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– Aunque parezcan indiferentes, nos están espiando -aclaró Lolita-. Me han obligado a que te hable delante de ellos. Quieren estar seguros de que voy a despedirme de ti.

– ¿Despedirte de mí?

Asintió con los labios encogidos, las lágrimas formando charquitos sobre la mesa.

– Eso es una locura.

– No me queda más remedio: van a enviarme a un colegio al extranjero.

Todo previsto. Todo calculado. La facturaban al extranjero para que no me viera, para que me olvidara, para que ni siquiera cupiera la posibilidad de una protesta o una rectificación.

– No es posible -dije-. No pueden hacernos esa guarrada.

Bruscamente me volví hacia el grupo de enfrente. La madre de Lolita sonreía: era una sonrisa ignominiosa, triunfante, como si dijera: «Tú mismo te has buscado ese desbarajuste, idiota.» Recuerdo que el sol daba de lleno en mi frente y el calor de sus rayos se me metía cerebro adentro. Mi cabeza hervía. La sentía tensa, burbujeante: el odio y la vergüenza más unidos que nunca.

Después, la señora Moraldo se volvió hacia sus amigos: cuchicheaban entre ellos, me señalaban (sin ademanes, sólo con miradas), reían: eran risas interminables, como ríen los beodos o los drogados.

– Se han propuesto que te olvide -dijo Lolita-. Pero no van a conseguirlo, Carlos: vaya donde vaya y esté donde esté, tú irás conmigo.

– ¿Por qué, Lolita? ¿Por qué quieren separarnos?

Lolita se mordió el labio inferior: la respuesta a mí por qué se le iba por los ojos, pero no se atrevía a pronunciarla. Era un por qué demasiado gravoso.

– Vamos, Lolita: no tengas reparo. Quiero saberlo todo.

Y Lolita habló.

– Dicen que tu madre es republicana y que tú no eres de nuestra clase.

Esperaba todo menos aquella respuesta. Probablemente si en vez de oír aquel argumento, Lolita hubiera tenido el tacto de decirme: «Alegan que somos demasiado jóvenes», nada se hubiera modificado. Lolita se hubiera ido al extranjero y yo habría continuado frecuentando la casa de sus padres y ayudando a Paco, mientras aguardaba a que Lolita creciera. Pero Lolita no tenía tacto: Lolita era joven. Lolita se estaba comportando como más tarde se comportó Sofía: con la verdad por delante. Sincerándose: hablando claro. Le faltaban años para comprender que nadie hace favores repitiendo las injurias al pie de la letra. Por eso no mencionó nuestra juventud ni nuestra falta de experiencia; mencionó la diferencia de clases y habló de esferas distintas, de mundos aparte, de ideas políticas: las ideas que el tío Rodolfo defendía y que yo había desdeñado por culpa de los intocables.

– ¿Nada más?

Lolita calló sin convicción. Era un callarse que insultaba, que irritaba.

– Escúpelo todo, Lolita: no vas a asustarme. Dime que soy un don nadie, un portalacras sin remisión, un pelele que se aprovecha de la situación, de vuestra caridad, de vuestras comidas, de vuestro chófer… Venga: suéltalo, Lolita; no tengas miedo. Estoy preparado.

Lo estaba: «De un momento a otro me reprochará lo del tío Rodolfo», pensaba yo. Era inevitable. Tarde o temprano Lolita debía acabar vomitándolo, sin piedad; creyendo tal vez que me hacía un favor.

Pero al mismo tiempo, me veía incapaz de resistirlo: «No podré soportar que me hable de mi madre, ni de su amante, ni de la señora Tramacho y sus malditos niños…» Por eso, lentamente, me iba creciendo por dentro una ira grande contra Lolita. La odiaba sólo por eso: por lo que todavía no me había dicho, pero que sin duda estaba pensando.

– A mí no me importa que tu madre sea republicana -protestaba ella-, además pertenece a la nobleza: mi padre lo sabe. Yo misma se lo he recordado. Pero no ha querido escucharme. Se ha hecho el sordo. Dicen que lo que tú buscas es mi dinero…

– Tu dinero…

– Eso han dicho. Pero yo sé que no es cierto, Carlos. Son injustos, son crueles…

No le contesté. De repente me estaba dando cuenta de que los padres de Lolita tenían razón: el dinero de los Moraldo me importaba, me impresionaba, me tenía sujeto. No lo había comprendido hasta aquel momento: «No podré perdonarle lo que me ha dicho», pensé. Era difícil perdonar algunas verdades.

– Me ensucio en tu dinero -dije furioso.

Pero me ensuciaba en ella: en la desilusión que repentinamente me caía encima, en el fraude de aquel amor mío que de pronto se mostraba interesado y vil.

Volví a mirar a los Moraldo. En aquellos momentos consultaban el reloj: decían que ya era muy tarde, que tenían apetito, que debían irse. Prescindían de nosotros, o, al menos, fingían prescindir. Eran cobardes. No nos afrontaban abiertamente. No se atrevían a plantearme la cuestión como hubieran hecho si hubiese yo pertenecido a «su clase». No me decían, como hubiera sido lo lógico: «Haz el favor de no seducir a nuestra hija… A ella le corresponde otra cosa.»

– Algún día se comerán esos insultos -mascullé.

– Carlos, por favor… ¿Qué vas a hacer?

Y comprendí que Lolita temía por ellos, no por mí. Súbitamente se ponía de su parte. No era ya mi novia: era la novia de su ambiente, de su ridículo y angosto círculo burgués.

– Hundirlos -respondí-. Eso voy a hacer, Lolita: hundirlos. No sé cómo ni cuándo, pero te juro que los hundiré…

– Pero, Carlos… Son mis padres.

– Aunque lo sean, aunque lleves su sangre y sufras cuando los veas hundidos.

Lolita se levantó del asiento. Sin lágrimas. Con terror.

– No hables así, Carlos: me das miedo.

También yo me levanté. La mesa nos separaba. Era una mesa sombreada por el almendro, llena de entresijos luminosos y movedizos:

– Te habré contagiado el mío -dije-. No es bonito. Es un miedo de asco.

– ¡Cállate!

– Ya es tarde.

– Van a oírte.

– Tanto mejor. Estoy deseando que me oigan.

Me oían. Sé muy bien que me oían, porque los rostros de todos se volvieron hacia mí. Eran miradas llenas de estupor, de sorpresa, de expectación. Parecían caras suspendidas por un imán.

Pero Lolita (aquel fragmento de los intocables) no se resignaba a mi desafío. Le salía el orgullo de raza en cada sílaba que pronunciaba:

– Sólo han querido prevenirme: por mi bien, pero no son malos.

– Tampoco mi madre es mala -dije gritando.

– Ellos no me han dicho que tu madre fuera mala.

– Lo piensan.

Lolita se dejó caer de nuevo en la silla. Se llevó la mano a la cara: se pellizcaba las mejillas como si temiera haber perdido el tacto:

– Sólo han dicho que era republicana.

Entonces la señora Moraldo volvió a reír, y yo tuve la impresión de que aquella risa me abofeteaba. Pronto dejó de ser una risa aislada: venía arropada por las otras. Y las carcajadas crecían, crecían… Probablemente les había hecho gracia el comentario de Lolita. Probablemente se estaban riendo de aquella defensa mía, tan pobre y escuálida, tan característica de los tiempos que corrían… «Tampoco mi madre es mala…» Para ellos, ser republicano era ser malo. No había vuelta de hoja. Todos pensaban así. Incluso Lolita.

La mesa que nos separaba parecía un mar: un mar de contrasentidos y de incomprensiones. Y a orillas de ese mar, cada vez más extenso, Lolita y yo, contrapuestos, distantes. Acabábamos de descubrir que la vida no era fácil. Existían lagunas inmensas de convencionalismos, de incompatibilidades, de malformaciones políticas y sociales. Existían granizos de verano y aludes de primavera, siniestros de todas las épocas: barreras que detenían, incendios que devastaban, lluvias que desbocaban ríos… Y ambientes: el suyo y el mío; clases, castas.

– No debiste decir eso: va a pesarte mucho, Lolita.

La vi palidecer tras mi amenaza. No se atrevía a mirarme. Probablemente también ella había comprendido de golpe todo lo que estaba yo comprendiendo. Amainó velas:

– No quería ofenderte.

– Pero me has ofendido. Todos vosotros me ofendéis: tus padres, Paco, los amigos de tu familia…