Выбрать главу

Angelina la visitaba con frecuencia. Eran dos viudas que se entendían, que se encontraban bien juntas, que procuraban camuflar su dolor en el discurrir cotidiano. Mi madre ya no trabajaba (llevaba varios años prescindiendo de la tarea que había presidido mi infancia), sólo cosía para ella, para la vecina y para Angelina.

«Una buena persona», decía mi madre cuando se refería a la viuda de Palafell.

Debía de serlo. Lo ignoro. Hace mucho tiempo que no llego a captar la maldad o la bondad de las personas. Hace mucho tiempo que me cuesta catalogar a la gente entre buenos y malos. Yo diría que nadie es decididamente bueno o malo: depende de los momentos, de las circunstancias, de las frustraciones o del miedo.

Entonces Angelina era para mí «la amiga de mi madre», la compañera de fatigas, capaz de rellenar un poco el hueco que en ella había dejado el tío Rodolfo.

Luego fue mucho más. Luego fue el refugio, la heroína, la salvación y la vergüenza de mi vida.

A medida que el tiempo pasaba, Angelina parecía rejuvenecer. Continuaba vistiendo luto (hubiera sido mal visto que una viuda de entonces buscara alivios demasiado pronto), pero su semblante desmentía la oscuridad de su indumentaria. Era ya una cara llena de colores, de vivacidad, de futuro. Cuando entraba en mi casa, todo parecía alegrarse. Tenía una conversación desenvuelta, salpicada siempre de agradecimiento: «Fueron ustedes tan buenos con el pobre Jaume…»

Le gustaban las flores: jamás entraba en el piso sin traernos un ramito: «Pensar que ya tenemos la primavera en la ciudad…» Decía cosas así: frases alentadoras que nos dejaban un regusto a consuelo.

Un día nos habló de don Pablo. Nos confió el gran secreto. «Nadie en el Banco lo sabe: únicamente don Alberto y mi pobre Jaume conocían la verdad.» Mi madre, al oírla, se quedó algo avergonzada. Le costaba creer lo que Angelina nos decía. Entonces aquellos casos eran muy raros y despertaban recelos. «Es una buena persona… Pero no se veía con ánimo para ejercer su ministerio. Colgó los hábitos y se echó a vivir.»

– Así que don Pablo es sacerdote.

– De pies a cabeza.

– Pero… ¿Cómo hizo eso?

– Fue leaclass="underline" no podía mentir. Le faltaba vocación. Lo metieron en el seminario cuando era muy niño.

Recordé las diatribas de los J. J., sus continuos ataques contra don Pablo, la paciencia con que aquel hombre lo soportaba todo.

– ¿Fue por culpa de una mujer? -preguntó mi madre.

– Nadie lo sabe. Lo cierto es que don Pablo lleva una vida intachable. Nadie puede poner en entredicho su reputación. Lo único que hace es inhibirse, pero continúa practicando.

A Angelina le gustaba hablar de don Pablo. Era su gran tema: «Jamás lo hubiera dicho si no tuviese la seguridad de que ustedes van a callarlo.» Al parecer don Pablo vivía en Valladolid cuando decidió secularizarse. Por eso cambió de lugar y se vino a trabajar a Barcelona. «Un amigo de Jaume lo conocía. Habló con don Alberto y sustituyó al director difunto.»

Era extraño imaginar a don Pablo con sotana. Más extraño que imaginar a un cura dirigiendo el Banco.

Cuando volví a verlo, después de saber la verdad, me costó mucho contener mis reacciones. Aquel día había dado orden de cancelar todas las visitas: el presidente de la República había sido destituido y todo el mundo andaba soliviantado. Intuía la alarma que iba a cundir entre los clientes. De nuevo los tres jefes se reunieron en el despacho alto: deliberaban, discutían… Al bajar iban los tres con aire circunspecto, sus iniciativas exprimidas, la incertidumbre escrita en los rostros.

Paquito me sopló por lo bajo:

– Eso se acaba, ¿te has fijado en la cara de don Peca-Cura?

