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De pronto hubo un toque de alerta. La frase de José Antonio recorría la península de cabo a rabo: «Si el resultado de las elecciones es contrario a los intereses de España, Falange no acatará el resultado de las urnas.» Era algo más que un aviso: era un desafío. Y recordé lo que hacía pocos días me había dicho Escolástico Rodríguez: «Nuestro partido no precisa de elecciones para saber lo que debe hacer.» Ambas frases coincidían, se enraizaban el mismo tronco.

A pesar de todo no hubo comunismo, pero ganaron las izquierdas. Azaña formó Gobierno con los elementos moderados: la vida proseguía, el temor se debilitaba, la gente regresaba del extranjero. Y las acciones en la Bolsa volvieron a subir.

Cierta mañana de marzo, don Alberto me reclamó de nuevo en su despacho. Me indicó que me sentara. Tensó las mandíbulas. Dijo escuetamente:

– Ha fallecido.

Allá, tras el balcón, empezaban los trinos de los pájaros, los brotes de los árboles, el vocerío de los transeúntes que barruntaban la primavera… Y el cielo apenas tenía nubes.

– Esta noche sale la esquela.

– ¿Cuándo ha muerto?

– Hace un momento.

«Pronto llegará el verano», pensé. «Ha muerto por eso…» A pesar de todo había una diferencia grande entre imaginarlo muerto o «saberlo» muerto.

– ¿Puedo irme?

– Vete, hijo, vete.

Me daba palmadas en la espalda, sus ojos aguanosos, tremosos sus labios.

– Mañana no vengas -añadió.

Cuando entré en mi casa, mi madre salía de su cuarto. Nos quedamos los dos en el pasillo, paralizados, incapaces de reaccionar. No hubo necesidad de decírselo. Lo comprendió en cuanto escuchó la llave de la puerta. La abracé. Lloraba. También yo lloré.

La esquela decía: «…habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica de Su Santidad…» Me acordé de sus diatribas, ya lejanas, contra los curas, contra todo lo que, según él, suponía retroceso. Me acordé de sus afirmaciones: «Supersticiones, lacras, infantilismos…» Pero al morir había querido volver a todo aquello.

¿Por «si acaso», o por convicción? Era difícil saberlo.

Le prometí a mi madre que asistiría al entierro. Fue nutrido. En el acompañamiento había un número considerable de sacerdotes, de personajes con levita, de guardias engalanados. Era un entierro vistoso con caja sólida, carruaje de primera y remolques repletos de coronas, arrastrados por caballos empenachados con plumeros negros.

Allá en la presidencia, destacaba el hijo (aquel ex niño que se llamaba Rodolfo, como él y que una tarde había comido churros en la Exposición). Iba con el semblante sombrío, enlutado, recién afeitado.

Llegué hasta el cementerio. Sabía que mi madre me agradecería aquel detalle. Tenían panteón familiar: grande, barroco. Se rezó un responso; sus voces sonoras y lúgubres (de barítonos inexpertos) salmodiaban quejicosas súplicas para su alma.

Vi a don Alberto: iba con sus tres hijos; el gesto contraído, los pasos solemnes y lentos. Don Alberto lo quería: habían sido amigos. El doctor Tramacho era el médico de la familia. Probablemente infinidad de veces había atendido a aquellos niños cuando estaban enfermos. Pero el doctor Tramacho ya no existía. Todo en él había terminado. Fin de la gran representación Tramacho. Fin de sus ideas políticas, de sus ideales, de sus rebeldías, de sus fobias y de sus filias… de sus enfermos y de sus curados. Pensé que nadie volvería a hablarme de mi padre. Y tuve la impresión de que mi padre volvía a morir, que una nueva peste se lo había llevado.

El ambiente olía a mimosas, a retama, a brisa salobre. Era un aroma denso que se apelmazaba en los pulmones y cosquilleaba los ojos. Intenté recordarlo cuando lo había visto por última vez. No conseguí evocarlo. Me lo impedía la presencia de aquel muchacho alto que se parecía a él y que, junto con los familiares más allegados, estrechaba manos y daba las gracias.

Pensé en unirme a la comitiva, me atraía estrechar la mano de aquel chico… No lo hice. (Lo hice muchos años después, cuando Sofía y Carlota se acercaron por primera vez al altar del colegio para comulgar.) Ignoraba cuál sería su reacción. Temí que dijera como su madre: «Este lugar apesta.»

El despliegue de lujo me ofendía. El tío Rodolfo no se había parecido a su entierro. Nunca había sido así: ampuloso y abigarrado. El tío Rodolfo era hombre de nicho, de caballos sin plumeros y de carruaje sencillo. «La familia no lo entendía», pensé. Tal vez por eso se habría refugiado en nuestro ambiente. Pero aquella suposición no me convencía. Debía de haber algo más: algo más fuerte que su afán de simplicidad.

Los hijos de don Alberto también vestían de negro (entonces los entierros eran duelos de verdad). Avanzaban junto a su padre tiesos, obedientes, centrados en su papel, arrastrando, como siempre, aquel extraño halo fantasmal que tanto llamaba mi atención cuando visitaban el Banco.

Los tres miraban de frente, silenciosos, sin mostrar interés por nada, como si estuvieran allí por derecho propio, como si todo aquello les perteneciera. A veces dirigían la vista hacia el mar y era como si sus ojos fueran azules sólo por eso: porque el mar se estaba reflejando en ellos.

Al regresar, me sentí decaído y achicado. Tenía las cruces del cementerio grabadas en la retina. Metí la llave en la cerradura y entré en el piso. Anduve, silencioso, hacia el dormitorio. Quería retardar el encuentro con mi madre. La suponía en la cocina, o en el comedor, o acaso en la vivienda de la vecina. En aquellos momentos también mi casa era un panteón: un lugar inhóspito, sin vida, frío, lúgubre como el hueco donde habían metido el cuerpo del tío Rodolfo.

Una luz muy tenue parpadeaba por la rendija que formaba la puerta entreabierta del cuarto de mi madre. Me detuve frente a ella. La vi allí, frente a la imagen policromada, arrodillada y rezando. La luz de la lamparilla suavizaba la contracción de sus facciones. Era un espectáculo nuevo, incomprensible, totalmente inverosímil.

Estuve a punto de acercarme a ella, sacudirla y preguntarle por qué hacía aquello. Pero me deslicé, sin hacer ruido, hasta mi cuarto. Me encerré allí. El muro que siempre nos había separado parecía agigantarse. Era ya un muro inexpugnable. Tenía la impresión de que el tío Rodolfo se la estaba llevando con él a regiones inaccesibles: lugares legendarios que sólo ellos dos hubieran descubierto. «No tienen derecho», pensaba. Me estaban dejando solo. Más solo que nunca. Me sentía estafado, saqueado y burlado. Era inverosímil e insólito que mi madre claudicara de aquel modo. «¿Por qué?» Todo era un gigantesco porqué, todo se entrelazaba al absurdo, al incómodo malestar de «no comprender», de «no admitir», de «no participar».

Al poco rato escuché sus pasos. Salí a su encuentro.

– No te he oído llegar -dijo.

Parecía serena: sus ojos no acusaban rastro de lágrimas. No me atreví a confesarle que la había sorprendido rezando. Dije solamente:

– Todo ha ido bien.

También aquella frase mía era absurda. No había razón para que las cosas fueran mal.

– Así que ya lo han enterrado.

Fue lo único que comentó. Después añadió que iba a preparar el almuerzo.

A partir de aquel día, mi madre dio un cambio grande. No sabría decir exactamente en qué consistía. Aparentemente todo seguía igual. Sin embargo, no lo era.

Por lo pronto ya no tenía miedo. Apenas hablaba de política. Y cuando lo hacía era para referirse a temas particulares, aislados y urgentes.

Salía de casa muy temprano, la cabeza cubierta por una mantilla. Volvía luego para prepararme el desayuno. Era evidente que había ido a la iglesia. Hasta su forma de andar era otra. Caminaba con esfuerzo, como si intentase abrirse paso por un bosque enmarañado, o como si estuviera escalando un monte enhiesto. Nunca preguntaba. Lanzaba ideas inconcretas, vaguedades que en vano pretendían convencerme: «Hay que perdonar», o bien: «La mayor parte de los conflictos nos los creamos nosotros mismos.» Razones que parecían sentencias y que ella aprovechaba para colar intrusamente en nuestras conversaciones.