– Estaba segura de que volverías -dijo triunfante-. Empiezo a conocerte, Carlos: eres un vicioso.
La infeliz creía, de verdad, que la deseaba. No comprendía que lo único que me había impulsado a llegar hasta ella era el miedo.
– Tienes derecho a insultarme -le contesté cabizbajo, como si estuviera arrepentido-. Lo merezco.
Dejó el cepillo en la repisa y se volvió hacia mí.
– ¿Qué te ocurrió? -preguntó-. ¿Por qué me trataste de aquel modo?
– Estaba nervioso. No sabía lo que decía. Tú sabes cuánto me gustas. Te he dado pruebas de ello.
– Pero no me amas.
– ¿Cómo quieres que te lo demuestre?
– Diciéndomelo. Dime: Angelina, te quiero. Me bastará.
Casi me daba pena verla aferrada a una ilusión tan quimérica. Me acerqué a ella, la cogí en brazos, la besé. Le dije:
– Angelina, te quiero. ¿Me crees ahora?
Me creyó. O al menos fingió creerme. Y yo volví a respirar sosegadamente hasta que las fuerzas se me acabaron.
Pero su presencia era ya una tortura. Todo en ella me asqueaba. Las bolsas de sus ojos, su incesante repetirme que me quería, que no podía vivir sin mí… su columna vertebral, cada vez más descarnada, las clavículas prominentes que se empeñaban en abultar más que los senos, su cuerpo de mujer madura, su olor agrio a hembra mal lavada… Era duro hacer el amor con un ente semejante. Era casi peor que saberse perseguido. A veces me sentía incapaz… Entonces cerraba los ojos, pensaba en Estrella:
– ¿Cómo era aquella mujer? La que pegaste, ya sabes: la que os buscaba para vengarse de lo que le habías hecho.
Era indudable que Angelina tenía el don de horadar mi pensamiento.
La describía distinta, la transformaba, para que no intuyese quién era. Tal vez el señor Jaume le hubiera hablado de Estrella, tal vez Angelina hubiera llegado a conocerla. Decía siempre: «No valía gran cosa…» Me aterraba pensar que pudiera saber la verdad.
– ¿Cómo se llamaba?
No titubeé. Cualquier fallo podía ponerme en evidencia:
– María Rodríguez.
– Tú la querías, ¿verdad?
– Por favor, Angelina, no empecemos.
Pero los celos retrospectivos podían más que su aguante. La sacaban de quicio, la volvían belicosa.
– Eres un farsante -acabó diciendo-. Te acuestas conmigo para cumplir: sólo por eso.
La tensión crecía.
Fueron días incómodos, desabridos. Era como si todo lo que aquella mujer nos estaba dando: cobijo, seguridad, alimentos, fueran simples canjes para conseguir mi juventud, mis derechos humanos, mi dignidad.
Lo peor era la ignorancia de mi madre; sus continuas advertencias para que me mostrase atento con ella, para que fuese amable y agradeciera lo mucho que estaba haciendo por nosotros.
Mil veces estuve a pique de decirle a mi madre: «No te preocupes, mamá, esa mujer se cobra con creces lo que nos está dando.» Pero me frenaba la vergüenza.
Hasta que un día surgió el estallido.
Era ya noviembre: hacía pocos días que el Gobierno legal se había establecido en Valencia. Los rebeldes ganaban terreno y la obsesión de pasarme al bando contrario era cada vez mayor.
El desvarío senil de Angelina iba volviéndose insistente: sobre todo desde que mi madre circulaba por la casa. Los días ya no eran totalmente suyos; había que aguardar a la noche y aquello la desasosegaba como si también ella estuviera presa.
Sin embargo, yo me sentía mejor: la presencia de mi madre era una especie de defensa contra mi asedio particular. Con frecuencia me quedaba charlando con ella para retardar la comedia, para conseguir que Angelina se cansase y se fuese a dormir.
Pero Angelina era incansable. Daba la impresión de que necesitaba recuperar todos los años perdidos en el angosto mundo de un matrimonio sin horizontes, con un marido mecanizado, enfrascado en números, y una perrita odiosa que sustituía la falta de hijos.
Aquella noche mi madre había comentado algo relacionado con mi infancia (no recuerdo qué era), pero me produjo el efecto de una broma de mal gusto. Sentí que los colores me subían a la cara.
Angelina comentó:
– Te ruborizas, como si fueras un adolescente… Bueno: casi lo eres.
Cuando nos quedamos solos, le dije que aquella broma no me había gustado.
– No veo por qué… En fin de cuentas acabas de salir de la adolescencia.
Y perdí la paciencia.
– También las menopáusicas se ruborizan, pero con una diferencia: los adolescentes se ruborizan cuando los ensalzan y las menopáusicas cuando se contienen para no ensalzar.
– ¿Es una indirecta?
– No: es una afirmación directísima.
– ¿Debo entender que me llamas menopáusica?
– Debes entender que lo eres.
Angelina todavía se defendió:
– No es cierto: a los cuarenta y dos años…
La atajé antes de que terminase:
– Deberías avergonzarte.
– ¿De qué?
– De tener cuarenta y dos años.
Se estremeció como si la hubiera golpeado. Tragó saliva. Tragó mi insulto. Tragó su amor propio:
– Luego dirás que estabas bromeando.
– Si lo digo, será falso. Estoy acostumbrado a mentirte.
Mi tono de voz debió de asustarla:
– Carlos, por favor…
– No me quedaba otra solución: o mentirte o exponerme a ser delatado…
– Pero, Carlos… ¿Qué estás diciendo? ¿Quién iba a delatarte?
– ¿Te figuras que no me he dado cuenta de tus intenciones? Ese empeño tuyo en ayudarnos, esas excusas para impedir que saliéramos… Ese pretexto del pasaporte… Cualquier día podías mandarlo todo a la porra si no te contentaba lo bastante.
– No irás a pensar que yo…
– Lo pienso todo, Angelina. Necesitas dominarme para tenerme a tu merced, para encarcelarme a tu modo: «O tu cuerpo, o tu vida…» ¿Crees que no me he dado cuenta del juego?
Angelina se tapaba la cara con las manos; negaba con la cabeza, rompía a llorar. Y yo continué increpándola:
– Cuando una mujer vieja exprime a un hombre joven del modo que tú lo haces, la creo capaz de todo, Angelina: ¡de todo!
– Cállate, cállate.
Gemía, hurtaba su rostro al mío, se encogía de dolor.
– No voy a callar: llevo callando demasiado tiempo. Estoy cansado de callar, de mentir, de fingir que te quiero, de someterme como un animalito, como esa estúpida Pola a la que has enseñado a dar la pata.
– Eres inhumano -dijo-; eres peor que un asesino…
Hablábamos bajito para no despertar a mi madre, para evitar que Pola, alarmada, abandonara su almohadón y corriera a arañar la puerta de su ama, como había ocurrido otras veces.
– Y tú peor que un vampiro.
Se llevó la mano a la boca. Murmuró:
– Te odio.
Le salía la palabra por entre las rendijas de los dedos, y yo la recogí con la misma fuerza con que había sido lanzada:
– Lo comprendo: comprendo que me odies, Angelina; esas cosas se contagian.
Se sentó en la cama, exhausta. Miró al suelo. Movía la cabeza:
– No entiendo cómo he podido quererte, no lo entiendo.
– Ni yo entiendo cómo he podido soportarte.
Se frotaba los ojos, se apartaba el mechón que le caía por la mejilla. Preguntó:
– ¿Desde cuándo me has mentido?
– Desde siempre.
Abrió los ojos asombrada, aturdida, incapaz de comprender:
– ¿Por qué? -preguntaba-. ¿Por qué?
Me encogí de hombros. Encendí un cigarrillo:
– Sería por aburrimiento… O tal vez por miedo -contesté.
– ¿Y ahora?
– Ahora me aburre estar contigo, verte, soportarte… En cuanto al miedo, ya no me importa. Prefiero morir a continuar a tu lado.
Se pellizcaba las mejillas, no acertaba a creer lo que estaba oyendo:
– Entonces… ¿jamás me has querido?