Recordé la promesa de don Alberto: «Pasados seis meses te cambiaré de sección…* Faltaba la mitad del plazo para ingresar en el Departamento de Extranjero. Me regodeaba pensando en mi ascenso: la sección que iban a destinarme me seducía; mi futuro jefe era un hombre agradable, apolítico, desenvuelto y servicial. Luego, cuando los años pasaran, me trasladarían sin duda al departamento de Cartera… Mi escalafón había comenzado. Nada podría impedirlo. Todo se reducía a trabajar, a ampliar mis estudios, a mostrar interés por lo que hiciera.

Era bonito soñar con aquel futuro. Aunque los agoreros dieran en decir que el futuro de España era incierto, yo no podía aceptarlo. El mío estaba allí: en mi sangre, en mis latidos. Nada ni nadie podría arrebatármelo.

Sin embargo, don Alberto vivía atemorizado. Decía que iba a mandar a la familia fuera de España. Don Pablo lo tranquilizaba: «También el año pasado hubo alarma y, ya vio usted: no pasó nada.»

Hubo cambio de presidente, pero los trinos de los pájaros proseguían. Incluso, al atardecer podían escucharse sus gorjeos.

Eran sonidos añejos e inofensivos que sosegaban el ánimo y avivaban los deseos de respirar. Angelina se aferraba a aquellos gorjeos para justificar su eterno optimismo: «Da gusto pasear por las Ramblas y escucharlos.»

Pero un día fue verano.

Cayó sobre la ciudad de improviso. En el patio de mi casa, la ropa tendida chorreaba sobre un pavimento cálido y seco. Sin embargo, había humedad. Una humedad abrasante como el fuego dantesco. No se sabía si la piel sudaba o si el relente metía el sudor hacia dentro.

Por la abierta ventana de mi cuarto, entraban efluvios de otras ventanas: eran mezclas familiares de cuerpos humanos, zotal y tabaco.

Así empezó todo: con calor. Un calor agobiante que la gente llamaba canícula.

Primero fue la muerte del teniente Castillo. Después la de Calvo Sotelo.

Y la vorágine, el laberinto. Era un viernes destemplado, ceniciento, de pulso desbocado. Los comentarios se transmitían en voz baja como si en la habitación de al lado hubiera un enfermo grave al que fuera preciso atender enseguida para que no muriese.

Se fraguaba algo solemne en aquel siseo continuo y en aquel pisar silencioso. La suspicacia general crecía. Y la desconfianza aislaba a todos.

El sábado amaneció como un día cualquiera. A pesar de las noticias y de los rumores, la gente circulaba por las calles, convencida de que «no iba a pasar nada». Se decía que en la Generalidad se convocaba a los escamots y a las juventudes de la esquerra para defenderse de un posible desorden. También se rumoreaba que en Marruecos había «algo» y que convenía vivir alerta para afrontar una inminente sublevación militar.

Aquel día Angelina nos dijo que los anarquistas estaban asaltando los barcos mercantes anclados en el puerto para hacerse con algunas armas…

– Pero no hay que preocuparse: Companys no tolerará que Cataluña caiga en manos de la F.A.I. o de la C.N.T.

Todo me parecía confuso y tremendamente contradictorio.

Al atardecer, me llegué hasta el puerto. Había una actividad desusada en aquella zona.

Funcionaban remolcadores, grúas, carros…

Y el calor era cada vez más pegajoso.

A pesar de todo, la ciudad era bonita. Nunca como entonces me había sentido tan unido a ella.

Vi el mar: necesitaba verlo. Cada vez que lo tenía delante, algo en mí se sosegaba. Una calma angustiosa cubría la superficie. Las gaviotas revoloteaban agitadas sin atreverse a planear. El sol achicharraba el pavimento, las fachadas del paseo de Colón, los tejados de Atarazanas…

Me pregunté qué estaría haciendo Estrella: era duro saber que nunca volvería a pasear con ella por el malecón. Era duro saber que, a pesar de lo mucho que la odiaba, continuaba acordándome de ella.

Al regresar, mi madre me advirtió:

– No debiste salir. Es muy expuesto. La vecina asegura que esta vez no es como las otras. Ella tiene buena información: su marido trabaja en la Generalidad.

Me dijo entonces que Companys estaba hecho un lío, que los acontecimientos lo habían desbordado: