Fue aquella tarde cuando, por primera vez, después de nuestro encuentro, Lolita me habló del pasado. «Sufrí mucho, Carlos… Me dijiste cosas horribles.»
En torno a nosotros había mesas ocupadas: parejas anodinas que hablaban bajo y sorbían el té, con ademanes rituales, guardando la distancia necesaria para resultar honestos. (En aquel tiempo, las apariencias tenían una gran importancia.) Rocé con el meñique la mano de Lolita:
– Estuve insoportable -confesé-. Nunca me perdonaré las barbaridades que te dije.
Lolita dejó su taza en el plato suavemente: se le había encendido la cara y sus ojos brillaban como si hubiera sorbido alcohol.
– Tampoco yo estuve manca… -me dijo sonriendo-. La verdad es que éramos un par de niños tontos.
Hubo un silencio denso y prolongado:
– Te habrás enamorado alguna vez, Lolita.
– ¿Y tú? ¿Te enamoraste tú?
Asentí:
– Me enamoré de una mujer que se parecía a ti. Pero era mucho mayor.
– ¿Qué ha sido de ella?
– Supongo que se quedaría en Barcelona.
Volvió a su taza de té, el pliegue de los labios algo retraído:
– Pronto entrarán en Barcelona -dijo-. Podrás recuperarla.
Era gracioso que Lolita creyese en mi necesidad de recuperar a Estrella. Dejé escapar una risa breve:
– No tengo intención de recuperarla: ya no me interesa. Aunque se parecía a ti, no era como tú.
– ¿Debo tomarlo como un cumplido o como una impertinencia?
– La verdad es que Estrella, a tu lado, era un miserable insecto.
– ¿Se llamaba Estrella? Bonito nombre. -Se llevó el índice a la mejilla y sonrió casi malignamente-: Dime, Carlos, ¿cómo soy yo?
– No lo sé: sé cómo me haces «ser» a mí.
Años y años he ido arrastrando aquel fenómeno. Lolita tenía la virtud de «cambiarme», de convertirme en un hombre digno. Todavía ahora, desde mi siniestro, cuando pienso en ella, comprendo que lo poco bueno que he realizado en la vida, ha sido siempre bajo su influencia.
– ¿Y cómo te hago ser?
– Consecuentemente, distinto, casi bueno…
Reímos los dos.
– Así que tú querías a Estrella…
– Yo diría que estaba alucinado…
– ¿Y ella? ¿Estaba también alucinada?
– Por otro -bromeé.
Sonreía, miraba de nuevo la calle.
– El amor debe ser eso: alucinarse.
– ¿Lo crees así?
– No ver los defectos de la persona querida y si los ves, adorarlos… Eso debe ser el amor. -Se detuvo de pronto. Encogió los hombros-. No sé por qué digo eso… No entiendo demasiado en amores.
Dejó de mirar la calle. Cambió el tono de voz:
– Parece que ha parado de llover -dijo.
Aquella noche me costó dormirme. Veía a Lolita con su impermeable azul resguardándose bajo el paraguas negro camino del Hospital. «La vida está llena de sorpresas, ¿verdad, Carlos? Quién tenía que decirnos que…» Pero cuanto más la trataba, más comprendía yo que tarde o temprano la vida nos hubiera empujado el uno al otro. De hecho era como si nuestro trato jamás se hubiera interrumpido, como si el lapso de aquella separación hubiera sido breve. Había hechos que nunca podrían escapar a su propio destino: hechos que parecían estar escritos y que nada ni nadie era capaz de violar. Ahora sé que Lolita era entonces una especie de destino para mí. Sin embargo, también lo eran nuestras continuas separaciones: unas separaciones que llegaban siempre cuando algo importante iba a empezar entre nosotros.
Aquella tarde, al subir a Monte Igueldo, ni ella ni yo sabíamos aún que íbamos a tardar mucho en volver a vernos. Tal vez, de haberlo sabido, la separación de aquel día no hubiera sido tan desabrida ni tan desesperanzada.
No llovía; sin embargo, la pierna me dolía mucho. «Mal presagio -le dije a Lolita-. Cuando me duele, suele haber tormenta.»
Ignoraba que mi tormenta verdadera iba a consistir en separarme de ella, volver al silencio de su ausencia, a mis horas de hospital sin su voz alegrándolas.
Desde Monte Igueldo la ciudad parecía otra: más pequeña, más asequible. Era una ciudad indefensa cercada por un mar que parecía devorarla. Lo veíamos furioso estrellándose contra las rocas; el cielo, gris, cargado de nubes que se retorcían y se rasgaban sobre los tejados, la playa, inmensa y vacía, comida por la marea…
Nos sentamos en un banco de piedra: hablamos del fin de la guerra (hacía pocos días que las tropas de Franco habían llegado al Mediterráneo y se rumoreaba que la guerra en Cataluña iba a durar poco), de todo lo que encontraríamos al regresar a nuestras casas…
De pronto Lolita miró mi pierna herida.
– Hasta cierto punto, me alegra que no mejores, Carlos… Podrían volver a mandarte al frente.
Contemplaba mis botas al decir aquello. Y su perfil de estatua clásica permanecía inmutable. De pronto reaccionó:
– Lo sentiría mucho por ti, naturalmente.
– ¿Sólo por eso?
Dio un respingo, intentó parecer frívola:
– No voy a negarte que estoy acostumbrándome a tu compañía.
Y se levantó para apoyarse en la balaustrada: abajo, en el mar, no había un solo pedazo de agua que se pareciera al otro. Era un mar contradictorio aquél, un mar diferente del nuestro.
– Además -añadió-, tú ya has dado tu porción de vida a la guerra. Dios no te pide más.
Lolita era religiosa como todas las chicas bien de entonces, y le gustaba mezclar a Dios en sus conversaciones.
– ¿Cómo puedes saber lo que Dios me pide?
– Lo intuyo, Carlos: Dios y yo somos buenos amigos.
Fue entonces cuando me habló de su fe. No la entendía, pero me gustaba oírla. Lolita tenía una fe inamovible, como aferrada a ella con cemento. «Te envidio, Lolita.» Le dije que mi fe había languidecido hacía muchos años, que me resultaba imposible comprender infinidad de cosas: «Bastaría que comprendieras que no es posible comprenderlo todo para que la fe volviera a ti…» Decía que le daba pena ver la desolación de la gente que no creía… Que de buena gana hubiera sido misionera…
– Conviérteme tú -le dije bromeando.
– No es cosa mía -contestó ella-. Sin tu colaboración, no puedo hacer nada.
Entonces volví a mis salidas de tono. Le dije que colaboraría con ella gustoso, pero no en aquello. Me miró ofendida:
– Está refrescando -comentó-, deberíamos volver.
Me sentía molesto, cortado y la maldita pierna me dolía… Al regresar apenas hablamos. Había sido una discusión estúpida, un lapso sin lógica ni razón: algo que nacía de la tormenta que sin duda iba a estallar, ajeno por completo a nuestras realidades internas.
La dejé en su hotel y estreché su mano:
– ¿Hasta cuándo?
– No lo sé.
Empezaba a anochecer y la actividad cívica disminuía: la guerra exigía retirarse temprano, apagar pronto las luces y dejar desiertas las calles.
– Si te he ofendido, perdóname -le dije sin soltar su mano.
– Perdóname tú a mí -dijo.
– ¿De qué he de perdonarte?
– Probablemente no soy la compañía que te conviene, Carlos.
– Te equivocas, Lolita… Tú no sabes cuánto te necesito.
– Porque te encuentras solo: únicamente por eso.
Se acercó a la puerta:
– Adiós, Carlos.
– Todavía no -le supliqué-. Por favor, Lolita, no te vayas aún.
– Es muy tarde -dijo ella-. Te llamaré mañana.
Pero no llamó. Pasó una semana en silencio: una larga semana de inseguridades, de hipótesis descabelladas, de esperanzas huecas. Varias veces intenté comunicarme con ella por teléfono. Jamás la encontraba (Lolita es ducha en ese tipo de escamoteos).
Cierta mañana me llamó ella para comunicarme que se iba:
– Mis padres se van a Lecumberri y quieren que los acompañe. Pasaremos allá el resto de la primavera y todo el verano. Dicen que no es saludable vivir siempre junto al mar.