– Veremos lo que ocurre con las elecciones -dije yo.
Paquito esbozó una sonrisa tranquila:
– Esta vez no ganarán las derechas. ¿Te olvidas ya de lo que ha dicho el propio Calvo Sotelo: «Prefiero una España roja a una España rota»? Nadie desea una guerra civil.
Lo cierto era que la situación del Gobierno era cada vez más precaria: el escándalo Strauss y Perle le había obligado a perder muchos puntos y la palabra estraperlo empezaba su reinado.
– Te lo dije, Carlos: el bonito sueño derechista se está desmoronando.
La tensión iba siendo cada vez mayor; sin embargo, Escolástico Rodríguez se mostraba optimista:
– La cosa está muy clara: no habrá alternativa. Nuestro partido no precisa elecciones para saber lo que debe hacer…
No acertaba a comprender a qué se estaba refiriendo: lo supe cuando faltaban pocos días para las elecciones. El Año Nuevo había llegado casi de improviso, con su frío sedentario plagando la ciudad de enfermos. Pero el frío me gustaba. Era como una garantía contra el peligro. Los acontecimientos graves solían ocurrir en verano.
Sin embargo, aquella mañana, a pesar del frío, fue verano: un verano tórrido que lo quemaba todo. Recuerdo los hechos a pinceladas: momentos, palabras, sensaciones… Instantes que fueron eternos, se metían cuerpo adentro corroyendo ideas, sentimientos, inclinaciones.
Don Alberto me había mandado llamar a su despacho a eso de las diez.
– Siéntate, muchacho.
Don Alberto hinchaba el tórax, carraspeaba, se apretaba el nudo de la corbata. Luego habló. Tenía que darme un mensaje: el doctor Tramacho estaba enfermo, muy enfermo; un tumor en el estómago. En el fondo se sabía desde hacía mucho tiempo. Pero en boca de don Alberto aquel tumor resultaba implacable: «Tiene los días contados.» Luego añadió lo demás: «No puede salí de su casa…» Me tendió el sobre: «Sus últimas voluntades.» Era extraño oír aquello: don Alberto se comía la erre, pero su forma de hablar era directa y no admitía dudas. «Te ha tansfeído acciones del Banco.» Pensé de pronto: «Soy accionista. El tío Rodolfo me quiere: por eso me regala acciones…» Era lo normaclass="underline" años y años llamándome Carlitos; años y años preocupado por mi porvenir, por mis estudios, por mis trajes… «Pídeme lo que quieras, Carlitos.» Y yo había pensado: «Como Herodes…»
Había algunas cosas que necesitaba aclarar: «Le daré las gracias cuando lo vea.» Don Alberto ponía cara de circunstancias y negaba con la cabeza: «No volveás a velo.» Era difícil imaginar aquello. «Me ha pedido que cuide de ti.» Don Alberto estaba dispuesto a cumplir su promesa: para él, el tío Rodolfo era como un «hermano». Así que, en vista de eso, iba a cambiarme de sección, aumentar mi sueldo y subirme de categoría… «¿Te hace?» Asentí. Había que dejar pasar seis meses; luego me trasladarían al Departamento de Extranjero. Era un alivio pensar que ya no trabajaría con Paquito. Pero el tío Rodolfo iba a morir. Aquello era como una puñalada que hurgaba por dentro. ¿Lo sabría mi madre? Don Alberto insistía: «Es una sección muy buena…» Luego vinieron las instrucciones: no debíamos llamar por teléfono al doctor Tramacho; lo habían incomunicado, no debía agitarse ni emocionarse… Recordé a la señora de las cerezas, a los tres niños de los churros… Por fin iban a confinarlo: por fin iban a ser los dueños absolutos del tío Rodolfo. ¿Cómo soportaría él aquel asedio? ¿Y mi madre? ¿Cómo reaccionaría mi madre? El sobre era grande y abultado. Don Alberto siguió aleccionándome: entre los papeles había también una carta para ella. Pensé: «Será una carta de despedida, larga, desesperada… En ella trazaría caminos, enderezaría posturas… «Bien entendido: no podás tocá el dineo hasta la mayoía de edad…» Y cuando mi madre leyera la carta, todo «sería otra cosa», todo tendría otro enfoque. Después vendría la adaptación; la difícil y descorazonadora adaptación; y los domingos vacíos y la costumbre de no acostumbrarnos a pasar los domingos junto al ventanal del comedor sin él, sin sus comentarios, sin su voz, cada vez más apagada: «Así que ellos han ganado…», murmuré. Don Alberto esbozó una sonrisa embelesada: «Nadie gana», dijo.
Nuestra conversación era una mezcla de palabras sin sentido, pero nos entendíamos. Probablemente don Alberto «sabía». Todo el mundo «sabía aquello». «Va a resultarle muy duro vivir sin él», dije yo. Don Alberto carraspeó como si mi frase se le hubiera atragantado. Palpé el sobre. Parecía un tumor: el del tío Rodolfo. Pero el tío Rodolfo aún vivía. Todavía, en algún lugar de su casa, su corazón latiría y la sangre correría por sus venas y su cerebro pensaría, y su dolor físico sería quizá tan agudo como el que sin duda iba a proporcionarle nuestra separación. «Un desatino», pensé. «Lo han encarcelado.»
Don Alberto debió de adivinar mis pensamientos: «No la culpes a ella.» Probablemente se refería a la mujer de las cerezas: la carcelera, la que había conseguido secuestrarlo: «Al fin y al cabo, es lógico…» Pero la lógica, para mí, era otra. Algo que sólo mi madre y yo podíamos comprender.
Quería marcharme de allí; salir a la calle; percatarme de que no era verano; y de que siendo invierno nada malo podía ocurrirme. Me levanté; la habitación se tambaleaba.
– ¿Manda usted algo más?
Don Alberto fue a hablar, pero se tragó las palabras: quizá temiera herirme. Negó con la cabeza.
– Entonces ¿puedo retirarme?
Me acompañó hasta la puerta. Bajé la escalera con el sobre en la mano. Salí del Banco. Era invierno. La calle continuaba imperturbable, helada, rígida. «Lo peor van a ser los recuerdos», pensaba. En aquellos instantes se estaban agrupando todos en mi cerebro. Cada paso hacia mi casa iba aumentándolos: el queso del comedor, el sombrero jipi, la corbata de lazo, mis pantalones bombachos, la lima que llevaba siempre en el bolsillo, las tijeras con que recortaba los artículos del periódico… También los objetos podían ser crueles cuando perdían la facultad de ser utilizados.
Y sus frases: «Fíjate bien en este paisaje, Carlitos; cuando seas mayor, ya no estará ahí…» Y su risa, sobre todo su risa… Y el modo de mirar a mi madre, y su voz, sosegada, habiéndome de mi padre… Y sus ideas políticas. Su amor a la República. ¿De qué iba a servirle ya todo? Nada: ni su voto, ni su entusiasmo, ni aquel brindis lejano podían devolverlo a la vida.
Restaba lo peor: decírselo a mi madre; entregarle el sobre, repetirle lo que me había dicho don Alberto: «No podemos llamarlo por teléfono, mamá.» Era la consigna, la condición que sin duda había impuesto la mujer de las cerezas… El derecho la asistía. El nuestro se había acabado. Era igual que una deserción. Involuntaria, pero deserción. Algo parecido a lo que había ocurrido aquel día en la Exposición. También aquella vez el tío Rodolfo había desertado de nosotros. ¡Qué bien lo recordaba! Había pasado por nuestro lado sin mirarnos, sin dar muestras de conocernos.
Y los tres niños lo llamaban «papá», y la mujer de las cerezas decía: «Vámonos de aquí, este lugar apesta.»
Pensé: «También ahora nos ha barrido de su vida.» El frío cosquilleaba mis ojos, los irritaba: «No es justo.» Me fijé en los letreros electorales: la propaganda había empezado otra vez. Era una manía endémica eso de votar. Las izquierdas se preparaban a fondo para la gran embestida. Y Paquito me había dicho: «Esta vez no ganarán las derechas.»
En el arranque de las Ramblas, había grupos de gentes discutiendo. Lanzaban opiniones absurdas, fuera de tono: «Yo votaré a Companys, porque fue el presidente de la Generalidad…» «Pues yo votaré a los comunistas porque no quiero ser fascista…» Me acordé de Escolástico Rodríguez: también él opinaba que la cuestión se debatía entre Falange y Comunismo. Para la mayoría, «votar» debía de ser algo parecido a una distracción como ir al teatro o presenciar una corrida de toros. Había también opiniones burguesas: no confiaban en Gil Robles: «Si gana, nos dará un zarpazo.» No le perdonaban que formase un bloque con Lerroux. Todo aquello resultaba tremendamente frívolo, pedante, infantil. Nada tenía valor al lado de la noticia que acababa de darme don Alberto: «El tío Rodolfo se está muriendo.» Eso sí que era un problema de adulto: un problema serio. Como yo. También yo me sentía repentinamente adulto, viejo y desengañado. Me notaba envejecer a medida que avanzaba hacia mi casa. El sobre me pesaba. Lo sentía pegado a mis manos por un sudor frío: «Las últimas voluntades, la carta, los consejos, las disposiciones postreras.» Luego… ¿Qué vendría después? Me acordé de Estrella. También ella era una especie de tumor…