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Fueron unas relaciones violentas y fosforescentes: una larga cadena de fuegos fatuos que nos ayudaban a ella y a mí a seguir viviendo, a destruir tedios y a reírnos de la vida a costa de traiciones. Ni ella ni yo nos queríamos el uno al otro: nos completábamos, nos explotábamos mutuamente como dos vampiros ansiosos de vivir su muerte. Tampoco nos odiábamos. Era solamente una forma narcisista de querernos a nosotros mismos, de darnos satisfacciones, sin sentimientos ni exigencias.

Llegó un momento en que ya nada era concebible sin Paloma. Sin embargo, no la amaba. Eso era lo curioso: en el fondo seguía amando a Lolita. Pero Lolita ya no era una obsesión. Se había convertido de nuevo en un sueño, un oasis quimérico que bien podía ser un espejismo.

No volví a llamarla por teléfono ni di un paso para encontrarme con ella. Mi herida se había cerrado y ya no precisaba bastón para circular por la calle: tampoco a ella la necesitaba ya. Se había acabado como se había acabado el dolor de mi pierna. Pero un día volvimos a vernos.

Fue en enero, la ciudad hervía en exaltaciones: los frentes catalanes habían iniciado su ofensiva por cuatro puntos cruciales y el enemigo, aterrado y desmoralizado, se defendía mal. Por aquellos días, el éxodo catalán había empezado. Nada podía detener a nuestras tropas. La consigna era «llegar a Barcelona antes de acabar enero». De hecho, llegar a Barcelona era para todos como llegar al final de la guerra. La gente, en sus cartas, ya no escribía «III año triunfal». Los más se adelantaban a los acontecimientos y escribían: «Año de la Victoria.» Una victoria precisa, saturada de esperanza y españolismo. Recuerdo que aquella tarde, San Sebastián era un hervidero de alegría. Grupos de refugiados habían salido a la calle para lanzar su entusiasmo. Las fuerzas nacionales habían entrado en Sitges, y la masa catalana se consideraba ya «en casa». Se escuchaban himnos en todas las calles. La gente bailaba, bebía, gritaba…

No llovía y el frío, aunque húmedo, tampoco era riguroso.

Recuerdo que, al día siguiente, yo debía partir con Figueruela y un grupo de militares hacia Cataluña. Era un premio que no podían arrebatarnos. Por fin íbamos a entrar en Barcelona, por fin íbamos a recuperar nuestras casas, nuestras familias…

Paloma se pegó a mi cuello.

– Nunca volveré a verte -me dijo.

– Quién sabe -le repuse-. La guerra está a punto de acabarse.

– Madrid tardará en caer.

– Volveré antes de que caiga -le prometí.

Paloma movió la cabeza negando y sonriendo:

– Sabes muy bien que nunca volverás.

– Si así fuera, ¿te importaría?

Se apartó de mí, se fue hacia el lecho. Se sentó a los pies de la cama. Miró la alfombrilla, la pata de un sillón desvencijado.

– Creo que sí. Pero acabaré acostumbrándome. La vida debe consistir en eso: en acostumbrarnos a desacostumbrarnos. Y renunciar…

No estaba triste, pero se la veía hundida.

– De todos modos, no me quejo: lo hemos pasado muy bien juntos, ¿verdad, Carlos?

Y como viera que yo no le contestaba, preguntó:

– ¿Crees que nos adaptaremos?

– ¿A qué?

– A la paz.

Me he acordado mil veces de aquella pregunta. Sobre todo al principio de la posguerra, cuando llegó el reajuste, la continuidad cívica sin saludos militares ni heroísmos publicados. Cuando al hablar de la guerra los otros se tapaban los oídos, para «no saber», para «olvidar», para convencerse de que «todo aquello» no había sido más que un incidente: un fuego extinguido, una extorsión superada…

– Todo el mundo se adapta a la paz.

– Yo no lo veo tan fácil. Nada tendría sentido si me adaptase. Se ajustó la bata y se puso en pie.

– Nunca podrá parecerse a la paz que yo conocí antes. Tendré que luchar para superarla. En el fondo -añadió-, será como una guerra particular para conquistar mi derecho a la antigua paz.

Entonces volvió a abrazarme. Y yo supe que Paloma se acababa allí, en aquel abrazo híbrido, sin emoción, sin deseo, sin amor.

