– Esos intentaron mil veces acostarse conmigo. Nunca lo consiguieron. Me asqueaban. Fue uno de los motivos por los que dejé el Banco.
Todo sonaba a razonable, a honrado, a perfecto.
– ¿Y Paquito?
Su rostro dejó de ser un perficlass="underline" quedó frente al mío, enorme por la cercanía, bellísimo por el brillo de los ojos y el suave tinte rosado de las mejillas.
– No me gustan las preguntas -dijo sin perder la sonrisa-. Además, ¿qué puede importar el pasado? Lo esencial es el presente, el futuro: ambos te pertenecen.
Y yo la creí. Era imposible no creerla.
– Todas las noches vendré aquí -le dije-. No habrá ya una sola noche sin ti.
Dejaría La Toya, dejaría a Pedro. Pero Estrella puso objeciones:
– Imposible: no puedo permitirme el lujo de trasnochar. Al día siguiente no sirvo para el trabajo.
– Entonces…
– Los domingos. Todos los domingos serán tuyos.
Cuando el día siguiente llegué al Banco, Paquito se apresuró a abordarme:
– ¿Te llamó, verdad?
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo estaba intuyendo…
– No empieces con tus misterios, Paquito… Detesto ese afán tuyo de hacerte el enterado.
– Al parecer últimamente sales mucho con ese tal Pedro…
– ¿Qué hay de malo en Pedro?
– Todo el mundo sabe que no es ningún santo, Carlos. Cuando lo botaron del Banco por algo sería…
– Yo no sé si Pedro es culpable o no lo es, pero al menos no me suelta esos rollos que sueltas tú sobre la servidumbre humana, la conciencia pública, el despotismo capitalista y el atropello obrero. Si te refieres a que piensa atracarme, te diré que saldrá trasquilado: soy tan pobre como él.
– Atracarte no, pero aprovecharse de ti… tal vez.
– ¿Cómo?
– Eso está por ver. Yo sólo te aviso.
– Conmovedor… Una vez más te sientes paternalista. Muy agradecido, don Paquito.
Callamos bruscamente. El nuevo jefe de sección acaba de entrar en el departamento:
– Buenos días, camaradas.
Se llamaba Escolástico Rodríguez y utilizaba aquel vocablo con notoria asiduidad.
Al principio, Paquito me había dicho: «Ese hombre me cae bien.» Pero en cuanto se enteró de que pertenecía al nuevo partido falangista, cambió de parecer. «No lo entiendo: nos llama camaradas, pero no es de los nuestros.»
Escolástico Rodríguez no era catalán, y su personalidad no podía ser más dispar de la del antiguo jefe. Intentaba tutear a todo el mundo y si alguien daba muestras de ofenderse por el tratamiento, jamás se inmutaba. «Peor para él», decía.
Su simpatía era arrolladora; no tardó mucho en granjearse el beneplácito de todos los empleados. Él aprovechaba la coyuntura para propagar su doctrina política. Decía siempre que España acabaría teniendo solos dos opciones: comunismo o falangismo. «Y eso de Falange, ¿qué diantre es?», preguntaban algunos. «La salvación de España», contestaba Escolástico Rodríguez, y se quedaba tan ancho. Cuando Paquito le oía hablar de aquella forma se ponía nervioso: «Ese hombre desvaría, lo que hay que procurar es la salvación del mundo.» Para él la salvación del mundo nacía en lo que su organización política representaba.
«No sabe lo que dice…», me soplaba por lo bajo Paquito. «Ignora por completo el auge que está adquiriendo nuestra organización. Vas a quedar sorprendido, Carlos, cuando vengan las nuevas elecciones; el triunfo va a ser completamente nuestro.» Así me enteré yo de que pronto (no se sabía aún la fecha) España volvería a pasar por una nueva prueba electoral.
Aquella noche intenté hablar con Pedro, pero no se presentó en La Toya. Me hubiera gustado preguntarle si había sido él quien le aconsejara a Estrella que me llamase por teléfono. «Una muestra de amistad», pensaba.
Llegué a mi casa relativamente pronto. Mi madre dormía. Me costó mucho conciliar el sueño. No sabía exactamente por qué. El domingo próximo se me antojaba terriblemente lejano.
Por fin llegó, radiante, concreto. Un sol nítido y alegre cubría la ciudad y el frío apenas se percibía al filo de sus rayos.
Llegué al piso de Estrella como una exhalación. El resuello agitado, el sol metido en el cuerpo. Estrella me esperaba con la puerta abierta:
– Tus pasos son inconfundibles -dijo.
La abracé, la levanté en vilo, la besé: «Estrella, Estrella…»
Y de nuevo fue el mar, el oleaje y el sordo rugido de aquella felicidad extraña que no parecía tener fin.
Después vino el sosiego y el columbrar hacia la ventana y el pedacito de cielo que se vislumbraba por encima de los tejados:
– Dime, Estrella… Tú conoces a Pedro, ¿verdad?
– ¿Pedro Villalta? Sí, lo conocí en el Banco… Un buen chico.
– Paquito asegura que es un mangante.
– No hagas caso de Paquito: tiene una lengua muy larga.
– El caso es que sabía que tú me habías llamado…
– ¿Quién? Paquito… No podía saberlo. No lo he visto hace mucho tiempo.
– ¿Y a Pedro?
– Tampoco.
Estrella cambió rápidamente de conversación. Me preguntó si estaba contento con el trabajo del Banco:
– Todo lo contento que se puede estar en mis condiciones.
– ¿Te gustaría medrar?
– ¿Cómo?
– Todavía no lo sé… Pero más adelante quizá pueda darte alguna idea.
El lunes amaneció agitado: los hijos de don Alberto visitaron el Banco como solían cuando se aproximaba la Navidad. Don Alberto los presentó al nuevo jefe de sección. Los hereus saludaron, sonrientes, algo más crecidos: «Ésta es mi única hija.» Todavía era pequeña. «Me llamo Alicia.» Y tendió la mano doblando la rodilla izquierda como hacían las niñas educadas por una institutriz. «Buenos días, señor.» Le habían enseñado a saludar así, ceremoniosa y correcta. «¿Y usted, cómo se llama?» Acaricié su mejilla: «Me llamo Carlos Hondero.»
Se fueron, cambiaron de sección: se metieron en el departamento de Cartera. También aquella escena forma parte de los recuerdos que perduran: no es un mal recuerdo; en el fondo viene a confirmar que, a pesar de todo, hubo un tiempo en que yo era inocente: al menos inocente de una culpa concreta.
Aquella noche no fui a La Toya. Salí con Paquito. Se había empeñado en que lo acompañara a tomar unas copas.
Yo no sabía aún lo que pretendía de mí. Imaginaba que deseaba conquistarme para engrosar las filas de su partido.
Le salí al paso advirtiéndole que yo no podía aceptar muchas cosas de aquella doctrina suya: «Me resisto a admitir todo ese cuento sobre la iniciativa privada, el engranaje común y la asociación de iniciativas…»
– Es lo mismo que si te resistieras a que el mundo futuro sea feliz.
– ¿Por qué ese empeño en hacer feliz un mundo futuro (que probablemente ni tú ni yo viviremos), a costa de conseguir que el nuestro sea desgraciado? Además, ¿quién nos garantiza que ese mundo futuro tenga la misma idea que nosotros tenemos de la felicidad?
Paquito se envalentonaba: decía que no se podía ser tan egoísta, que todos deberíamos derramar nuestra sangre gustosos para que en adelante jamás nadie tuviera que derramarla.
– No seas iluso, Paquito… Ninguna generación futura dejará de derramar sangre porque nosotros la derramemos. Sólo se vive una vez, Paquito y quiero ser libre, independiente. Me parece una ingenuidad sacrificar esa libertad por una idea que acaso más adelante resulte grotesca.
– Empiezas mal, Carlos: el individuo nunca puede ser considerado una finalidad. El individuo es un medio, un motivo: lo importante lo constituye la colectividad, la suma de esos individuos.
– No entiendo esa colectividad. ¿Podrías tú explicarme en qué consiste, Paquito? ¿Qué quiere decir esa palabra? ¿Te refieres a un conjunto de seres dirigidos, maniatados y obligados? No, Paquito: yo no quiero pertenecer a un partido que esclaviza.
Paquito se pinzó la nariz, me miró con cierto mohín enigmático y añadió: