incluso al referirse a cosas que siempre se habían considerado inamovibles. Muchas de aquellas gentes se expresaban como lo hacía el tío Rodolfo. Casi utilizaban las mismas palabras cuando se referían a la Dictadura: «A estas alturas: enseñarnos a andar…» Años después comprendí que aquella afinidad no era anómala. Pero entonces no me cabía en la cabeza. Mis ideas se cruzaban y se entrecruzaban convirtiendo la mente en un laberinto. Ahora, desde nuestra evolución, todo se vuelve diáfano. De hecho, el republicanismo del tío Rodolfo (tan avanzado entonces, tan saturado de anticlericalismo y tan condicionado al progreso) era casi monárquico. Y la monarquía de los «exclusivos», tan aferrados al Rey, a sus derechos nobiliarios, y a sus turnos palaciegos, empezaba a ser demócrata. Por eso hablaban de un modo parecido. Por eso, a veces, cuando los oía perorar a unos y a otros, me parecían iguales.

En realidad, el tío Rodolfo era republicano como era médico: por idealismo, por conservador, por tendencia humanitaria. Era lo que hoy se hubiera llamado un reaccionario: un hombre de derechas. Sin embargo, entonces presumía de avanzado y, como todos los de su generación, creía a pies juntillas en el progreso; más aún: se alimentaba de esa palabra, y el progreso, según él, no podía apoyarse en instituciones caducas. «Si queremos que nuestras tradiciones se mantengan y nutran el porvenir, debemos procurar que España se europeíce, que salga de sus cotos cerrados y de sus tendencias moras.» Lo decía convencido, como si diagnosticara una enfermedad y recetara un medicamento. Pero respetaba al Rey: «Si no lo respetara no sería liberal; y, ante todo, yo me considero liberal.» También era capitalista (no en vano estaba casado con una mujer rica). Decía que sólo una buena administración de la riqueza privada podía estabilizar la economía pública. «¿Qué sería de nosotros si no contáramos con la listeza de unos cuantos March?»

Fue un año inquieto, expectante, sumergido en confusionismo. La clase obrera, espoleada y angustiada por su larga cola de «parados», creaba problemas. Y, naturalmente, los estudiantes aportaban como de costumbre su consabida porción de disturbios. Cierta tarde la señora Moraldo dijo:

– He hablado con tu madre por teléfono: me ha pedido que no salgas de nuestra casa; los ánimos están muy revueltos y resulta peligroso circular por las calles.

Me quedé a dormir en casa de Paco. Durante la cena apenas se habló; fue una cena mortuoria, burbujeante de temores y malos presagios. La abortada sublevación militar en el sur de España y detenida a tiempo por la intervención del monarca, caía sobre el mantel como un interrogante: se adivinaban futuras alarmas, terrores todavía vagos, incertidumbres que nadie podía concretar. Frente a mí tenía a Lolita. No la miraba. Escuchaba el tintineo de su cuchara rozando el plato sopero, el deglutir de su garganta, el susurro de sus dientes masticando. Al llegar al postre me dijo:

– Estás muy callado, Carlos.

Los demás no lo oyeron. Los señores Moraldo hablaban en voz baja entre ellos. Miss Francia y Paco discurrían acaloradamente sobre cierta jugada de bridge. Alcé la vista y contemplé sus ojeras. La luz de la lámpara que pendía del techo, caía sobre sus pestañas sombreando sus mejillas.

– Pensaba.

– ¿En qué?

No hubo respuesta: los mayores se levantaron. Miraban la hora. Decretaron: «Diez minutos de charla, y a la cama.» Al día siguiente había que madrugar. Y nos fuimos al cuarto de juegos, como siempre. (Los niños no podían estar en el salón.) Aquella noche el cuarto de juegos parecía distinto. Nunca lo había visto con el ventanal cerrado y las cortinas de seda azul corridas.

Lolita se apresuró a poner en marcha el fonógrafo. Enseguida rompió a bailar sola, con pasos inéditos y contorsiones que yo desconocía. Todo parecía desmoronarse al ritmo de aquel baile nuevo. Recuerdo que Paco, cansado y aburrido, se había recostado en el diván y nos miraba con ojos entornados, más entregados al sueño que a la vigilia; los párpados pesantes e indiferentes. Miss Francia se había ausentado. Sin duda preparaba el catre junto a la cama de Paco, para que yo pudiera dormir con él. Se podía decir que Lolita y yo estábamos solos. Era una soledad rara, novedosa, llena de sombreados azules provocados por las cortinas. Cuando terminó el baile, Lolita volvió a dar cuerda. Me acerqué a ella: tenía su cogote delante. Era un cogote despejado, joven (iba peinada con raya central y dos moñetes recogidos sobre las orejas), tieso, lleno de rizos rebeldes y negros. Me acordé de la escena presenciada desde la parada de tranvías, cuando los dedos del señor Moraldo jugaban con los mechones de la institutriz. Fue instantáneo: puse los labios sobre el cogote de Lolita. No se inmutó. Únicamente dejó de dar cuerda. Quedó inmóvil, mirando el disco, como si mi beso la hubiera paralizado. La agarré por los hombros y la obligué a que me mirase: