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– Pero tus estudios…

– Los acabaré por libre.

Creí que protestaría, pero me dio la razón:

– Cuando se es tan inteligente como tú, los colegios sobran.

Al día siguiente fui allí para recoger mis cosas y anunciarles a los curas que no volvería. Afortunadamente, el padre Celestino se hallaba ausente y me evitó explicaciones. Era la hora del recreo. Hablé con el prefecto: no entendía aquella súbita decisión.

– Pero si estás a punto de acabar tu bachillerato; a quién se le ocurre. Un estudiante tan aprovechado como tú…

También allí dije la verdad a medias:

– Mi madre lo ha decidido.

Faltaba recuperar el equipo de golf. Pensé en llamar a miss Francia para que me ayudara a rescatarlo. Pero el temor a recibir un chasco me impidió hacerlo. De pronto me acordé del Diario. Hacía pocos días había escrito yo en él una frase que me parecía lapidaria: Cuanto más se quiere a una amante, más se expone uno a odiarla. Era de La Rochefoucauld y parecía una prenoción.

Aquella semana el tío Rodolfo apenas dio señales de vida. Las futuras elecciones y los enfermos ocupaban casi todo su tiempo. Probablemente se enteraría de lo ocurrido por boca de mi madre. Quedaban dos meses escasos para los exámenes: era necesario estudiar. Estudiar mucho para no empañar mi falta de asistencia a clase.

Aquel día mi madre me dijo: «Ahora sí que necesitas pantalones largos.» Los confeccionó ella misma robando horas al sueño: «Quiero que los estrenes el domingo.» Y los estrené el domingo: el día de las elecciones. Recuerdo que, al levantarme, corrí al comedor para ver si el cielo estaba despejado. Un sol vigoroso cubría la ciudad. Imaginé el campo de golf: lo supuse desierto. El sol de aquella mañana no pertenecía a los golfistas; pertenecía a la masa, a la gente que debía votar, a los que se lanzaban a la calle con pancartas festivas y altavoces sonoros.

El bullicio callejero había comenzado muy temprano. La multitud iba creciendo a grupos, como larvas maduras que dieran en abrirse. La actividad crecía a medida que pasaba la mañana, autopotenciándose, multiplicándose en progresión geométrica.

De la calle llegaban hasta mí frases desacostumbradas: «Vote su porvenir.» «Acaba de una vez con la muerte de España.» «Españoles, la libertad os espera.» La gente voceaba desde los balcones, desde las aceras, desde los vehículos que fluían, estrepitosos, hacia las Ramblas. Primero eran voceos aislados, tímidos dentro de su audacia. Luego se unían a otros, cada vez más afianzados y seguros. Aquel día no fuimos a misa: los domingos míseros se habían acabado. Mi madre decía: «¿Para qué ir a misa si ya eres una persona mayor?» Y me miraba orgullosa por lo bien que me sentaba el pantalón largo. Poco antes del almuerzo llegó el tío Rodolfo, nervioso, su alegría demasiado histérica para no desentonar: «Vaya, Carlitos: ahora sí que estás hecho un hombre.» Y me obligó a dar vueltas por la estancia, para contemplar el efecto que mis pantalones le producían. «Has elegido un buen día para estrenar» Daba por hecho el triunfo de la República: «Vas a ver en lo que paran tus amigos los Moraldo: un palmo de narices van a salirles a todos…» Aquel día no probó el queso. Estaba demasiado agitado para detenerse a comer. «Nos veremos por la noche», dijo al salir de casa.

Horas después, también mi madre y yo salimos. El entusiasmo sordo que se respiraba en la ciudad, nos atraía. Las calles parecían hormigueros, sobre todo en nuestro barrio. La gente circulaba abstraída, pendiente del resto, mirándose unos a otros de reojo, con recelo alegre, como si quisieran adivinar quién pensaba o dejaba de pensar como ellos.

En el pavimento había una confusa mezcla de papeles. La propaganda electoral era ya sólo eso: papeles dispersos arrastrados por el viento. Monárquicos y republicanos se fusionaban allá en el suelo a impulsos de pateos, de pisadas y roces.

Llegamos hasta la Horchatería Valenciana. La mayoría de las mesas estaban ocupadas. Pero conseguimos un lugar junto a la esquina, allá donde la Gran Vía, más tarde Cortes Catalanas, bifurcaba con el paseo de Gracia. Todo tenía un tinte nuevo: menos aristócrata, pero mucho más alegre. Pedimos horchata y chocolate con melindros. «Un día memorable -dijo mi madre-. Una página gloriosa de la historia de España.» Regresamos a casa cuando la luz del día relumbraba aún. El crepúsculo era siempre tardío en aquel mes. Pero la calle de Fernando se veía fatigada, como si en ella se hubiera hecho de noche.

Tal como lo había prometido, el tío Rodolfo se presentó en casa después de la cena. En la mano traía una botella de champaña:

– Triunfo -gritaba-, triunfo rotundo.

Abrazó a mi madre, me abrazó a mí: brindamos los tres por una República consecuente, justa y prolongada. Me acordé de los Moraldo: de su fracaso, de su hundimiento. ¡Qué lejos quedaban ya los Moraldo! Era como si la República, todavía en mantillas, lo estuviera barriendo todo: los remilgos de Lolita, la abulia de Paco, la altanería de sus padres…

– Por fin España ha despertado de su modorra -decía el tío Rodolfo-. Por fin vamos a saber lo que quiere decir «vivir sin privilegios», sin manías arcaicas, sin atrasos civiles, sin atropellos de clases.

A medida que bebía, la nariz se le iba abrillantando y los ojos le chispeaban con destellos fosforescentes:

– Se implantará la justicia, el orden: todos tendremos las mismas oportunidades…

Lo decía convencido: su afán de progreso lleno de buena intención, pregonando paz. Mi madre, en cambio, empezaba a tener miedo:

– A lo mejor no todos piensan como tú.

El tío Rodolfo no admitía aquella duda:

– No seas insensata.

– Pero ¿y el Rey? Sabe Dios lo que hará el Rey…

– Nunca dio muestras de violencia: cederá. Se irá de España y se acabó.

– No me gustaría que le causaran daño.

– ¡Qué cosas tienes, mujer! Salimos ahora con ésas: la República es una institución civilizada, liberal. Ningún republicano es un caníbal.

Lo recordé de nuevo estrechando mi mano: su felicitación, su mostacho grueso, su sonrisa… Sentí algo parecido a una pena sorda.

– Ahora ya no es Rey -decía el tío Rodolfo-. Ahora es un ex monarca.

También el marqués de la Triponna era un ex, y los Repecho y los Sobrado y los Trigo, y los Remo… Ningún título podía esgrimirse sin anteponerle un ex escueto y alambicado.

La tertulia se prolongó hasta la madrugada. El tío Rodolfo no daba muestras de querer marcharse. Era conmovedor que hubiese preferido pasar aquella velada con nosotros en vez de quedarse con su familia.

Me pregunté qué pensaría aquella familia del resultado de las votaciones: evoqué a la mujer de las cerezas y a los tres niños que comían churros: en aquellos momentos eran cuatro utopías que nada tenían que ver con nuestra realidad. Al desnudarme, todo me daba vueltas. Me miré al espejo. El champaña ingerido me permitía ver reflejado en la luna una especie de gigante. El resto del cuarto era un silencioso y persistente tiovivo. No hubiera sabido decir si estaba contento o estaba triste. Todo era desusado. En realidad, aquel día, más que día de las elecciones, era el día de mi primer pantalón largo: la ocasión de arrastrar por las calles mi apariencia de hombre.

De vez en cuando imaginaba la expresión desolada de los Moraldo. Saqué la lengua: la tenía blanca, punteada y seca. Fue una reacción infantil, impropia de mi pantalón largo:

– Para vosotros, mierdicas relamidos -dije al espejo.

Aquella noche soñé que venían a buscarme para llevarme a la cárceclass="underline" «No los dejes entrar», le gritaba yo a mi madre. Y el timbre seguía sonando, sonando… No sabía exactamente de qué se me acusaba: tal vez de ladrón o de jugador de golf, o de estudiante enchufado. Lo malo era la insistencia del timbre. Alguien golpeaba la puerta de mi cuarto. El timbre había dejado de sonar. Y la puerta tenía sonoridades de trueno. Yo gritaba: «No los dejes entrar, no abras: quieren atraparme…» Pero la puerta se abrió lentamente, despóticamente.