– Eres demasiado susceptible, Carlos. Trata de comprender.
– Estoy comprendiendo, Lolita.
Se replegaba en su silla, escondía las manos, bajaba la cabeza; su busto parecía deshincharse.
– Nunca imaginé que pudieras ser tan odioso -murmuró enfurruñada.
Se parecía a la niña que años atrás me había llamado «mamarracho», tenía la misma voz de entonces, la misma soberbia insultante.
– Hay algo peor que ser «republicano» -dije.
– No te entiendo, Carlos.
Era imposible que me entendiera. Era imposible que intuyera todo cuanto estaba atropellando mi mente.
– Vas a entenderme enseguida -contesté carraspeando.
Señalé a su padre. El señor Moraldo consultaba de nuevo el reloj (llevaba ya mucho rato echando vistazos intencionados a su saboneta). Y la cadena de oro se balanceaba sobre el chaleco, despidiendo destellos.
– Míralo, Lolita: fíjate bien en tu padre.
No se atrevía a alzar la vista. Palidecía, temblaba.
– ¿Recuerdas? ¿Recuerdas lo que me dijiste una vez? «Papá nunca miente.» -Lolita entreabrió los labios, pero no la dejé hablar-. Eso te habían hecho creer desde la infancia: «Los padres nunca mienten: los padres son señores respetables…» Eso es tu padre: un hombre digno de admiración, ¿no es cierto? Un padre intachable y un marido perfecto…,
– No sé lo que te propones.
– Estoy planteando la cuestión -dije-. Estoy intentando demostrarte que tu padre es un canalla.
– Cállate.
Pero no callé. Lo volqué todo: no omití detalles. Mi inesperada salida del colegio a una hora inusitada. Mi espera en la parada de tranvías. El retortijón que cruzaba mi vientre. La idílica actitud de miss Dory mientras se dejaba acariciar por los dedos del señor Moraldo. La frase de mi madre: «Ella lo sabía, Lolita: lo sabían todos.» Luego respiré hondo.
Lolita levantó la cabeza y me miró fijamente:
– Eres malo, Carlos: eres perverso.
– Soy realista.
– Eres cruel, quieres vengarte.
– No es venganza: es justicia; me estoy defendiendo.
– Con mentiras.
– Eres muy dueña de no creerme. Si te gusta engañarte… Tu madre lo sabía: por eso la echó de casa. Por eso te dijo que cuando fueras mayor «te explicaría».
Los ojos de Lolita no parpadeaban: parecían petrificados.
– Nunca te perdonaré lo que me has dicho.
– Jamás te daré ocasión a que me perdones.
Volvió a ponerse en pie. Quedamos frente a frente: el sombreado del almendro cada vez más luminoso y menos oscuro.
– No quiero tu perdón, Lolita: quiero tu sufrimiento. El mismo sufrimiento que tú y los tuyos me habéis dado a mí.
Y la dejé allí, bajo el árbol, sin tenderle una mano, sin decirle adiós. Tampoco subí al vestuario para despedirme de Paco, ni me digné mirar hacia el lugar donde quedaban sus padres.
Salí del golf transformado en republicano.
Llegué a la carretera de Esplugas pisando firme, sabiendo ya con certeza «quién tenía razón» y «quién no la tenía». Me sentía republicano como me sentía hombre: por orgullo, por amor propio, por llevarle la contraria a lo que acababa de perder. Al fin me había liberado de mis dudas, de mis prejuicios, de todo lo que me ataba al desconcierto. El mundo de los Moraldo quedaba atrás, con sus miserias y sus complicaciones, con sus ridiculeces y sus grandezas de pacotilla. El que contaba era el mío. El de la calle Fernando, el de las bombillas mosqueadas y la baranda reluciente. Llegué a mi casa a las cuatro de la tarde: el recorrido era largo y los tranvías morosos. Mi madre me recibió sorprendida.
– Pero, Carlitos, ¿qué haces aquí a estas horas?
Imaginaba que, como de costumbre, yo había almorzado en casa de los Moraldo. Le dije que había terminado con ellos. Creí que iba a reprocharme mi actitud, pero no chistó. Se dejó caer en el asiento y aguardó a que yo prosiguiera:
– Te han llamado republicana, como si el hecho de serlo fuera un insulto.
Era una verdad a medias: una de esas verdades que, de puro reales, llegan a ser mentira. No mencioné la verdadera causa de aquella injuria. Nunca le dije que se debía a mi noviazgo con Lolita.
– De modo que no quieren tratarte porque soy republicana…
La indignación le crecía por dentro: se le notaba en el modo que tenía de mover las manos, al ralentí, como si actuara en una película con cámara lenta. Esbozó una sonrisa y esperó:
– Al parecer, todo es cuestión de tener clase o no tenerla. Los Moraldo han decidido que yo no tengo clase.
– Los muy puercos: atreverse a…
Pero lo decía sin alterarse, sin levantar la voz, como si rezara. Y se mordía los labios: casi los comía, acaso para que la ira no la comiese a ella.
– Peor para ellos -dijo-. Veremos dónde irán a parar sus humos cuando lleguen las elecciones. La aristocracia va a hundirse: te lo aseguro, Carlitos. No van a ser más que ciudadanos normales; gentes grises: nadie.
Tomó aliento:
– De hecho ya lo son ahora. Por eso han reaccionado de esa forma contigo. El porvenir se les ha puesto delante de pronto. Están lanzando las últimas bocanadas y no saben lo que hacer para atacar, para defenderse, para convencerse a sí mismos de que todavía son algo.
También ella intentaba convencerse con razones utópicas. También ella buscaba explicaciones para aquella reacción absurda. La dejé con la creencia de que, efectivamente, aquel modo de tratarme se debía sólo a la necesidad de defenderse en una hora extrema, la de las futuras elecciones: un modo de discriminar personalidades e ideas. Noté su mano en mi hombro. Era un ademán cariñoso: casi olvidado.
– ¿Te han herido mucho, hijo?
Lo decía sintiendo en ella mi propia herida: doliéndole acaso más que a mí.
– No -mentí-. Hacía algún tiempo que lo estaba comprendiendo todo.
– ¿Cómo ha ocurrido?
– De una forma indirecta: a través de la hija. Ya sabes: esa niña ridícula: Lolita. Ha sido ella la que me lo ha dicho: «Tu madre es republicana y mis padres no quieren que te trate.»
– ¿Y tú? ¿Cómo has reaccionado tú?
– Los he plantado y me he venido. ¿Qué otra cosa podía hacer?
– ¿Y Paco?
– Ni siquiera se ha enterado. Lo he dejado en el vestuario, hablando de golf.
– A lo mejor llama por teléfono.
– Le dices que no estoy, que he salido: no quiero volver a verlo.
Mi madre guardó silencio unos instantes. Dijo luego, como si hablara consigo misma:
– Ya sabía yo que el ambiente del golf no iba a funcionar.
– ¿Has olvidado tu consejo? -salté-. El ambiente del golf es el de los Moraldo: «La meta», decías. «Tu meta está en los Moraldo.» ¿Lo recuerdas? Ahí tienes en lo que ha parado la famosa meta.
No respondió. Encajó bien el reproche. Se mordió los labios. La vi luego estirar con los dientes una pielcita rebelde que le crecía en la comisura:
– De cualquier forma, las cosas van a cambiar. Insisto: esa gente va a quedar en la retaguardia. -Y escupió la pielcita arrancada sin dejar de mirarme-. Esa niña… Lolita, ¿qué más te ha dicho?
También ella temía que Lolita me hubiese puesto al corriente de «aquello». La dejé con la incertidumbre. Pensé que su duda iba a beneficiarme.
– No quiero volver a tratar a los Moraldo -dije resueltamente.
Y mi madre interpretó aquella decisión mía como un homenaje a su buen nombre:
– Siempre dije que eras un hijo ejemplar, Carlitos. ¿Estás seguro que no vas a echarlos de menos?
– ¿Se puede echar de menos a un nido de piojos?
Esbozó una sonrisa complacida, una sonrisa aliada. Y yo transformé su sonrisa en carcajadas cuando empecé a imitar la voz del señor Moraldo, mientras consultaba su reloj: «Las dos y media: hora de almorzar…» Y enredaba mis dedos en una cadena invisible que pendía de una hipotética saboneta.
– Así habla el muy ampuloso. -Y acto seguido atiplé la voz para imitar a la madre-. «Esta noche cenaremos en casa de los Repecho…» Se acabó -decreté-. Dejaré el colegio: me niego a continuar fomentando la estupidez de Paco.