Mi madre se alarmaba: «A ti te ocurre algo, Carlitos…» Le dije que estaba preocupado por las cosas del Banco: «Hay mucho cacao con los J. J.» Mi madre respondió que el tío Rodolfo no podía ver a los hermanos de don Alberto: «Son dos sujetos de mala ley», insistió.
La convulsión esperada no tardó en producirse. Fue un estallido repentino. El Banco entero pareció estremecerse. Era como un reventar silencioso que nos hubiera alcanzado a todos. Jaume Palafell, con el rostro congestionado, se afanaba por buscar papeles que no aparecían; no hablaba. Rezongaba palabras ininteligibles, escurridizas, que se confundían con los chasquidos de la lengua. Luego, angustiado, subía al despacho de don Alberto, para bajar enseguida y volver a hurgar en los archivos:
– ¿Ocurre algo, señor Jaume?
No me contestó. Removía carpetas, lo dejaba todo en desorden. Y volvía a marcharse.
– La trampa -decía Paquito-. Por fin han descubierto la trampa.
– ¿Qué trampa?
– Ya te lo dije: la de «Vidrios y Metales», la que tu querida Estrella ha venido preparando minuciosamente con el Ratón.
Don Ramón entró en el Banco como un meteoro: fue directo al despacho de don Alberto; desde la ventanilla de Contabilidad podía verle subir la escalera de aquel modo suyo, decidido y rápido, como si fuese un hombre alto y tuviera las piernas largas.
– Ahí lo tienes -decía Paquito señalándolo-. El promotor de la caída. Adiós a los J. J.
Hacía ya varias horas que los hermanos de don Alberto deliberaban en el despacho de arriba. Con ellos estaba don Pablo Daniel.
– Dentro de poco reclamarán la presencia del otro abogado -explicaba Paquito como si estuviera presenciando una función de teatro-. Ya sabes: el hombre de paja, el del aval… Veremos cómo se desenvuelven.
Se hicieron llamadas telefónicas urgentes. Se enviaron emisarios a varios lugares. Se valieron de mil argucias para localizar al abogado en cuestión. Fue inútil. El hombre de paja había volado: se había marchado de España sin dejar rastro.
Hacia el mediodía, las voces que venían del despacho alto eran ya gritos.
– Van a liarse a tortas -comentó Paquito.
Yo seguía sin comprender exactamente lo que ocurría.
– A veces pareces tonto -insistió Paquito-. Están buscando documentos imprescindibles para salvar a los J. J. Una comedia perfecta. Don Ramón sabe mejor que nadie que esos documentos ya no existen. El hombre de paja los ha hecho desaparecer. Así -y abrió las manos simulando echar cenizas al aire-. Volatilizados.
El señor Jaume entró en la sección alicaído, pálido: un cúmulo de saliva reseca circundaba sus labios:
– Menudo conflicto -dijo.
Se dejó caer en la silla y se quedó mirando los libros. Los gritos aumentaban arriba. Venían hasta nosotros a ramalazos como oleajes furiosos. Paquito me deslizó al oído:
– Ese Ratoncito Pérez es un lince. Todo lo tenía previsto.
Pero cuando el Ratón Pérez entró en nuestra sección con la corbata desanudada, el rostro sudoroso y la expresión desolada, llegué a pensar que Paquito mentía: El Ratón Pérez sabía fingir como nadie; compadecía a los J. J., despotricaba contra el abogado desaparecido: «Un punto filipino ese buscapleitos», decía compungido: «Escapar de España y dejar a ese par de infelices en la estacada…»
El señor Jaume se daba golpes en la cabeza: «No me lo explico, no entiendo cómo han podido ser tan confiados, tan estúpidos…» Y don Ramón insistía: «No están los tiempos para fiarse de nadie, señor Jaume… Y menos de un tinterillo como el que acaba de escapar…»
Paquito los miraba con una mueca de asco:
– Fíjate en el Ratón; ahí lo tienes: un típico producto de la podredumbre burguesa…
No reparaban en nosotros. Hablaban entre ellos, dando vueltas al asunto sin encontrar solución: «Si al menos me hubieran consultado -continuaba diciendo don Ramón-, si al menos no hubieran prescindido de mí… En el fondo, les está bien empleado.» Y el señor Jaume protestaba: «No diga usted eso, don Ramón…» Pero el otro no apeaba: «¡Elegir un rábula sin prestigio! Un desconocido con ínfulas romanistas. ¡A quién se le ocurre!»
Y Paquito otra vez:
– Será cabrón… le repito que yo mismo los he visto tomar café juntos en Canaletas. Para que venga presumiendo ahora de que no lo conocía.
«Seguramente se había vendido a la parte contraria -seguía diciendo el Ratón Pérez-, hay letrados así: sin escrúpulos. Abogadillos intrigantes que desprestigian la profesión…» Y se arreglaba el nudo de la corbata con aire seguro, de hombre insobornable. Jaume Palafell preguntó: «¿Y ahora qué va a ocurrir?» Don Ramón se miraba al espejo que pendía de la puerta: contemplaba sus dientes, su bigote, sus ojillos inquietos tras las gafas de miope: «No tendrán más remedio que vender sus acciones al hermano. Es la única forma viable para cancelar la deuda.»
El señor Jaume negaba con la cabeza: «Don Alberto jamás accederá.» Y don Ramón se volvió hacia él, le puso una mano en el hombro: «No se preocupe, señor Jaume: eso corre de mi cuenta. Lo convenceré. No le queda otra solución: no hay otra salida para salvar a los hermanos y al Banco.»
Pero fue difícil convencer a don Alberto. Se resistía a convertirse en dueño absoluto de la empresa. Alegaba que aquélla no había sido la voluntad de su padre.
Estuvieron deliberando hasta muy entrada la noche. (Nos lo contó la encargada de la limpieza.) De vez en cuando, las respectivas señoras Salcedo llamaban por teléfono; pretendían saber lo que ocurría. La respuesta era siempre la misma: «Que no molesten y se estén calladitas.»
Fueron días penosos, distintos. Nada funcionaba como debía funcionar. Los clientes se alarmaban: «Corren rumores…» Don. Pablo los tranquilizaba: «Nada importante: problemas domésticos…» Pero era indudable que algo en la empresa se estaba resquebrajando. A veces yo mismo me sentía herido por aquel impacto que los clientes barruntaban. Un largo desfile de acontecimientos internos (que pocos conocían) había ido preparando el terreno para que al fin estallara la bomba. Había estallidos que se fraguaban así: a fuerza de acumular gases pequeños, imperceptibles y solapados. Debieron de empezar a escapar hacía muchos años (quizá desde que los Salcedo eran niños) en forma de rivalidades inconcretas, en los juegos, en sus noviazgos, en sus formas de vida… Todo debía de tener una raíz honda, todo debía de arrastrar resabios, costumbres, influencias: imposiciones acaso involuntarias que lentamente habrían ido fomentando la división de aquellos tres hombres, como si no hubieran nacido de la misma madre, ni hubiesen crecido juntos, ni se hubieran dicho alguna vez que se querían.
Cierta mañana don Alberto y don Ramón se encerraron en el despacho de arriba. Sus voces, aquella vez, no llegaron hasta nosotros. Hablaban bajito, como acaso hablaran los gladiadores entre sí mientras luchaban por sobrevivir. Sin duda esgrimieron palabras rivales, razones opuestas, pretextos distintos y posibilidades ajenas… Uno de los dos debía acabar triunfando.
Naturalmente, triunfó don Ramón.
Palafell fue requerido. Bajó luego a nuestra sección con aspecto cansado.
– Ese don Alberto es un romántico incorregible -nos dijo como si hablara para sí mismo.
Paquito y yo lo mirábamos expectantes, sin chistar, aguardando a que nos diera la noticia:
– Se olvida de que tiene cuatro hijos.
Paquito preguntó:
– ¿No quiere comprar?
– Se resiste. Está empeñado en dividir su fortuna con los hermanos.
– Pues estamos todos listos.
– Confiemos en que don Ramón lo convenza.
Lo convenció. Tenía argumentos sólidos para convencerlo. Había demasiadas responsabilidades en aquel asunto para andar jugando a ser Quijote. Existían unos hijos, una maquinaría empresarial, un peligro de repetir gazapos como el que acababa de producirse. Y don Alberto acabó haciéndose con las acciones de los J. J.