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– Deberías meterte en la cama…

Cuando llegó Angelina, entró en el comedor con aire compungido. Lo dijo bruscamente:

– Han muerto los tres hijos de don Alberto.

Mi madre se levantó oscilando. No pronunció palabra. Se acercó al ventanal. Miraba el patio, la espalda encorvada, la tos sofocándola.

Tras ella, el patio recogía una luz débil. Angelina me miró de aquel modo suyo: absorbente y penetrante.

– ¿Por qué? -pregunté.

Comprendí enseguida que los habían matado. Pero Angelina se resistía a admitirlo. Había dicho «han muerto» por eso, para no confesar la verdad de aquel crimen, como si las muertes a grupos fueran naturales.

– Corren varias versiones…

– Dímelas todas.

Angelina partía el pan, sus manos inseguras, su voz quebrada. Y mi madre continuaba inmóvil, la espalda curvada, la tos sofocada.

Me acordé de la fotografía que descansaba en la mesa de don Alberto, de sus visitas al Banco, de su paso por el cementerio mientras enterraban al tío Rodolfo. El por qué estaba allí: en todos aquellos recuerdos. Habían muerto por eso: porque su destino era morir siendo niños.

– Buscaban al padre -admitió Angelina-. Y como no dieron con él, se llevaron a los hijos.

«Han matado a tres muertos», pensé. Pero Angelina insistía:

– Al parecer intentaron defenderse…

– ¿Cómo?

– Algunos dicen que disparaban contra las fuerzas gubernamentales…

– ¡Basta! -le grité.

No podía resistir tanta fantasía, tanta suposición estúpida. ¿Cómo era posible que tres muertos disparasen contra los vivos?

– Los han encontrado en Montjuich con otros cadáveres.

El pan continuaba en la mesa: desmigado, partido. Y Pola dormitaba a los pies del ventanal.

– Perdóname, Angelina, no puedo hacerme a la idea…

– Es lógico -contestó ella-. Tampoco yo puedo admitirlo. Afortunadamente, Jaume no ha vivido este horror. Los quería como si fueran sus hijos.

Mi madre se volvió hacia nosotros: estaba pálida y tenía los ojos hundidos:

– ¿Qué ha sido de la niña…?

– La dejaron con la madre.

– ¿Y el padre? ¿Dónde está el padre?

– Nadie lo sabe. Tal vez pudiera escapar de España.

«Se acabó el apellido Salcedo -pensé-. Se acabaron las visitas al Banco.» Imaginé el horror de aquel hombre cuando se enterase de lo ocurrido. Angelina lloraba. Tenía un llanto menudo, seguido y apagado.

– No puedo más -dijo mi madre-. No puedo soportarlo.

Tropezó con la silla y me apresuré a cogerla para que no cayera. Ardía. Temblaba.

La llevamos a la cama. Angelina la ayudó a desnudarse.

– Será preciso avisar a un médico -le dije a Angelina-. Mi madre lleva demasiado tiempo enferma.

Era difícil en aquellos momentos encontrar un médico. La mayoría habían sido reclamados para ir al frente o para asistir a los heridos en los hospitales. Muchos de ellos habían sido amenazados: tenían la obligación de delatar, de justificar sus visitas a domicilio y de poner en conocimiento de la autoridad cualquier cliente sospechoso.

– No quiero médicos -balbució mi madre-. Quiero un sacerdote.

Fue así como volví a encontrarme con don Pablo Daniel.

A veces, cuando rememoro aquellos días, tengo la sensación de que todo lo que ocurrió en el estrecho ámbito de aquel piso fue sólo una burla: un modo de hacernos comprender hasta qué grado de insensatez puede llegar el hombre.

Todas las teorías se disolvían al roce de aquella realidad absurda.

Mi madre quería un sacerdote: «Años y años despotricando contra el clero para llegar a eso; precisamente cuando los curas se escondían y los mataban y los encarcelaban.» Angelina no se inmutaba. Angelina tenía recursos para todo: «Conozco el lugar donde se esconde don Pablo…» A mi madre ya no le importaba que fuera un cura renegado: «Tiene la obligación de escucharme, y absolverme.» Creía de verdad que iba a morir. «Necesito reconciliarme con Dios, Carlitos, lo necesito…»

También el tío Rodolfo debió de necesitarlo a juzgar por la esquela: sólo que entonces los curas no precisaban esconderse como ocurría en aquellos momentos.

Angelina consultó conmigo: «No conozco más cura que don Pablo.» Sabía también dónde se había escondido: «Lo andan buscando: el comité ejecutivo lo reclamó para reorganizar el Banco y, al no presentarse, indagaron: supieron lo que era. El comité lo busca por traidor.» No era sólo la deserción del Banco lo que aquel hombre debía purgar: era algo más: era su anteayer oculto, su sello grabado al fuego, su flagrante delito de «haber sido».

Angelina salió a buscarlo. Temí que se negara. Pero mi madre continuaba repitiendo: «Lo necesito; tiene la obligación de escucharme y absolverme, aunque no crea, aunque reniegue de su fe.»

Lo vi entrar en la casa de Angelina convertido en un remedo de sí mismo: iba sin corbata, sin chaqueta, el pantalón arrugado… Me tendió una mano helada y se fue directo al cuarto de mi madre. Tardó en salir de allí: Angelina estaba nerviosa: jugaba con las migajas que había en la mesa, recogía el pan, hablaba de la comida que aguardaba en la cocina. Y yo no sabía qué actitud adoptar: la vida se me antojaba un manojo de contrariedades, de situaciones ilógicas, de hechos consumados que jamás deberían haberse producido.

Después vino nuestra conversación; aquella extraña conversación en mi cuarto, rodeados de un silencio que parecía bramar y de unas paredes empapeladas con las obsesionantes flores que lucían en el pasillo. «Gran mujer tu madre, Carlos…» Había cumplido la misión de confesarla como si fuera un cura cualquiera y ni siquiera le parecía anormal lo que acababa de hacer. Parecía cansado: tenía los ojos hundidos «como una señal más de su rostro», pensé. Y volví a recordar el mote que le habían puesto los J. J.

Don Pablo se sentó en mi cama: «Bueno: ahora ya lo sabes todo sobre mí.» Se llevó una mano a la frente y suspiró hondo. Luego alzó la vista y me espetó directamente:

– Supongo que te habré escandalizado.

No contesté. Era difícil contestar aquella frase. Hay momentos en que uno no puede discernir dónde empieza y dónde acaba el escándalo. Me acordé del padre Celestino. Le hablé de éclass="underline" «Siempre nos decía que un cura jamás dejaba de serlo aunque renegara de su condición.» Don Pablo esbozó una sonrisa:

– Hasta en el infierno sigue siendo cura.

Fue entonces cuando le expliqué lo que me había dicho cuando lo expulsaron de España: «Se creía culpable: no podía con su culpa; sin embargo, era inocente: Yo había perdido la fe por causas ajenas a su propia intervención…» Don Pablo trocó su sonrisa en ceño: «Yo, en cambio, me sentía inocente siendo culpable. Eso es peor, Carlos, mucho peor: cuando se descubre esa anomalía, la culpa no deja vivir.»

Le ofrecí un cigarrillo. Lo encendió:

– No sabes cuánto te lo agradezco: llevo mucho tiempo sin fumar.

Después de la primera chupada bajó la vista:

– Perdóname -dijo-. No creo que mi ejemplo haya servido para devolverte la fe.

No supe argumentarle. Me causaba disgusto verlo tan hundido. Don Pablo continuó hablando:

– Comprendo tu desorientación. Es lógica. Si nos diéramos cuenta… Es mucha responsabilidad la que contraemos…

Cuando terminó el cigarrillo, lo aplastó contra el cenicero.

– Estoy marcado -dijo-. Como esto -señaló su cara-. Estoy marcado de viruelas y de órdenes sagradas.

Intentó reír su propia frase. Cruzó las manos y continuó hablando:

– Procuré olvidarlo durante varios años. Al principio era todo fácil. Me sentía liberado. Creía de buena fe que mi destino era el que había elegido libremente… Luego empezaron las dudas. No el tipo de dudas que te asaltaban a ti: al contrario. Eran otras muy distintas. La duda de haber fallado, de haber equivocado el camino de mi supuesta libertad…