Al parecer, lo había olvidado todo: los motivos de nuestra separación, los reparos de la familia Moraldo, la alusión al republicanismo de mi madre, mi acusación contra su padre, mi odio…
– ¿Y tu madre? -preguntó Lolita-. ¿Dónde tienes a tu madre?
Quizá fue entonces cuando «recordó». Lo comprendí porque las cejas se le fruncieron y su mirada registró un extraño desvío.
– Se quedó en la zona roja. No pudo salir.
Las cejas de Lolita volvieron a su normalidad. La cuestión que se debatía era dolorosa y no era cosa de andar recordando rencores.
Cambió de conversación. Preguntó:
– Se dice que han matado a José Antonio: tú que vienes de allí sabrás algo…
Pensé: «Es inteligente: sabe echar un capote.» La muerte de José Antonio era todavía un interrogante en la zona nacional y yo, a decir verdad, desconocía los hechos.
Las amigas de Lolita eran requetés, pero se afanaban en demostrar que respetaban la Falange. Parecían dóciles e idealistas: en su buena fe consideraban que los partidos unificados iban a ser la columna vertebral del Movimiento. «Margaritas y Flechas: eso somos ya. Pronto tendremos nuestro estatuto y seremos una sola cosa.» Me pregunté qué opinaría Estanislao Rodríguez de aquella unificación.
Enseguida los descubrí: se habían sentado a una mesa contigua a la nuestra: el brazo de Urritamendi multiplicando ademanes y el pie de Soldázar pateando el suelo con aire impertinente:
– ¿Estás viendo lo que veo yo?
– Todavía tengo ojos.
Me levanté para cuadrarme cuando Lolita preguntaba: «¿Los conoces?» Urritamendi dijo:
– Lo menos que puedes hacer es presentarnos a esas deliciosas criaturas…
Fue preciso presentárselas. Se trasladaron a nuestra mesa y pidieron ginebra. A partir de aquel momento, empezó la tirantez. Como siempre, Urritamendi llevó la voz cantante. Empezó metiéndose con las muchachas, con sus uniformes, con sus peinados… Luego despotricó contra los transeúntes («tan panchos ellos, tan comodones…») y acabó aludiendo a mi «enchufe»:
– Así que ya os conocíais… Dime, Lolita, ¿fue siempre tan cobardica? Supongo que ya te habrás enterado de su odisea: se puso neurasténico en cuanto escuchó un tiro. Cuando digo yo que el mundo está mal repartido: perder brazos o pies para que niñatos como él se dispongan a comer la sopa boba… -y me dio un manotazo en la rodilla-. Unos primos: eso es lo que somos.
Estaba borracho, pero todavía lo disimulaba. Soldázar, menos belicoso, procuraba paliar la situación:
– De todos modos hay que reconocer que el chico cumple. ¿No es verdad, perito en dulce? El hombre trabaja y trabaja bien.
– Así cualquiera: con dos brazos y dos pies… Pero lo que yo digo: ¿No estará quitando el puesto a quien lo merece de verdad?
Lolita me echaba miradas furtivas alarmada, callada, como si dijera: «Defiéndete.» Y yo me sentía humillado, avergonzado de mí mismo.
– Fijaos bien en toda esa chusma -seguía diciendo Urritamendi, extendiendo el brazo-. La mayoría son como Hondero: refugiados de pacotilla con su letrero en la frente para que nadie se mueva a engaño. Todos dicen lo mismo: todos son muy clericales, muy capitalistas, muy franquistas… Pero de tiros, ¡nanay!
– Bueno, basta de quejas -dijo Lolita.
Pero no le hicieron caso: siguieron hablando de mí, de mi odisea, de mi miedo: «Un miedo de campeonato con sus ribetes de oportunismo muy bien dosificados…» Lolita se atrevió a decirle:
– Has bebido: estás borracho.
La alusión a su borrachera sacó de quicio a Urritamendi:
– Cuando estoy con chicas bien, no tengo por costumbre emborracharme. Así que elige, preciosa: o estoy borracho o eres una chica bien.
Lolita se levantó. Sus amigas la imitaron. Se despedían de ellos. Iba a acompañarlas cuando escuché la voz de Urritamendi:
– Hondero: firme.
Obedecí.