– Hasta pronto -le dije aún.

Pero jamás he vuelto a verla.

Paloma se quedó en eso: un episodio perdido que entorpeció, en su día, mi verdadero destino.

En cuanto salí de su casa tropecé con Lolita. Fue al doblar la esquina de su calle para enfilar la Avenida. Me vi de pronto zarandeado, empujado por un río humano que voceaba entusiasta, lanzando vítores y entonando himnos. Los apretujones eran cada vez más intensos. Casi no se podía avanzar.

Su voz llegó hasta mi oído camuflada entre las otras: «Carlos…»

Y al volverme me encontré con su cara casi pegada a la mía.

– ¡Carlos!

– No puedo creerlo… ¿Qué estás haciendo aquí, Lolita?

La empujaban hacia mí, la aplastaban contra mi cuerpo. Y Lolita reía, con una risa distinta, más que alegre, patética.

– Hay que librarse del tumulto -le dije mientras la arrastraba hacia la orilla-. Si no actuamos rápidos, moriremos aplastados…

Se dejó llevar por mí sin ofrecer resistencia, aturdida, el rostro encendido. Conseguí al fin resguardarnos bajo un portal.

– Un esfuerzo más y estaremos a salvo en mi hotel -dijo ella.

La empujé, como pude, hacia el hotel Avenida. Lolita seguía riendo, nerviosa, jadeante, oliendo a alcohol.

– ¿Has bebido? -le pregunté.

– ¿En qué lo notas?

– Estás distinta.

Se apoyaba contra la pared, respiraba anhelosa, la mano derecha pegada al pecho.

– De algún modo había que celebrarlo, ¿no te parece?

– ¿Celebrar qué?

– La inminente entrada en Barcelona.

Hablaba precipitada, nerviosa.

– Estás más delgada, Lolita.

– Tú, en cambio, has mejorado.

Oscilaba, parecía que iba a caerse.

– ¿Te sientes mal?

– Lo que tú has dicho: he bebido y no estoy acostumbrada.

– Será mejor que subas a tu cuarto y descanses.

– Ayúdame tú; tengo miedo de caerme.

La conduje hasta el ascensor.

– No te preocupes -dijo ella-. Mis padres están en Biarritz. No regresarán hasta mañana.

Y tiraba de mí para que subiera con ella.

– Ni siquiera hay que pasar por el vestíbulo para llegar a mi cuarto -aclaró-. El ascensor es independiente.

Me vi de pronto metido con ella en aquel ascensor renqueante, que crujía al menor movimiento. Se detuvo en el tercer piso.

– Mi cuarto está ahí mismo: frente al ascensor.

Llevaba la llave en el bolso. Me rogó que la metiera en la cerradura. Era un dormitorio desabrido, con balcón a la Avenida, la cama cercana a la puerta, el lavabo a los pies, el armario de luna en la pared de enfrente.

Lolita se dejó caer en la butaca contigua al balcón. Tenía el rostro encendido y me miraba como jamás lo había hecho hasta aquel momento:

– Debo de parecerte un fardo… Efectivamente, estoy como una cuba. No me quedaba otro remedio.

– ¿Qué quieres decir, Lolita?

Se pasó la mano por la frente. Probablemente, todo debía de darle vueltas, porque sus ojos parecían extraviados. Se agarró a los dos brazos del sillón, como si temiera caer.

– Te estaba esperando, Carlos.

Cerré la puerta, me acerqué a ella, me senté a sus pies.

– ¿Dónde me esperabas, Lolita?

– No es la primera vez. Sólo que tú no te dabas cuenta.

Empezó a hablar nerviosa, brusca. Se desabrochó el abrigo, lo lanzó al suelo: «Conocía tus visitas a esa casa…» Retiró de su cuello la bufanda: «Era mi única forma de verte…» Cogí sus manos; las tenía heladas: «Han pasado dos meses, Carlos, dos horribles meses sin hablarte, sin oírte, sin recibir ni una línea tuya…»

Se abalanzó a mi cuello y rompió a llorar. Sentía yo su espalda hueca y delgada bajo mis manos: «¿Por qué, Carlos, por qué? ¿Por qué me has dejado tanto tiempo sola…?»