La luna se escondía entre los árboles, rielaba lenta hacia su ocaso, dando paso a un sol débil que asomaba rojizo tras el monte.
Allá, en aquel pedazo de frente, no parecía que hubiese guerra. Era todo tan inofensivo y tan hermoso… Pero el tiroteo no cesaba y la guerra estaba allí, en cada recodo, en la hondonada de las trincheras, en el frío que se metía pulmón adentro.
Repartían café (un líquido oscuro que pretendía serlo). Tragué un sorbo y sentí náuseas. Se enfrió en el cazo sin llegar a mi estómago.
– Listos.
Éramos cinco en total. Los había veteranos: gente ducha en esos menesteres. Me colocaron en medio.
Los cuerpos de Antonio y Julio estaban frente a nosotros, a pocos metros de distancia, ateridos, pegados el uno al otro como si quisieran protegerse. Juraban, suplicaban, invocaban a Dios. El capellán estaba con ellos. Les daba ánimos, les decía que pronto iban a ser felices…
– Retírese, páter.
Fue entonces cuando debieron de verme.
Me gritaron:
– Tú no, tú no puedes hacer eso…
Luego vino la orden. Y el frío pareció intensificarse. Era un frío que se parecía al fuego y que, en vez de helar, me estaba quemando.
– Preparados.
Apunté como hacían los otros. Y el paisaje se volvió rojo. La nieve, el cielo, los árboles, todo, salvo aquellos dos cuerpos, era puro carmín.
La voz que daba órdenes gritó:
– ¡Fuego!
La descarga, el silencio. Ya no había voces gritando «Tú no, tú no puedes hacer eso…» Estaba ya hecho. La nieve se teñía de sol. Y los cuerpos caídos eran dos manchas oscuras mezcladas a un barro gris. Alguien tocó mi espalda:
– Te has portado.
No sé quién era.
Las piernas me flaqueaban. Me senté junto a un árbol aislado. Los demás me miraban, pero ya sin recelo: con aprobación. Dejé pasar las horas sin hablar, sin esperar órdenes, sin preocuparme de lo que estaba ocurriendo alrededor.
Repartían el rancho. Me daban una escudilla y una cuchara. La sostuve en alto sin darme cuenta de lo que hacía. La escudilla tintineaba. Llenaron el recipiente con un líquido espeso que hedía a náusea. Sin embargo, los soldados que me rodeaban lo deglutían con apetito.
Intenté llevarme la cuchara a la boca: la náusea se intensificaba. Recordé los guisos de Angelina, las migajas de pan que aquel día habían quedado sobre la mesa… «Han muerto los tres hijos de don Alberto.» También aquello había sabido a náusea.
– Si no te apresuras, la comida va a enfriarse.
Era el capellán. Quise levantarme. Me lo impidió:
– Descansa -dijo.
Miró la escudilla y se sentó a mi lado:
– Sin comer no se puede vivir.
No contesté. El líquido de la escudilla se agitaba y el oficial la retiró de mi mano:
– ¿Estás enfermo?
Seguía sin poder hablar. Jamás me había sentido tan débil, tan ausente, tan perdido en hundimientos.
– Te comprendo -dijo él-. Querrías morir, ¿verdad?
No era exactamente eso. Era que ya me sentía muerto.
– Todos estamos en la misma nave. Todos debemos superar las circunstancias. No se consigue nada plantándoles cara…
Al cabo de unos instantes, preguntó:
– ¿Los conocías?
Asentí.
Dijo éclass="underline"
– He pasado la noche con ellos. Estaban resignados. No creí que a última hora fueran a morir tan desesperados.
Entonces hablé:
– Me han visto. Han muerto desesperados porque me han visto.
– Debe de haber sido muy duro para ti.
– Los he matado yo -dije.
– No has sido tú; ha sido la guerra.
– Pero la guerra la hacemos nosotros.
El capellán torció la cabeza. Miró la escudilla.
– No, hijo. Ni tú ni yo hacemos la guerra. La hace solamente aquel que la desea. -Se levantó-. Deberías esforzarte en comer: vas a necesitarlo.
Y me dejó allí con el cazo sobre la nieve, sin vaho ya porque se había enfriado.
Después empezó el declive; una cuesta abajo cada vez más enhiesta e interminable; un deslizarme por la pendiente sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.
Recuerdo que a veces el cura discutía con el capitán. Hablaban de mí. El capellán le decía: «Necesita urgentemente una revisión médica.» Pero el capitán se resistía. Creía que mi actitud era sólo cobardía, comedia o capricho. «Déjelo que se meta en un buen fregado y verá usted qué pronto se cura.»
Cierta mañana me desmayé. Al recuperar el sentido vi que el cura me sostenía la cabeza; me faltaba el aire, me faltaba la luz. El páter se ponía furioso: «Ese muchacho morirá. Hay que hospitalizarlo enseguida.»
Me trasladaron en una camilla a un pabellón improvisado donde iban a parar los heridos. El cura me acompañaba: «Ánimo, muchacho.»
Se empeñaban en que viviera, en que respirara, en que saliera de una vez de aquella cómoda apatía mía. Pero era difícil escapar al recuerdo: «Tú no, tú no puedes hacer eso…» Y yo continuaba vivo.
Empezó el éxodo; la larga y fatigante peregrinación hacia la estabilidad. El cura me dijo:
– Te trasladarán a un hospital de retaguardia.
Era inútil, pensaba yo, fuera a donde fuese llevaría conmigo aquellas dos muertes.
Me sacaron de allí. Me llevaron a Zaragoza. El diagnóstico era siempre el mismo: «O finge, o está grave.» No mejoraba. No comía. No tenía interés por nada. Era como si la vida, para mí, se hubiese detenido aquella madrugada.
Una tarde me anunciaron: «Te trasladarán a un sanatorio.» Me subieron al tren. Llegué al sanatorio. Me comunicaron: «Estarás pocos días: aquí no hay sitio para ti. Hacen falta camas para los heridos.»
De nuevo el tren. De nuevo un lugar desconocido. Un sanatorio que parecía un hospital. Y otro…
Así llegué a San Sebastián. Era como si la guerra para mí fuera viajar, subir a los trenes, y recordar, y no dormir, y no comer…
Empezaron un tratamiento angustioso. Me inyectaban insulina; provocaban la muerte artificial, luego dormía. Al despertar había olvidado. Era un olvido total. Un resucitar sin memoria. El doctor Suárez sonreía:
– Pronto estarás curado.
Pero en cuanto la resurrección se debilitaba, el olvido se enmustiaba y el recuerdo volvía a estar allí, virulento, más agresivo antes: