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– Un día de estos hablaremos, Carlitos: de hombre a hombre.

– ¿Para qué?

Carraspeó. La situación le resultaba incómoda y no sabía disimularla. Se acarició el mentón y puso ojos de pícaro:

– Estás en la edad crítica y debo explicarte muchos aspectos de la vida que desconoces… Si tu padre viviera…

Otra vez mi padre, otra vez la esquela y la fotografía y la peste bubónica. La cara del tío Rodolfo era un balón rojo con burbujas de sudor en la frente:

– Como gustes, pero es innecesario. Estoy enterado de todo.

Arqueó las cejas, perplejo, las retinas fijas:

– ¿Todo?

– Todo.

– De cualquier forma…

– No te canses, tío Rodolfo: conozco los peligros, las enfermedades, las tentaciones… todo.

El rubor se le volvió palidez. Daba la impresión de que el adolescente era él.

– Tú verás… Sólo pretendía ayudarte.

– Te lo agradezco.

Y hablamos de otra cosa.

Por aquella época, la presencia continua del tío Rodolfo en mi casa ya no entraba a debate en mi fuero interno. Había acabado por aceptarlo como se aceptan los resfriados y los cólicos. Lo único que continuaba molestándome en él era su terquedad política. Influido por la familia Moraldo (a la que consideraba ya mi propia familia) no admitía que una persona decente pudiera declararse abiertamente republicana. Repentinamente, aquel trasnochado hecho relacionado con el apretón de manos de Alfonso XIII, cobraba un relieve inusitado. Me sentía monárquico, sobre todo, por aquel apretón de manos, por la sonrisa que el Rey me había dedicado, por su felicitación efusiva. Había detalles en la vida de un niño que sellaban condiciones irremisiblemente. No comprendía la arbitrariedad de unos ideales que se basaban en un simple roce de pieles, un choque de dedos. A veces contemplaba la M de mi palma (aquella M donde miss Francia decía que se podía leer el porvenir) y tenía la convicción de que aquella M encabezaba mi destino político. Era como si el Rey la hubiera grabado allí para recordarme lo que me correspondía ser. Y convencido de aquella necedad, empecé a difundir ideas que armonizasen con mi descubrimiento:

– La familia de mi madre pertenece a la nobleza ¿lo sabías, Lolita?

Y al decirle aquello me sentí superior a ella, a sus padres, a los intocables y exclusivos del golf. Lolita se derretía de gusto. También daba importancia a ese tipo de cosas en aquella época:

– Sí, lo sabía. Me lo dijo mi padre hace ya mucho tiempo.

Había sido su forma de justificar mi presencia en aquella casa. Perteneciendo a la nobleza, aunque mi condición fuera humilde, podía, sin menoscabo de la reputación familiar, formar parte de la intimidad Moraldo.

– Así que, cuando nos casemos, podré rehabilitar un título.

Estoy seguro que Lolita, entonces, se veía ya marcando una coronita en sus camisones y en sus pañuelos. Ni siquiera me molestaba que un antepasado mío hubiera ostentado el título de marqués de la Triponna. Ya no era un nombre ridículo, era, simplemente, un nombre italiano, como cualquier otro. Por eso, cuando el tío Rodolfo rompía a hablar contra la Monarquía y aseguraba que no iba a tardar mucho en desaparecer, yo me sentía ofendido, desafiado y rebajado. «Te lo aseguro, Carlitos: desaparecerá pronto, muy pronto.»

Lo que desapareció pronto fue la Dictadura. Pero la Monarquía continuaba.

La Dictadura cayó de repente cuando el año en curso comenzaba. Lo recuerdo muy bien. El día era gris, la atmósfera pesada y el frío intenso. Mi madre leía los periódicos ávidamente: «Fin de la censura -decía con voz cantarina-, por algo se empieza…» Y el tío Rodolfo se acariciaba el mentón: «Al fin nuestros catedráticos exiliados podrán reintegrarse a sus puestos…» Los exiliados ya no eran parias: eran héroes, y su regreso enardecía a las muchedumbres que tan oprimidas se habían sentido bajo la opresión de Primo de Rivera. «El primer paso…», comentaba. Efectivamente, aquellos regresos fueron «primeros pasos», primeras piedras para un edificio que pronto, muy pronto iba a desmoronarse.

También los Moraldo se regocijaban. No captaban hasta qué punto aquel «primer paso» iba a herir la Monarquía. «Tenemos la República a la vuelta de la esquina», decía el tío Rodolfo frotándose las manos.

Pero la supresión de la Dictadura no estaba dando los frutos apetecidos. El malestar general crecía. Podía captarse aquel malestar en infinidad de detalles: los Moraldo recibían anónimos, la Bolsa bajaba, los pordioseros se volvían agresivos… Y los temores iban en aumento. Los atracos habían vuelto a empezar: la vida adquiría un ritmo más acelerado. Las novedades duraban poco. Todo se volvía urgente. Luego otra vez las huelgas, las manifestaciones, los desmanes. Fue un mal año para los estudiantes. El maremágnum general entorpecía los estudios, y la mayoría de mis compañeros sufrieron las consecuencias. El padre Celestino daba muestras de preocupación: «No sé adónde iremos a parar, Carlos.» Ya nunca me llamaba Hondero. Su trato conmigo era cada vez más amigable. Había comprobado con satisfacción que, desde hacía una temporada, yo volvía a frecuentar la Eucaristía, y aquel síntoma lo llenaba de complacencia. «Veo que has derribado tus escrúpulos: así me gusta, muchacho.» No preguntaba la causa. Sabía que algo en mí había cambiado. Pero su tacto le impedía ahondar en mi conciencia. Me hablaba de la situación política: le asustaba el porvenir. Decía que España iba a la deriva. No le llevé la contraria. La política me importaba poco. Para mí la política era seguir unido a los Moraldo, fundir mi destino con el de ellos. Lo demás eran «asuntos de mayores», de aquellos que se empeñaban en ver simas donde podía ser todo llano. Lolita me había devuelto a Dios. Eso era suficiente. Creía en Él porque creía en ella. Cuando la felicidad apuntaba en la vida, no era posible dejar de creer en Dios.

El padre Celestino se alzó de la silla con ademán cansado, como si fuera viejo, como si su juventud le pesara: «Estoy contento, Carlos; veo que has vuelto al redil.»

No volví a verlo a solas hasta el día que se fue de España. Pero sus vaticinios no tardaron en producirse. Hacia finales de aquel mismo año, el tío Rodolfo llegó a casa con el rostro demudado. Jadeante, se dejó caer en la butaca:

– Han fusilado a Galán y García Hernández -decía-; se han atrevido a fusilarlos…

Yo no entendía su indignación. En la casa de los Moraldo se hablaba favorablemente de aquel consejo de guerra: «Dos peligros menos», habían dicho. Era desconcertante aquella diversidad de pareceres. Ahora, desde mi presente, comprendo hasta qué punto nuestra generación naufragaba en desconciertos. Éramos navegantes a la deriva, jinetes a lomos de dos caballos que a toda costa debían quebrar nuestras vidas. Era imposible concentrar ideas, crear ideales y estabilizar razones fluyendo entre dos orillas tan opuestas y tan cercanas. «Tu meta está en los Moraldo», «me había dicho mi madre, pero los Moraldo, según ella, representaban todo lo decadente, todo lo equivocado. No había que tomarlos en serio: sólo aprovecharse de ellos. La contradicción era evidente. En cuanto a los Moraldo: «Hay que derrocar la Dictadura», pero atacaban a los que deseaban verla derrocada. ¿Dónde diablos estaba el sentido común?

¿Qué diantres era la política? ¿El bienestar de unos cuantos? ¿El amor propio de un clan? ¿La justicia de los injustos? ¿La injusticia de los justicieros? ¿Qué significaba la palabra «política»? ¿Afán de poder? Algunos insistían: «un medio de acabar con la conmoción social», sin embargo la incrementaban, la encandecían: nadie se disponía a evitarla. Había que acabar con ella: de acuerdo, pero ¿cómo? ¿Con violencia? ¿Con mansedumbre? ¿Fingiendo que todo marchaba a la perfección?

Imposible: todos hablaban de la famosa conmoción sociaclass="underline" los intelectuales, los sabios, los grandes hombres… No había más que leer sus declaraciones en la prensa para convencerse que la conmoción social era un hecho. Todos: científicos, escritores, políticos… nadie dejaba de mencionar aquello a su aire con argumentos distintos, con soluciones diversas, opuestas y belicosas y, por supuesto: apasionadas.