¿Cómo salir de aquel caos? Hasta los intocables del golf se impacientaban. «Juana la coma, coma» no era gobernadora ya. Casi nadie la recordaba, pero cuando lo hacían ya no se burlaban de ella. Al contrario, daba la impresión que la estaban echando de menos, que, gracias a ella (a todo lo que su contorno había representado, incluso a los que, como ella, habían hecho el «ridículo» en las reuniones de «sociedad»), España se había mantenido una temporada estable, risueña y dichosa.
Lo que más les preocupaba era la actitud de los hombres de letras, tan subversivos y revolucionarios: nombres destacados, con su porción de rencor particular proyectado hacia la masa. De pronto se había formado una agrupación intelectual al servicio de la República (una República todavía mítica, todavía esgrimida como un ideal lejano, una República legendaria como la ciudad de Troya o las andanzas de Ulises). ¿Qué significaba aquella agrupación? ¿Un torneo de palabras para ver quién vencía a quién?
Fue en el golf donde me enteré de que el general Berenguer había dimitido y que se había formado un gobierno presidido por un almirante. Era el primer paso para la gran manifestación de aquel temor que nadie desechaba, pero que todos aumentaban. Se confiaba mucho en aquel nuevo Gobierno.
Sin embargo, el tío Rodolfo encogía los hombros y movía la cabeza inflexible: «Apaños agonizantes -decía-. La Monarquía está perdida.»
Según él la Monarquía era un cadáver en potencia. Pero yo todavía no lo creía: yo tenía una M en la mano y un título medio perdido que algún día podía rehabilitar: «¿Entiendes tú lo que está pasando?», me preguntaba Paco. Una vez más quería apoyarse en mí, buscar en mi clarividencia lo que su torpeza le impedía ver. No se daba cuenta de que también yo estaba cegado, que tanteaba, como todos, peligros invisibles… «Estamos viviendo un mal momento», repuse. «Toma, vaya un descubrimiento.» Y yo le repetía que todo era una cuestión de rachas, que luego vendrían rachas buenas.
Los Moraldo no se apeaban: todavía imaginaban que sus fueros iban a ser eternos.
Cierta mañana acabé con mis dudas. Todo se volvió diáfano y escueto. El caos dejó de serlo y los fueros de unos y de otros se separaron definitivamente al modo de dos siameses operados.
La elección fue rápida y extrema. Ya no dudaba. No podía dudar. Era tan claro todo como que dos y dos son cuatro. Claro como el día y como los almendros en flor que presenciaron la escena.
Visto a distancia, también lo que ocurrió aquella mañana se me antoja ridículo, pero en aquellos momentos fue importante (todo lo importante acaba pareciendo ridículo, todo se minimiza, se desvirtúa). Sin embargo son esas poquedades las que van arrastrándonos al siniestro.
Ahora tengo la impresión de que a lo largo de mi vida nada ha sido importante salvo el miedo, y es que, en el fondo, el miedo es lo único que perdura en mí. Lo demás queda en montones de escombros, en objetos inservibles, viejos y rotos, pese a que, en su día, cumplieron funciones esenciales, dramáticas o grotescas.
Era un domingo más. Un domingo de primavera sin nubes y sin viento. Un domingo inofensivo muy parecido a los otros. Un sol atronador, caliente y generoso abrillantaba el césped del golf y le daba la apariencia de un lago verde. Todo en aquel lugar exudaba paz. Resultaba imposible imaginar que, más abajo, allá donde la planicie del campo topaba con las tierras privadas, comenzara una ciudad agrietada de incertidumbres y rencores. En lo alto la vida seguía siendo plácida, monótona y quien más quien menos, adoptaba aún posturas normales, como si todos ignorasen (o quisieran ignorar) lo que allá abajo estaba ocurriendo.
