Vi a mi madre a los pies de la cama:
– ¿Qué te sucede, Carlitos? ¿Por qué no me dejabas entrar?
Me incorporé todavía asustado.
– ¿Qué ocurre?
– Nada particular: en el comedor te espera una francesa que desea hablar contigo.
– ¿Joven?
– Me temo que no.
Me vestí a toda prisa. Encontré a miss Francia sentada junto al balcón.
– ¿Usted?
Me tendió la mano tímidamente, como pidiéndome perdón.
– No esperabas verme… ¿verdad, Carlos? He venido a traerte eso.
Y me entregó el Diario que Lolita y yo hacíamos al alimón.
– No debió molestarse -le dije-. Puede romperlo o echarlo a la basura.
Hubo un silencio breve. La francesa deglutía saliva y su cuello de pellejos caídos subía y bajaba con obsesionante persistencia.
– Siento mucho lo ocurrido -dijo suavemente.
Por unos instantes pensé que se refería al resultado de las elecciones. Pero enseguida comprendí que aludía a mi ruptura con los Moraldo:
– ¿Por qué? Yo no lo siento.
Torció la cabeza. La llevaba tocada con uno de esos sombreros que parecían orinales: redondos, acharolados, coronados de borlitas que imitaban madroños.
– Los amores contrariados duelen siempre.
Probablemente se acordaba del suyo: de aquella historia apagada que tan inverosímil nos había parecido a Lolita y a mí. Se ajustó el sombrero con la mano enguantada y me dijo solemnemente:
– Hoy mismo saldré de España: vuelvo a mi país.
– ¿Por qué?
– Me han despedido.
Lloraba por dentro, estoy seguro, pero sus labios sonreían. Lo que delataba aquel llanto, eran los pellejos de la garganta y aquel constante deglutir.
– No pueden hacerle esa faena. ¿Por qué la han despedido?
– No me perdonan que os hubiera ayudado.
Causaba pena verla tan hundida, tan esclavizada a la vergüenza de su celestineo.
– De cualquier forma, no me pesa. El amor es bonito -suspiró-. Lo más bonito de la tierra: lo único que nos justifica.
Le temblaba el mentón cuando dijo aquello.
– ¿Cómo se enteraron?
– La señora Moraldo encontró el Diario. Sospechaba de mí: registró el armario.
– Como si estuviéramos en la Edad Media: una actitud muy feudal, muy digna de la elegante señora Moraldo. Debí imaginar algo parecido; así viola esa gente el derecho a la libertad.
Se encogió de hombros:
– Al fin y al cabo, estaba en su casa.
– Pero el armario era suyo: una isla sagrada dentro de su propiedad.
Miss Francia no se defendía.
– Hay que aceptar las cosas tal como vienen.
Contemplé el Diario: estaba sobre la mesa, manoseado, forzado su cierre.
– Me obligaron a reconocer mi culpa y me comunicaron que en cuanto Lolita se fuera, yo también debía marcharme. Sin ella no van a necesitarme.
– Así que Lolita se ha ido…
Miss Francia asintió: las lágrimas de la garganta apiñadas en los ojos. No hubiera querido verla llorar. Cuando los viejos lloraban se volvían ridículos. Las lágrimas no encajan en unos ojos caducos.
– Me alegro -dije-. A Lolita le conviene salir de su casa… y viajar y comprender que no todo se reduce a la majadería de su ambiente.
Pero miss Francia no me oía. Seguía preocupada por el truncamiento de aquellos amores nuestros.
– Ha sido una lástima, una verdadera lástima… Erais una pareja tan pura, tan limpia…
Probablemente se remitía a su historia: la nuestra era sólo un pretexto para revivir su amor perdido. Estuve a punto de desengañarla: «Fue todo una parodia…» Pero la dejé con su idea. Desengañarla hubiera sido cruel. Había perdido su empleo por aquel hipotético amor, y los empleos perdidos en aquellos instantes eran irrecuperables. Por eso regresaba a su país. También mademoiselle Marie era una «parada», una «detenida» más entre las mil víctimas vacantes.
– Tal vez pudiera usted encontrar otra casa…
Alzó la mano zanjando el asunto:
– Imposible: ya lo he intentado. Nadie quiere «tomarme». La señora Moraldo me ha negado su apoyo. Dice que no quiere exponerse a quedar mal entre sus amistades.
Era lamentable verla tan indefensa, tan inmovilizada por una sociedad rígida y despiadada. Hubiera querido gritarle: «Rebélese, defienda sus derechos…» Pero mademoiselle Marie no pertenecía al mundo de la polémica, ni al de la rebeldía, ni al de la democracia. Pertenecía al mundo de la fatalidad, de los altos y bajos, de los encumbrados y los caídos.
– Ese tipo de injusticias va a acabar muy pronto -le dije-. Las cosas han cambiado en España.
Se llevó un pañuelo a los ojos y esbozó una sonrisa desencantada:
– No creo en los cambios, Carlos: tengo demasiados años para creer en ellos.
– Ahora vendrá la República -insistí-. Se acabarán los favoritismos. El prestigio de los Moraldo va a quedarse en agua de cerrajas.
– Surgirán otros Moraldo -contestó ella-. No es cuestión política, sino humana. Se llamarán de otro modo y adoptarán otras costumbres, pero habrá siempre oprimidos y opresores.
No sé lo que ha sido de mademoiselle Marie: hará ya mucho tiempo que debe de descansar bajo tierra, con su cuello rugoso y sus lágrimas convertidas en barro, pero sus palabras continúan vivas, vigentes: jamás he podido olvidarlas.
– ¿Cómo han reaccionado? -pregunté-. ¿Cómo han tragado lo de las elecciones?
– Maclass="underline" no acaban de creerlo. Todavía confían en que el Rey no se vaya. Madame ha pasado la mañana llorando. Monsieur no ha hecho más que telefonear. Apenas me han hablado. Pero cuando lo hacían era para meterse con mi país. Decían que por culpa de la República francesa, España había caído en el fango. Luego… Paco dijo que tenía anginas y se metió en la cama.
– La excusa de siempre: anginas, debilidad: Hipoposfitos Salud y descanso. Veremos quién le saca las castañas del fuego este año. Se habrá enterado ya de que yo he dejado el colegio.
No le pregunté dónde habían mandado a Lolita. Probablemente no lo sabía. Los Moraldo eran demasiado suspicaces para incurrir en la ligereza de informar sobre ello a mademoiselle Marie.
– Paco dice que has dejado el colegio por causas económicas…
También yo tragué saliva con dificultad: se me había vuelto repentinamente espesa. Así era Paco: así reaccionaba cuando las situaciones lo desposeían de lo que precisaba para seguir adelante.
– Espero no volver a verlo en todo lo que me queda de vida -dije furioso-. En cuanto termine el bachillerato, buscaré trabajo. Ya va siendo hora de que ayude a mi madre.
– Siempre fuiste un buen chico, Carlos: los padres de Lolita no se dan cuenta de lo que han perdido… No te pareces a Paco.
Miraba el suelo: su sombrero orinal le cubría las facciones. Contemplaba sus guantes de cabritilla, gastados en las puntas. Enternecían aquellos guantes, enternecían aquellos botones abrochados en las muñecas. Todo en aquella mujer enternecía.
Ese tipo de institutrices ya no existe. Se extinguieron con la segunda guerra mundial. Se fueron, como las pesetas de plata y los coches de caballos, los trenes de carbón y las muñecas de porcelana (aquellas que Lolita conservaba en su cuarto) con ojos de cristal y cabello verdadero. Luego vinieron las «señoritas» (seño para muchos) exigentes y mal educadas, cuya función ya no consiste en educar, sino en soportar a los niños mientras las madres cocinan, o lavan o toman copas con los amigos del marido. Y, por supuesto, ninguna usa sombrero, ni guantes de cabritilla abotonados en las muñecas.
– Siento dejar España -decía-. Pero no me queda otro remedio. Lo malo es… Bueno, ¿para qué voy a preocuparte a ti con mis problemas?