Me fijé en lo que me rodeaba. Era como si todo aquello lo hubiera visto antes: como si, al estar allí, acabara de recuperar un pasado que aún no existía. Miré la fotografía que don Alberto había colocado en la mesa escritorio: era un grupo formado por una mujer joven y cuatro niños.
– Mis hijos -me indicó don Alberto.
Tres varones y una hembra. Allá en la fotografía resultaban remotos, como si no pertenecieran a este mundo. Los chicos eran mayores que la niña. La pequeña (tal vez tres años) sonreía con rictus forzado como si el fotógrafo le hubiera dicho: «Piensa en algo alegre» y ella, por obedecer, hubiera estirado los labios más de la cuenta.
Era rubia, como su padre, de ojos desteñidos y pelo lacio.
Llevaba un traje hecho de cintas y tenía aspecto de muñeca «Lency» comprada en El Fayans Català. Los chicos se parecían a la madre: también ellos sonreían con labios tensos, pero en sus miradas había cierta tristeza resignada, sintomática, hueca y vacía.
No: entonces no podía imaginar que acababa de pedir la cabeza del Bautista, ni que aquella niña que fingía sonreír, pudiera, andando el tiempo, convertirse en un reproche. Pensé únicamente en que estaba dando el primer paso para alcanzar la meta: la de mi empleo. Un empleo que, igual que todos, podía bambolearse al menor error, como el de Justo, el de miss Francia o incluso el del Rey.
Recuerdo que el tío Rodolfo y don Alberto hablaban entre ellos: se referían a las evasiones del capitaclass="underline" «El popio monaca ha dado el ejemplo -decía don Alberto-. No debe extañanos que los demás lo hayan imitado.» Y el tío Rodolfo volvía a su tema: «Si Lerroux se hiciera con las riendas…» Yo seguía mirando la fotografía de la niña.
Me obsesionaba la melancolía de su sonrisa: «No tenemos aeglo -continuaba don Alberto-, ni con Leu, ni sin él. Todos quieen mandá: todos se empeñan en llevá las aguas a su popio molino. A los españoles no nos gusta el oden: nos gusta el palo.» Voceaban como si estuvieran llevándose la contraria, pero estaban de acuerdo. Simplemente voceaban porque era la costumbre: como eludir impuestos o merendar chocolate.
Cuando salimos de allí, la calle parecía distinta. Algo en el transcurso de nuestra entrevista la había cambiado. El tío Rodolfo se puso a silbar despreocupadamente. Yo andaba silencioso, sobrecogido aún por aquella extraña sensación de haber vivido ya lo que acababa de ocurrir, o, como si lo que acababa de ocurrir, fuera sólo el recuerdo de un futuro remoto. Lo que había entre medio de aquel lapso, se me escapaba, se volvía borroso. Sin embargo, me abrumaba. Me parecía que el paso que acababa de dar, no consistía en subir peldaños, sino en bajarlos, para meterme luego en un terreno cenagoso.
Los árboles del paseo de Gracia amarilleaban, pero las hojas aún no se habían secado: «Todavía no estás seco, todavía puedes salvarte» Pero era difícil hacer caso de un pasado que seguía siendo futuro. Miré en torno: era una avenida completamente distinta a la de ahora. Apenas había circulación. También los carruajes eran diferentes. Y los sonidos. Por mucho que me esfuerce, resulta imposible recuperarlos con exactitud. Vienen a mí a ramalazos y se van enseguida: cloqueos huecos de trotes caballunos, chirridos de unas ruedas mal engrasadas o siseos resbaladizos de otras bien engrasadas. Cláxones roncos, bocinas persistentes… Recuerdo también que, a veces, las pisadas y las voces se escuchaban nítidas, como si no pertenecieran a la ciudad, como si sonaran en pleno campo… Y también los balidos de rebaños ovejunos que insólitamente cruzaban la calle interrumpiendo el tránsito.
El único ruido concreto: el que no he podido olvidar, era el que provocaba el paso del tranvía: metálico y cacharroso.
– Bien, Carlitos: has estado muy bien.
No contesté: seguía inmerso en aquella extraña prenoción que no llegaba a asimilar. Caminamos hacia mi casa. Ramblas abajo. En la plaza de Cataluña las estatuas recién colocadas (con gran disgusto de los celadores de la moral) contemplaban nuestro paso, pletóricas y provocativas. Los vendedores de periódicos aireaban su mercancía anunciando, con voces ininteligibles y aullantes, que Azaña acababa de ser nombrado jefe del Gobierno.
ESTRELLA
Al principio las preguntas eran todas parecidas: «¿Por qué lo has hecho?» Se diría que lo esencial es saber la causa, no el resultado. Pocos son los que aciertan a sospechar que los hechos se suceden más allá de los por qués. «Tú siempre fuiste un hombre consecuente, un hombre bueno…», decía doña Alicia. No entendía mi silencio, mi falta de reacciones: «Te mandaré al mejor abogado de España.»
Lo peor era el cansancio. Me cansaba mucho escuchar tantos despropósitos, tanta hipótesis equívoca. Nadie podía inmiscuirse en mi conciencia; nadie era capaz de hurgar en ella y conocer la verdad.
– No quiero abogados -le dije.
En aquellos momentos me acordaba de don Ramón Pérez (el asesor jurídico del Banco), de sus chanchullos para hundir a los J. J., sus tejemanejes para trastear los famosos maletines que tanto escándalo provocaron hacía algunos años, sus relaciones con el conde de Trigo, su estúpida boda con Pilar Berruguete y, sobre todo, su modo de absorber a Estrella…
Total, ¿para qué? También Ramón Pérez había caído en la trampa como había caído yo: también él había sido barrido al llegar a la cumbre.
– Si al menos hablaras… Si me dijeras cómo ha ocurrido y por qué ha ocurrido…
– No se canse, doña Alicia…
– Si al menos me explicaras por qué no quieres defenderte…
Tuve que rogarle que se fuera. Prefería estar solo entre las cuatro paredes de mi celda: contemplar el ventanal alto para que la escasa luz que penetraba tras los barrotes aclarase un poco el laberinto de mi pasado. No podía haber solución para mi problema. De hecho, las soluciones casi siempre suelen ser paños calientes, remiendos fortuitos. Nadie acaba de comprender que la vida se repite, que todo lo que hacemos o dejamos de hacer tarde o temprano se vierte sobre nosotros, que por mucho que luchemos, todos, incluso los que circulan por la calle creyéndose libres, son simples condenados a muerte, presos como yo, marcados por estigmas que jamás podrán borrarse.
Pero doña Alicia no se daba por vencida.
– No esperes que me cruce de brazos, Carlos. Aquí hay gato encerrado. Me dejo cortar la cabeza si tú no eres inocente.
La infeliz creía aún en mi inocencia. Doña Alicia siempre fue optimista y pueril. La recuerdo ahora cuando era joven, atractiva, vital, generosa y estúpida.
También Estrella lo era. Pero entonces la estupidez de Estrella no me importaba. La estupidez de la gente suele molestar después, cuando nos hartamos de ella.
Estrella me gustó desde el primer momento que la vi en el Banco, cuando el tío Rodolfo y yo acudimos a la cita que nos había concedido don Alberto.
Fue una atracción repentina y purulenta, algo que ni siquiera mi condición de «botones» podía descartar.
Mi trabajo en aquellos momentos era degradante: bastaba echar un vistazo a Juan Villoria, el botones antiguo, con su gorrita ladeada y su chaquetilla ajustada, para comprender que tanto él como yo éramos la escoria de la empresa. Ganábamos treinta pesetas al mes y nuestra tarea era descorazonadora. Distribuíamos mensajes, informábamos a los clientes, recibíamos a las visitas, atendíamos el teléfono y rellenábamos impresos.
Pero a mí me asignaron una tarea más: me convirtieron en cómplice de los turbios manejos de don Jesús y don José: los hermanos de don Alberto. Desde el principio se sirvieron de mí para redondear sus trapicheos. Entonces tenían ambos los despachos en el fondo del pasillo, frente por frente. Los timbres tenían sonidos distintos: un timbrazo corto era para Estrella, dos timbrazos para mí. Solían reclamarme cuando tenían visitas femeninas: «Si viene "mi señora", ya conoces la lección.» Era sencilla: debía detener a la intrusa, entretenerla, hablarle de reuniones importantes, de discusiones graves, de complicaciones bancarias que, de interrumpirse, podrían acarrear consecuencias catastróficas. Las respectivas señoras Salcedo, me creían o fingían creerme. Acababan siempre pidiendo dinero. Tenía yo orden de rellenar el talón por la cantidad que solicitaban y presentársela al señor Jaume: «Ha dicho don Jesús que lo firmará más tarde.» Mi palabra era una especie de aval y el señor Jaume les entregaba el dinero. Luego, las señoras Salcedo (juntas o separadas) salían del Banco con su propósito cumplido y su vindicación satisfecha.