– ¿Tanto lo querías?
– Era mi marido. Era inteligente. Era bueno.
– ¿Sólo por eso?
Angelina se aferraba a mí, me besaba:
– Creo que no he sabido lo que era el amor hasta que te he conocido a ti.
– ¿Te das cuenta de que podrías ser mi madre?
Angelina frunció el entrecejo y sus ojos parecieron hundirse entre las bolsas de los párpados:
– No debiste decirme eso, Carlos. Es un insulto. Cuando hay amor, no hay edades.
La palabra amor me preocupaba. Yo nunca le había hablado de amor. Pero ella siempre andaba citando aquella palabra. «Jamás he amado a un hombre como te amo a ti.» La frase iba resultándome cada vez más plúmbea y apelmazada. Pero la olvidaba en cuanto Angelina caía en mis brazos. Ni siquiera se me ocurría pensar en la contradicción que suponía actuar con ella con la misma pasión con que había actuado con Estrella. Era como si, al tenerla en los brazos, la pasión se desligara de cualquier sentimiento, como si únicamente el instinto tuviese importancia.
Por entonces la enfermedad de mi madre estaba ya en franca decadencia. Pero Angelina no le permitía levantarse de la cama: «Has estado muy grave y debes cuidarte. Las convalecencias suelen ser traidoras.»
Le llevaba libros de la calle para que se distrajera, le preparaba, caldos apetitosos, le inventaba labores para que pudiese ocupar sus horas en algo útil.
– Jamás nadie me ha cuidado tanto como tú.
Ignoraba la razón de todo aquello: no podía saber lo que Angelina ocultaba tras sus atenciones. Y al comprobar la indiferencia con que yo observaba sus desvelos, mi madre se inquietaba:
– Deberías mostrarte más amable con ella, Carlitos… Esa mujer es una santa.
Cierto día no pude más y le solté lo que pensaba:
– Angelina es una pelmaza, mamá.
– Por favor, Carlitos: no hables así. Podría oírte.
Mi madre tenía razón. Angelina empezaba a espiarme. Desconfiaba de mí. Cualquier movimiento mío, cualquier frase dicha al desgaire, cualquier mirada mía la ponía en guardia. Era una reacción innata. Algo que no podía evitar. Me examinaba: desmenuzaba mis reacciones, las analizaba, las convertía en un motivo de reproches:
– Estás cambiando, Carlos.
Al principio no le respondía. Me limitaba a besarla para que se tranquilizase.
Hasta que un día empezó el duelo.
Era una tarde lluviosa. Tras el ventanal de su cuarto podía escucharse el persistente goteo del patio. Recordé el patio de mi casa y me dije que estaría inundado. Sentía nostalgia de él. Allí, cuando llovía, el sonido era distinto: el agua que se filtraba por la claraboya rota caía en forma de charco hasta el piso bajo.
– Antes eras distinto -dijo ella.
– ¿Se puede saber en qué he cambiado?
– No lo sé. Pero el instinto me dice que ya no soy la misma para ti.
Empecé a alarmarme. Angelina quería más. Mucho más. No le bastaba mi cuerpo. Quería también algo que jamás podría darle.
– Estás ausente. Como si pensaras en otra, como si yo no te importase.
Se empeñaba en sondear mi cerebro, meterse en él, hurgar mi intimidad:
– Serás fantasiosa… Creo haberte dado pruebas suficientes…
– No me bastan.
– ¿Qué pretendes entonces?
Angelina se volvió hacia un lado y empezó a sollozar:
– Vamos, mujer… No seas niña…
Entonces ella dijo una solemne idiotez:
– Ayer me fuiste infiel, Carlos. Estoy segura.
Rompí a reír:
– Se necesita ser tonta. ¿Cómo voy a serte infiel si no salgo de esta casa?
– Se puede ser infiel con el pensamiento… No me contradigas. Ayer deseabas marcharte, salir a la calle… Huir de mi casa.
– Eso lo pienso siempre.
– ¿Te gustaría dejarme?
– Dejarte no, pero ser libre sí.
– ¿Qué harías si salieras? ¿Buscarías a otra mujer?
