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– Jamás.

– ¿Ni siquiera al principio?

– Ni siquiera al principio.

– Entonces… -repitió.

Temblaba. Miraba en torno como si aquel dormitorio no fuera el suyo, como si todo le pareciera extraño.

– ¿Cómo podías?

– ¿Hacer el amor? ¡Serás incauta! Arreglados estaríamos si cada vez que hacemos el amor, tuviéramos que sentirlo.

– Yo lo sentía, Carlos.

– Porque eres imbécil.

Se apoyó contra la pared: el pecho se le hundía. Sólo las clavículas destacaban en la sombra de la alcoba:

– Te estás volviendo loco.

– Es posible. Todos debemos de estarlo. También tú estás loca, ¡Fiarte de un muchacho: un adolescente…!

De pronto levantó el puño: se dirigió hacia mí. Nos quedamos frente a frente como dos fieras humanas, dos caníbales a punto de devorarse el uno al otro:

– Te mataré -dijo ella.

Lancé mi cigarrillo contra su pecho, lo apartó bruscamente, ahogó un grito y se dirigió a la puerta:

– Nunca te perdonaré lo de esta noche. ¿Me oyes bien? ¡Nunca!

Salí del cuarto. Me encerré en el mío.

A través de la pared la oía yo rezongar, hablando para sí misma, dando golpes con los objetos y paseando de un lado al otro de la habitación. Más tarde empezó a sollozar.

Aguardé a que se quedara dormida.

Después me vestí. Cuando abrieron el portal bajé a la calle. La ciudad recogía aún los restos de la noche. A medida que avanzaba, mis pulmones iban ensanchándose. Aunque desnutrida y desierta, la ciudad tenía oxígeno y libertad. Allí no había guerra: había una paz amodorrada, como de cementerio, pero sin lucha, sin agobio, sin cadenas.

Andaba hacia el día, hacia la luz, hacia un destino incierto que, a pesar de todo, tenía futuro.

Vi casas, ventanales, portales, tiendas todavía cerradas; vi coches requisados, tranvías que sonaban metálicos calle arriba, patrullas metidas en camiones que pasaban veloces por las avenidas vacías. Vi perros husmeando en los montones de basura que se hacinaban en los alcorques de los árboles. Vi supervivientes: gentes como yo, que se sabían vivos, que respiraban sin opresión, que hablaban y esperaban, como si la vida en aquellos instantes fuera algo normal y lógico.

Enfilé hacia el ensanche. El mar, desde allí, no se oía. El mar había quedado atrás hacía mucho tiempo. También Angelina quedaba atrás y Pola y mi madre…

Anduve horas y horas eligiendo rutas a capricho, sin meta determinada, «haciendo» tiempo, emborrachándome de aceras, de asfalto, de todo lo que me había sido vedado a poco de estallar la guerra.

Se oían bocinazos, motores, voces, pasos… Toda clase de sonidos gratos. Y hacía frío. Un frío seco, impropio de Barcelona. Ni siquiera lo temprano de la hora provocaba relente aquel día.

Aguardé a que la ciudad despertara. Después me encaminé hacia la oficina de reclutamiento.

PALOMA

Sería curioso comprobar desde una plataforma neutral los delitos que a diario cometemos los hombres sin sentirnos culpables. Probablemente, las sorpresas que íbamos a llevarnos superarían con creces cualquier suposición. Una ligera inflexión de voz, una frase dicha al desgaire, una mirada distraída, un gesto… Todo puede herir, todo puede modificar la placidez interna. Todo viene a ser como un río que arrastra al hombre hacia su estallido final.

Pero en aquella época yo era incapaz de comprender esas cosas. Ni siquiera comprendí que mi forma de tratar a Angelina no había sido más que un desquite contra Estrella. Mi egocentrismo me impedía analizar las reacciones así. Creí sinceramente que mi desplante era sólo una legítima defensa de mis derechos.

Hace poco alguien me habló de Angelina: todavía vive. Ingresó en un asilo de ancianas al cumplir setenta años. Según mis cálculos, debe de ser octogenaria… Entonces rozaba los cuarenta y tres. ¡Cuántas mujeres mayores que ella me parecieron más tarde deseables!

No fue mala: únicamente cometió el crimen de enamorarse de mí. Probó sobradamente su inocencia al quedarse con mi madre a solas.

Cuando terminó la guerra, volví a verla. Le habían formado expediente por pertenecer a la Generalidad. Me llamaron a juicio y declaré en su favor. No he podido olvidar su mirada de agradecimiento. Entre nosotros ya no hubo más palabras: sólo recuerdos y vergüenzas.

Esta mañana se lo he dicho a mi abogado: «Una vez maté a una mujer sin más armas que la de los insultos.» Servando Fuentevella ha sonreído: «¡Ojalá todos los asesinatos fueran como ése!» Se niega a aceptar aquella culpa mía. No hay forma de convencerle de que también los insultos pueden matar. Son crímenes blancos que no se legislan ni se castigan. Servando Fuentevella es un hombre terco.

Desde el primer momento he comprendido sus intenciones. Haga yo lo que haga y diga yo lo que diga, ha venido decidido a sacar adelante «mi caso» y declararme inocente. No en vano le va en ello su carrera y su prestigio.

Para no llamarlo a engaño, me he apresurado a ponerlo en antecedentes:

– Supongo que ya le habrán advertido que no voy a ser para usted un cliente fácil.

Servando Fuentevella se ha limitado a asentir con la cabeza.

– No voy a ocultarle que me he negado a aceptar la colaboración de letrados famosos.

– A pesar de todo, mi deber es defenderlo.

Hace pocos días me leyeron un reglamento que no he podido retener. No me interesaba. Sólo me quedó grabada una frase que decía poco más o menos algo así: Ni un solo hombre debe ser juzgado sin la ayuda de un letrado. La tramoya legal tiene sus principios y es preciso acatarlos.

Por ello, en vista de mi resistencia, me han mandado a Servando Fuentevella, abogado de oficio.

Imagino su estupor al enterarse de quién era su nuevo cliente. Probablemente su mujer le habrá dicho: «Nunca en la vida volverás a tener una ocasión semejante: aprovéchala, Servando.» Y Servando se ha lanzado a defenderme para sacar el máximo jugo posible de su gran oportunidad.

Por su aspecto debe de ser un hombre listo, pero con poca suerte. Uno de esos alumnos aventajados suspendidos por la vida.

– Supongamos que no colabore, que me resista a ayudarlo. Supongamos que prefiera ser considerado culpable…

– Si no lo es, incurriría usted en delito de rebeldía: un delito por entorpecer la ley…

Es gracioso: a pesar de su juventud, Servando Fuentevella, parece un viejo. Además tiene voz de hombre alto. Sin embargo, es bajito y, según mueve las manos, me recuerda notablemente a Ramón Pérez allá por los años treinta.

– Pierde usted el tiempo -le he dicho-. Mi caso lo hará fracasar.

– Eso, amigo, está por ver.

Lo ha dicho con aplomo, como si de antemano me desafiara a medir nuestras propias terquedades.

– Seamos sensatos, señor Hondero, y empecemos por el principio. Conmigo puede usted franquearse. No necesito repetirle que el secreto profesional es sagrado. Al parecer, lo que lo ha delatado es su empecinado silencio… Hasta ahora, nadie le ha oído decir que usted es culpable. Supongamos que lo sea ¿Mató usted deliberadamente, o fue una fatal casualidad?

Matar deliberadamente… Claro que había matado deliberadamente. Hacía muchos años; cuando me debatía entre el horror de matar y la lucha por sobrevivir. Eran dos muchachos jóvenes; dos criaturas humanas con proyectos que realizar, con madres para llorarlos, con sueños para vivir… Dos hombres-niños, como lo era yo entonces, que al contemplar el pelotón de fusilamiento se apretujaban uno contra el otro, llorando, pidiendo clemencia y jurando que eran inocentes.

No obstante, nadie reprochó aquel acto. Al contrario: casi me felicitaron; me vinieron a decir: «Ahora sabemos que no eres traidor…»

El invierno arreciaba. Durante dos jornadas la agresión del frente había disminuido a causa de la nevada. Pero las treguas de vanguardia son siempre augurios vacíos, sin esperanzas concretas. Recuerdo que la tierra, carente de cuidados, se había vuelto yerma, y la muerte no venía sólo del fuego artillero o de la infantería, sino del propio campamento, minado de enfermedades, de escasez de alimentos y de frío.