Lolita me miraba, no comprendía… «Adiós, Carlos… -echó un vistazo al hotel-. Ya sabes dónde me hospedo…»
Soldázar me obligó a sentarme con ellos:
– Así que las mujeres te abandonan, perito en dulce… Y eso que a ti no te falta nada: al menos lo que salta a la vista.
Y volvieron a reír, con carcajadas gruesas, de beodo irritado, lagrimeando y atragantándose.
– Fíjate en ése -decía señalando a un soldado bajito-. También lo han mutilado. Hay que cuadrarse ante éclass="underline" es un mutilado de estatura…
Llegó el camarero. Pidieron más ginebra. El camarero era un hombre maduro y «hacía patria» remplazando a los jóvenes:
– ¿Mandan ustedes?
Mandaban todo: le gastaban bromas pesadas, le exigían imposibles para ponerlo en aprietos: «¿Qué opinas tú de la guerra?» El camarero se atropellaba, no sabía qué debía contestar: «Un chico algo confuso, ¿verdad, Soldázar?» Y Soldázar contestaba: «Esperemos que esa calvicie tan reluciente sea verdadera…» El camarero temía: todo el mundo temía cuando algún mutilado se volvía gallito:
– ¿Sabes ya que antes de dos meses vamos a entrar en Bilbao? -y posando la mano en mi hombro dijo-: Éste lo sabe muy bien: acaba de llegar del frente.
Y me espetó una ojeada airada:
– Está propuesto para la laureada: es todo un héroe.
Soldázar dijo:
– Bueno: ya está bien de coñac.
La tarde se volvía fosca, irritante, como un frente medio destruido. Pensé: «No podré soportar más esta tensión.» Era preferible exponerse a morir del todo que morir poco a poco, de vergüenza, de reproches y de censuras. «¿En qué piensas, Hondero? ¿En la partida de vendas o en la partida al frente?»
No contesté. Actué.
Al día siguiente me alisté como soldado raso en las columnas de repuesto. Se lo comuniqué al doctor Suárez: «Me he agregado a las fuerzas del Norte.»
Se me quedó mirando reflexivamente y me tendió la mano:
– Tú verás lo que haces. Espero que no recaigas.
– Tal vez recayera antes si continuara aquí.
– Comprendo -dijo-. También en la retaguardia hay guerra…
– Gracias por todo.
– Suerte, muchacho.
No se habló más del asunto. No me despedí de mis jefes. Aquel mismo día me pidieron ayuda: «Oye, perito en dulce…» Los escuché, como siempre, fingiendo interés. Luego los dejé colgados, con su problema sin resolver, con sus bromas sin eco y sus galleos truncados.
Antes de salir, le mandé una nota a Lolita: «Tardaré en regresar: me voy al frente. Acuérdate de mí: Carlos.»
No me sentía héroe: me sentía víctima: juguete de dos hombres que no perdonaban la integridad física de mi juventud.
De cualquier forma, también ellos influyeron en mi futuro. Si no los hubiera conocido, jamás me hubiera alistado en el pelotón de infantería, y el discurso de Rosendo Falstat no hubiera resultado tan brillante cuando se refirió a mis gloriosas páginas militares. Sin embargo, ellos nunca llegaron a saber lo mucho que habían contribuido a mi partida. Fueron ejecutores indiferentes, como lo fui yo con Angelina. Un par de pequeños asesinos que desconocían su potencialidad criminal.
De nuevo me dieron fusil, cantimplora, macuto… De nuevo las caminatas al son de himnos nacionales y hedores a pólvora. Había macizos que se debían escalar contra cualquier contingencia. Y había declives que debíamos recorrer, sin mirar atrás, sin pensar en la sangre que empapaba el suelo. Luego había los «cuerpos a tierra» y los «ataques», y la bandera enhiesta que jamás se doblegaba. Y las borracheras sin alcohoclass="underline" la embriaguez sin tiempo ni cansancio… Y cientos de vidas proyectadas hacia un solo fin: como si cada una fuera únicamente una molécula de un cuerpo enorme que se dispusiera a acabar con aquel otro cuerpo que le hacía frente.
Apenas había treguas: había alucinación y gritos y gemidos: sonidos ambiguos que se perdían en los estallidos cada vez más violentos y monocordes. Y había mutilados recientes, caídos en la tierra: seres que se desangraban, pero que había que mirar con indiferencia para no perder tiempo, ni moral, ni energías. «Los camilleros: para eso están los camilleros», decía Requejo.