Vi a Juan Villoria trayendo otra fuente de la cocina. Vi a los jefes de sección comiendo y bebiendo, vi a los meritorios fumando… Pero no vi a Estrella.
Inconscientemente había esperado encontrarla allí. Fue como si un gran vacío cayera sobre todos los presentes. De vez en cuando alguien me golpeaba suavemente el hombro: «Vaya, tú también has venido.» Angelina enseñaba su perrita: «Se llama Pola: por Pola Negri.»
– Muy original, ¿idea suya?
Más tarde también fue idea de las otras Angelinas poner nombres de actrices a las perras mimosas. Volví a contemplar a Angelina y me pareció difícil concretar su edad. Tenía una especie de madurez sin años, como si jamás hubiera sido joven.
Angelina se subió a una silla. Brindó por el futuro Estado Catalán.
Imposible olvidar aquella tarde; todo vuelve a estar ahí: la euforia de los comensales, los gruñidos asustadizos de Pola. Todo se ajustaba perfectamente a lo que vino después.
Recuerdo que, de vez en cuando, me sorprendían los ojos saltones de Angelina. Era como si su mirar fuera tangible, como si el fluido que despedían aquellos ojos llegara a tocarme. Y el señor Jaume decía: «Ahí tenéis a "mi señora": una castellana intachable.» ¡Cuántas veces me he acordado de aquella sentencia! La castellana intachable sonreía satisfecha. Repartía vasos, le rogaba a Juan Villoria que escanciara más vino…
No sé por qué, al oír aquella frase, me acordé de los hijos de don Alberto (aquellos niños con miradas de ultratumba y aspecto fantasmagórico, mientras se paseaban por las secciones del Banco, estrechando manos y cumpliendo a la perfección su condición de hereus). «Con el tiempo serán ellos los responsables del Banco…» Luego había hablado de su jubilación: «Usted, Hondero, ocupará mi puesto; sea tan leal con ellos como lo he sido yo con su padre…»
Había gente que nacía para que sus palabras fueran simples rellenos, cosas que jamás podían ocurrir: palabras con vejez prematura y razones inservibles. Sin embargo, en aquellos momentos todo era real, exacto, tremendamente fundado en lógica.
Aquel invierno fue movido y contradictorio: hubo la fuga de Villacisneros. Y las rencillas entre monárquicos y republicanos volvieron a soliviantar a la masa. Pero el desasosiego llegó al paroxismo cuando se proclamó el comunismo libertario en Casas Viejas.
En el Banco hubo un revuelo grande a causa de aquella audacia.
– Gaditanos tenían que ser -comentaba Jaume Palafell, de nuevo inmerso en su condición burocrática-. ¿Qué diantres tendremos que ver nosotros y nuestro seny catalán con esos desalmados?
También mi madre acusó el golpe, pero de otra forma. Se apiadaba de los rebeldes por sentido humanitario:
– Esos pobres detenidos… Esos obreros que juraban su inocencia mientras los fusilaban…
Fue más o menos en aquella época cuando ocurrió el caso de «Vidrios y Metales». Hacía ya mucho tiempo que Estrella no había vuelto al Banco y los J. J. carecían de secretaria. Sin embargo, no se tomaban la molestia de sustituirla: tampoco ellos frecuentaban demasiado los despachos del fondo. Y cuando se encerraban allí daban la orden de que no se los molestara.
Por Paquito me enteré de que se habían metido en un negocio escabroso:
– Creo que al fin han caído en la trampa.
– ¿Qué clase de trampa?
– Un cebo preparado por don Ramón.
Al parecer se habían liado con un negocio ruinoso relacionado con la fabricación de vidrios. Según decía Paquito, todo el mundo sabía que aquella empresa era peligrosa, pero los J. J. lo habían ignorado.
En cierta ocasión recibieron la visita de un abogado.
– Me juego doble contra sencillo a que ese abogado es un esbirro de don Ramón -me anunció Paquito-. El otro día los sorprendí juntos en un bar de Canaletas.
Las intenciones de Ratón Pérez parecían claras: llevaba mucho tiempo queriendo barrer del Banco a los hermanos de don Alberto.
– Es una lucha sorda -continuó explicando Paquito-. Algo que viene coleando hace ya mucho tiempo. Los J. J. se han empeñado en destronar a su hermano y don Ramón quiere sacudirlos de la empresa para evitar que eso ocurra.
Fue entonces cuando me enteré de que Estrella trabajaba, desde hacía algún tiempo, con el asesor jurídico. Tuve la impresión de recibir un golpe. Me quedé aturdido. No me atrevía a preguntar…
– ¿Y por qué tanto secreto?
– No conviene que se sepa. Estrella conoce a la perfección los tejemanejes de esos dos estúpidos… Una maniobra perfecta.
– ¿Insinúas que Estrella es una especie de espía?
– No lo insinúo: lo afirmo.
– Pero ella… Era fiel a los J. J.
Paquito dejó de garrapatear en el papel y se encaró conmigo:
– Cuando digo que eres un ingenuo…
Y volvió a sus números sin soltar prenda. Todavía insistí:
– Por favor, Paquito… aclárame ese embrollo.
– ¿Para qué? Tampoco ibas a creerme.
Le juré que lo creería. Le supliqué. Le pedí perdón por haberme mostrado violento en otras ocasiones. Paquito «se crecía», se esponjaba, se aprovechaba de mi debilidad.
– ¿Cuántas veces tengo que decirte que ninguna mujer es fiel a nadie? A ver si de una vez caes del burro.
Comprendí que Paquito «sabía» más de lo que decía, y que lo que yo había tachado de resentimiento, probablemente no era más que auténtico compañerismo.
Me explicó entonces que el abogado que acababa de entrar en los despachos del fondo, era el que había aconsejado a los J. J. que asumieran las deudas de «Vidrios y Metales» y avalasen los préstamos solicitados por el gerente.
– ¿Te has fijado en él? Un hombre de paja. Estoy seguro de que ha sido don Ramón el causante de ese aval. Y si no me crees, al tiempo. Tu querida Estrella se encargó de poner a don Ramón en la pista…
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque la firma del contrato coincidió con su desaparición definitiva del Banco. La cosa está muy clara.
Me costaba imaginar que Estrella hubiera hecho aquello. Pero conociendo a Ramón Pérez, su habilidad para hundir a los que le estorbaban y su falta de escrúpulos, todo podía ocurrir.
Lo que más me dolía era que Estrella hubiera cesado en su trabajo sin despedirse de mí.
– ¿Por qué no se despidió de nadie?
– Porque había que llevar las cosas a la chita callando. Estrella es capaz de prestarse por dinero a lo que sea. Por lo pronto se ha independizado y ya no vive con los tíos. Se ha instalado en una pensión.
– ¿Sola?
Paquito se encogió de hombros.
– No tienes arreglo -exclamó ladeando la cabeza.
Pregunté cómo había averiguado todo aquello.
– Por la propia Estrella. Llamó por teléfono para despedirse de mí.
– ¿De modo que se ha despedido de ti?
Le odiaba por decir aquello, por saber más de lo que yo sabía, por llamarse Paco… como el imbécil Moraldo: «Un par de cretinos, eso son: un par de jeringados que quieren jeringar a los demás…» Pero tal como me había ocurrido con Paco, me aterraba indisponerme con él. Lo necesitaba. Era mi único y posible nexo con Estrella.
– ¿Sabes tú dónde vive?
– Sí.
– ¿Querrás darme su dirección?
– Lo pensaré.
Me sentía cogido: atado con la misma cuerda que me había atado al otro. Para mí los dos eran iguales. Con distintos puntos de vista pero con idéntica mentalidad. Era como una predestinación para mí aquel maldito nombre.
– Cuando te decidas, avisa.
Al salir del Banco anduve deambulando por las calles sin darme cuenta de lo que hacía. Era como si la ciudad se hundiera, como si en ella sólo hubiera mar (el mar que Estrella y yo habíamos visto aquella lejana mañana de septiembre): de oleaje furioso y superficie erizada. Un frío seco congelaba la concavidad de mi boca. Tenía mil preguntas en aquel frío. Preguntas que nadie más que ella podría contestar.