Faltaba una semana para las elecciones. Unas elecciones que nadie tomaba en serio. La gente del golf hablaba de ellas como podía haber hablado de un grano en vías de curación: «Al fin se convencerán de que todas esas bravatas son innecesarias.» Los Moraldo se habían reunido bajo una sombrilla gigante con los Repecho y los Sobrado. Departían animadamente, reían… Paco y yo íbamos hacia el pabellón: habíamos boleado toda la mañana con paso decidido y el busto erguido. El profesor nos había dicho: «Algún día llegaréis a ser campeones.» Y la frase nos seguía, como los honores a los homenajeados, hinchándonos de orgullo y acelerando la circulación de la sangre.
Al pasar junto a los Moraldo, Paco alzó el brazo para saludar sus padres: era un ademán muy al día, muy desenvuelto y seguro. Se metió luego en la masía: teníamos el tiempo justo para ducharnos y reunimos con ellos. Luego, como todos los domingos, se suponía que yo iba a almorzar en su casa.
Me chocó ver a Lolita dentro del vestíbulo, apoyada en la barandilla de la escalera. Pero me chocó aún más, que, al dejar pasar a su hermano, me impidiese el paso a mí:
– No tardes en arreglarte: necesito hablar contigo enseguida -me dijo.
No fue su voz solamente: fue su ademán rígido y nervioso, y también su temblor, lo que me alarmó. Tenía los ojos hinchados y se comprendía que había llorado.
– ¿Qué ocurre?
– Luego… -insistía ella.
Entonces vi a mademoiselle Marie: se había sentado junto a la chimenea, de espaldas a la escalera, el rostro vuelto hacia el jardín. Y tuve miedo de su inmovilidad. Había algo muy extraño en aquel otear como si hurtase su rostro a mi inspección.
– Vete a duchar y baja enseguida.
Allá en lo alto, Paco deliberaba con otros jugadores mientras se duchaba. «En el hoyo del tres» Se pavoneaba, como hacían todos los maniáticos del golf, explicando jugadas entre reales e inventadas. Me vestí con urgencia y bajé al vestíbulo. Lolita me esperaba en el jardín, sentada a una mesa bajo un almendro que empezaba a retoñar; a unos metros de distancia, frente a nosotros, los Moraldo continuaban platicando con los Repecho y los Sobrado.
Pensé aún que la mañana era bonita: una mañana dominguera, envuelta en vagancia y atildamiento: una mañana correcta, con la corrección de las gentes que saben comportarse. Una mañana civilizada, articulada al modo clásico: con ecos, con trinos, con brisa tonificante. Las voces de los Moraldo y de sus amigos rebotaban nítidas contra las paredes de la masía (repletas de buganvillias) y las palabras quedaban luego flotando en el aire, como papeles a la deriva. Eran palabras incoherentes, pero cargadas de sentido: «Rebeldes», «Clan republicano», «Mitos», «Elecciones plebiscitarias». Sonaban a lo que siempre habían sonado: a monarquía, a derechas, a gente refinada.
Lolita se sentó frente a mí, bajo el almendro, mirando a sus padres de reojo, el rostro alterado, las ojeras acentuadas, la mesa entre ambos. Recuerdo que sus dedos tambaleaban inquietos sobre el tablero como si le estorbaran y no supiera qué hacer con ellos:
– Vamos, Lolita: desembucha ya.
Me obsesionaban aquellos dedos. Me restaban facultades. Hubiera querido que dejaran de teclear para no fijarme en ellos.
– Mis padres se han enterado de lo nuestro.
Continué inmóviclass="underline" hubiera dado un mundo por volverme hacia los Moraldo y ver en sus caras lo que estaban pensando.
– ¿Quién les ha ido con el cuento? ¿Tu hermano?
Lolita negó:
– No, no ha sido Paco.
Inclinó la cabeza con expresión cansada, como si acabara de perder una batalla difícil.
– Paco ignora lo nuestro. No le eches la culpa a él. Lo han averiguado ellos: era fatal. Mis padres se enteran de todo.
Suspiró con doble resuello, el pecho oprimido, el sollozo prensado a punto de estallar.
– Ha sido espantoso -dijo-. Me han prohibido que vuelva a verte.
No sollozaba, pero las lágrimas le caían por el rostro. La voz de la señora Moraldo llegó nítida hasta nosotros: se refería a «Juana la coma, coma» y reía con carcajadas sonoras y despreocupadas.