– No lo he pensado. La posibilidad es muy remota. Por ahora me tienes encadenado.
Volvió a arrebujarse contra la almohada. Mis palabras aumentaban su llanto, la encogían… Era desagradable ver aquel dorso desnudo lleno de huesos. Era imposible sentir lástima de aquella columna vertebral tan descarnada y macilenta.
– Nunca creí que pudieras ser tan cruel -decía entre sollozos.
Empecé a comprender entonces que no sólo no la quería, sino que la detestaba: por fea, por cursi, por vieja.
– Al fin y al cabo, no he sido yo quien te ha seducido, sino tú a mí. La culpa es tuya.
– Te quería.
– Una mujer de cuarenta y dos años no tiene derecho a enamorarse de un hombre joven. Es peligroso, Angelina. Se expone a caer en ridículo.
Se volvió hacia mí bruscamente, la sábana arrugada bajo sus manos, el busto cubierto por ella, los ojos más saltones que nunca:
– ¿Cómo te atreves…? De modo que yo he caído en ridículo…
– Yo no he dicho eso.
– Pero lo piensas… A veces puedes ser odioso, Carlos.
Se enjugó las lágrimas y me dio un manotazo:
– Vete. No quiero tenerte al lado. Vete a tu cuarto.
La obedecí. Su voz me seguía: «Aunque te arrastres, aunque me supliques, jamás volveré a ser tuya, jamás…»
– Peor para ti -le dije. Y cerré la puerta al salir.
Aquella noche soñé que me liberaba, que me iba al frente. Al despertar, el sueño continuaba vigente. El frente era ya mi único recurso, la obsesionante necesidad de marcharme de aquella casa, de no volver a ella jamás. Sabía dónde tenía que dirigirme para alistarme. Todo era cuestión de decidirme.
Después, cuando llevara algún tiempo allí, me pasaría al bando contrario. Según rumores, muchos lo hacían.
Encontré a Angelina en la cocina preparando el desayuno.
– Buenos días.
No contestó. Tenía los ojos más hinchados que de costumbre y se comprendía que había pasado la noche en blanco.
Cuando nos quedamos solos, mi madre me habló de ella:
– ¿Qué le pasa a Angelina? Apenas ha pronunciado palabra. Parece triste.
– Será de tanto mirar al patio.
– No habrás estado grosero con ella…
Desvié la pregunta. Le dije:
– No soporto más este cautiverio: quiero marcharme, mamá.
La vi palidecer. Ponía la misma cara que tanto me había asustado cuando cayó enferma:
– No lo dirás en serio, hijo mío.
Procuré suavizar mi frase:
– Son ideas que se me ocurren…
– No lo hagas, Carlitos: te lo suplico: no lo hagas. Comprendo perfectamente que éste no es un lugar muy agradable para ti… Pero estamos en guerra y todos los sitios son malos. Ten paciencia, hijo…
Era duro verla tan asustada. Le prometí que no me iría sin avisar. Pareció calmarse.
Aquel día Angelina apenas estuvo en casa. Prácticamente lo pasó fuera de ella. Había dejado la comida preparada en la cocina para nosotros… Entonces me acordé de Estrella, de sus represalias por lo que le había hecho, y tuve miedo. «Será capaz de delatarnos…» Nadie podía saber lo que una mujer despechada y vieja era capaz de hacer para vengarse de su amante al sentirse traicionada.
Charlé con mi madre mucho rato. Me sentía culpable por lo que acaso le sucediera. La imaginaba de nuevo enferma, desamparada, perseguida por aquel fantasma híbrido que había destrozado nuestra casa…
De pronto tuve la impresión de que Angelina era una desconocida, un ser con el que me había acostado sin tener la menor idea de cómo era: «Lo mismo que me pasó con Estrella.»
No empecé a sosegarme hasta que pude hablar con ella. Aguardé a que mi madre durmiese. Luego llamé a la puerta de su cuarto:
– Vengo a pedirte perdón.
La encontré en bata, cepillándose el cabello ante la coqueta. Recuerdo que llevaba varios días sin teñírselo y se le veía una raya blanca en torno a la frente. Angelina me miró a través del espejo, todavía desconfiada: