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Pensé: «Otra vez la arrebatan: otra vez quieren separarnos…»

– No podré soportarlo, Lolita.

– Es preciso cambiar de aires.

– Te necesito, Lolita.

No parecía oírme:

– Te escribiré.

– ¿Lo prometes?

– Lo prometo.

Y reía: su risa era todavía despreocupada, alegre:

– Pasará pronto -dijo-; luego lo veremos todo más claro.

Fue un verano triste y vacío. El mundo sin Lolita se me acababa, se convertía en un erial desabrido e insulso.

A veces, cuando la nostalgia de ella se volvía demasiado aguda, me iba hacia los lugares que habíamos recorrido juntos; estaban llenos de recuerdos, de ilusiones volatilizadas: el salón de té de la calle San Marcial; Igueldo, con su vista de pájaro sobre la ciudad; La Concha, siempre vacía, siempre comida por la marea… Todo estaba impregnado de ella: todo reclamaba su presencia.

Varias veces me detuve ante el hotel Avenida: las mesas del bar contiguo habían sido retiradas de la acera. El frío empezaba a replegar a la gente y la ciudad languidecía porque otra vez era otoño.

De vez en cuando soñaba despierto: departía con ella; le explicaba mis planes: «Cuando acabe la guerra seré ya profesor mercanticlass="underline" volveré al Banco, trabajaré como un león… Y cuando sea rico, me casaré contigo.» Los Moraldo ya no podrían rechazarme. Los Moraldo habían recibido una lección de humildad excesivamente rotunda para que se atrevieran a echar mano de sus ínfulas parasitarias. La guerra había unificado a la gente: las clases sociales tenían otro matiz: el de los actos heroicos, el de las jerarquías militares, el de los comportamientos patrióticos.

Lolita me escribía con frecuencia. Sus cartas llegaban a mis manos, abiertas y pegadas con celofán. Entonces el correo era sistemáticamente inspeccionado por censores anónimos. La guerra exigía precauciones. Se trataba de un hecho molesto que coartaba e impedía que la pluma siguiera el ritmo de las ideas o los sentimientos, pero todo el mundo lo aceptaba porque era necesario para mantener el equilibrio del país. En el fondo era una costumbre más, como saludar con el brazo en alto y la mano abierta, o como llevar insignias con el escudo de la nueva España colocado en el pecho.

Recuerdo que, tras la fecha, Lolita colocaba en sus cartas la indispensable consigna: «II Año Triunfal». Era una adición habitual que nadie dejaba de consignar. Se decía que, sin aquel detalle, las cartas no llegaban a su destino.

Las cartas de Lolita tenían un contenido alegre, jocoso, como de alguien que está seguro de sí mismo. Empecé a conocerla bien a través de lo que me escribía. Su inteligencia era preclara y estaba llena de sentido del humor. También yo procuraba escribirle en aquel tono; pero, sin darme cuenta, la pluma se me iba llenando de lirismos: «Estoy cansado de esta ciudad -le decía-, a veces no resisto pasearme por las calles sin ti: todo me pesa; la multitud, los himnos, la lluvia constante… Cuando tú estabas aquí, jamás llovía, ¿recuerdas? Aunque cayesen chuzos, para mí brillaba el sol…» Y al releer lo que había yo escrito comprendía que estaba enamorado. A veces aquel amor me asustaba; el futuro, por muy optimista que yo pretendiera volverlo, no dejaba de ser una incógnita: la guerra seguía una marcha lenta y nadie sabía lo que más adelante íbamos a tener que sobrellevar… Mi amor por Lolita ya no era aquella inconsciente fantasía de la infancia, aquel «jugar a ser novios», que tan ridículo me había parecido después. Se trataba de un amor sólido, sobrecargado de entusiasmos, que sólo el temor a «razonar* podía mermar.

Entonces yo no la quería por su ambiente, ni por su dinero, ni por lo que representaba en la alta sociedad: la quería por ser ella, por aquella sonrisa que formaba hoyos en sus mejillas, por su modo de aceptar la vida, por sus ideas, siempre nítidas y originales.

A veces, cuando el tiempo se recrudecía y la pierna me dolía demasiado, mi humor se enfoscaba. Entonces mis cartas eran también sombrías y malhumoradas: «Todo el mundo habla de victorias, de triunfos inmediatos, de la inevitable caída de Barcelona… Pero yo estoy triste, Lolita: la alegría de la gente me ofende, me deja rendido. No soporto ver caras risueñas alrededor cuando me siento tan hundido. Por más que lo intento, no consigo formar parte de la masa: apenas la tolero.»

Sus respuestas no se hacían esperar: «Lecumberri cada vez está más animado: muchos refugiados han venido a parar aquí. Es un lugar pintoresco: lleno de vacas, de niños y de hierba… Pero si a ti te cansa la masa de la ciudad, yo no sé qué hacer con tanta vaca, tanto niño y tanta hierba…»

A veces me entraba la tentación de correr a su lado, de pasear con ella por aquellos paisajes que tan bien describía, aunque sólo fueran unas horas. Pero los médicos no me permitían salir de San Sebastián: «Imposible: no puedes viajar como si tal cosa. Seguramente tendrías una recaída. La herida todavía no se ha cerrado: aguarda a que llegue el invierno.»

En el hospital me agencié amigos: entre ellos al capitán Figueruela. Era un castellano que vivía en Barcelona y su trato distaba mucho de resultar protocolario. Figueruela era un hombre tranquilo, inteligente, de matices netamente cívicos. Había hecho la guerra por convicción patriótica y aunque, por la edad, no estaba llamado a filas, poseía el grado de alférez de complemento y se creyó en la obligación de ofrecerse voluntario. Lo habían herido poco más o menos en la época que me habían herido a mí. Y la coincidencia nos había acercado el uno al otro.

Era un hombre inteligente, culto y, por lo que me contaba, trabajador. La guerra lo había sorprendido en Barcelona, pero el consejero de Gobernación había sellado su pasaporte en los primeros días. Salió de la zona roja en un barco italiano de la Cruz Roja ayudado por el consulado inglés. De Italia se vino a España, decidido a pelear contra el Gobierno.

– Lo peor es no saber nada de la familia -solía decirme.

Aunque era soltero, soñaba con una mujer que había dejado en Barcelona (más tarde se casó con ella) y se recriminaba con frecuencia de haber abandonado a sus padres en el «infierno marxista».

– Todos estamos en las mismas condiciones -le decía yo para consolarlo.

Pero aquel tipo de consuelos no solucionaba nada. Figueruela se sentía solo, como yo, como la mayoría de los heridos que nos bandeábamos en aquel hospital.

Al apuntar el otoño experimenté una notable mejoría en la pierna. Pero Lolita no volvía y yo languidecía de aburrimiento y tristeza.

Transcurrió todavía algún tiempo antes de que volviera a verla: lo suficiente para que al encontrarme de nuevo con ella, nada fuera como antes. A veces el paso del tiempo prepara jugarretas de ese tipo.

Era ya noviembre cuando un día me llamó por teléfono.

– Llegamos anoche.

Aquel día la lluvia caía brutal sobre la ciudad y el viento luchaba contra ella con aquel tipo de arrebatos bruscos, tan típicos del país vasco, arremolinando el agua, alzándola del suelo y volviéndola oblicua.

– Por fin… Ya era hora -le espeté bromeando-. ¿Cuándo podré verte?

– Pronto.

– No -insistí-, quiero verte enseguida.

– Está lloviendo mucho.

– No importa: en cuanto nos veamos, saldrá el sol.

Reía ella con su risa de siempre, confiada, alegre:

– Está bien: nos encontraremos en el Bar Basque.

– ¿A qué hora?

– A la una.

El Bar Basque era un lugar céntrico, que en aquella época, se veía plagado de uniformes y mujeres bonitas. Llegué allí con media hora de antelación: la sahariana mojada, el rostro chorreando, las botas húmedas. El local estaba prácticamente vacío. No tardaría en llenarse. Me senté a una mesa junto a la puerta de entrada. Frente a mí, una mujer vestida de negro, joven y de rasgos armoniosos, me contemplaba distraída. También ella estaba sola y de vez en cuando bostezaba.

El camarero preguntó qué deseaba: le pedí un ginfizz. Miré al exterior. Tras la cristalera se veía difuso un paisaje gris congestionado de agua. La mujer sacó un cigarrillo de su bolso y yo me levanté para ofrecerle fuego: