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La cogí entre las mías y la estreché con fuerza. La tenía húmeda y los huesos parecían agujerearle la piel.

– He estado buscándole desde que entré en Barcelona -le dije.

No podía hablar. Lo intentaba, pero el intento se le quedaba en sollozo.

– Tranquilícese, don Alberto; todo ha pasado ya. ¡Todo!

– Lo sé -susurró-. ¡También mis hijos han pasado!

Lloraba otra vez. Era imposible detener su llanto. Los evocaba uno por uno, me preguntaba si los recordaba, me repetía sus nombres… «Fue culpa mía…», se acusaba: «Me buscaban a mí…»

Tardó en serenarse. Preguntó entonces por su mujer:

– ¿Dónde están Alicia y mi hija?

– Llegarán hoy mismo las dos.

Acababan de informarme de lo ocurrido. Don Alberto había pasado la guerra refugiado en la vivienda de unos separatistas vascos, y su mujer había podido ser evacuada al extranjero. Antes de entrar las tropas en Barcelona, se había sentido enfermo. Quedó solo en el piso cuando los separatistas se fueron a Francia, y tardaron en dar con él. Al fin habían podido trasladarlo al hospital.

La recuperación de don Alberto fue difíciclass="underline" tenía demasiado lastre doloroso dentro para que pudiera superar su crisis. Varios días estuvo entre la vida y la muerte.

Cuando llegó su mujer, mi madre fue a verla; doña Alicia necesitaba ayuda: se encontraba sola con la niña. La familia de su marido se había exiliado voluntariamente y la suya, el padre y una hermana, habían sido asesinados los primeros días de la refriega.

Comprendí que la situación del matrimonio Salcedo no iba a ser cómoda ni sencilla. El apellido Salcedo sonaba a subversivo, a izquierdista y a republicano. Nadie ignoraba que la campaña electoral, cuando la caída de la monarquía, había sido apoyada por la Banca que llevaba ese nombre, y los J. J. habían hecho declaraciones antifranquistas desde su destierro. Por otra parte, en la ética general de la posguerra, la palabra «republicano» rozaba niveles de alta traición. En aquellos momentos, todavía expectantes y pendientes de la conquista de Madrid, República y Comunismo era prácticamente lo mismo para todo el mundo. Y don Alberto debía ser, a toda costa, sometido a revisión política. Doña Alicia se desesperaba: «Sería injusto que pusieran en duda la honradez de mi marido… Después de todo lo que hemos sufrido…»

Mi madre procuraba calmarla: «No se preocupe, doña Alicia. Carlitos los ayudará.» Confiaban en mí por haber combatido en las filas nacionales, por haber sido herido, por haber destacado hasta el punto de haber merecido la categoría de sargento…

Recurrí al capitán Figueruela. Le expliqué lo que estaba ocurriendo. «"Don Alberto no está para zarandeos. Continúa muy enfermo…» El capitán Figueruela prometió ocuparse del problema. Al día siguiente fue a verme: «Un asunto complicado, Hondero, pero lo investigaremos a fondo, y si es como tú dices, no habrá dificultades.»

Los hijos muertos pesaban mucho. Fue lo primero que Figueruela esgrimió cuando habló con el coronel. «No es cosa de broma -decía aquél rascándose la cabeza-. Ese señor Salcedo está en entredicho: se reciben anónimos, acusaciones… Habrá que probar que nada de lo que se le achaca es cierto.»

Se lo comuniqué a doña Alicia: no aceptaba aquella arbitrariedad: «Si al menos nos dijeran de qué se le acusa…» Era imposible saberlo. Secreto del sumario. Nadie se atrevía a hablar claro: todo se reducía a poner caras de circunstancias y encogerse de hombros. «Hay gentes malnacidas que tiran la piedra y esconden la mano…», decía Figueruela. Y don Alberto seguía confinado en su cama de hospitaclass="underline" «Jamás hice mal a nadie…», se defendía débilmente. Pero las dudas crecían y las sospechas y el temor… «No es cosa suya, don Alberto -decía Figueruela-, es cosa de los tiempos. Hemos entrado de lleno en la era de los resentidos, de los que inventan traidores para saciar impotencias o vindicar humillaciones. Usted ha sido un hombre envidiado, no lo olvide.» Y el hombre envidiado languidecía cada vez más de tristeza, de debilidad y de asco. «Si al menos me dijeran quién es ese delator fantasma…» Nadie lo sabía. Eran cuerpos sin cara, odios sin cuerpo. Nubes de ira que de pronto se disolvían en granizo.

– Y decían que la pesadilla había terminado.

– Las pesadillas nunca terminan -dijo Figueruela-. Cambian de aspecto: eso es todo.

La situación de don Alberto iba volviéndose crítica a medida que mejoraba. Las preguntas eran continuas. Al principio todavía tenían cierto tono respetuoso: se formulaban al modo de hipótesis. Luego fueron más concretas y, por supuesto, oficiales: «¿Por qué vivía con separatistas vascos? ¿Dónde los había conocido? ¿Había colaborado con ellos? ¿Por qué, cuando doña Alicia salió de la España roja, no pasó a la zona nacional? ¿Por qué no hizo nada él por acompañarla en el viaje?»

Era lamentable ver a aquel hombre defendiéndose de semejantes preguntas. Tartamudeaba, dudaba, no sabía cómo justificar su actitud: alegaba que lo habían obligado a quedarse en la zona roja, que su mujer no había pasado a la zona blanca para evitar que adoptaran represiones contra él… Pero las preguntas no paraban ahí: «Usted votó por la República, ¿verdad? Y admitía en su Banco toda clase de gente: ¿qué nos dice de Jaume Palafell y del célebre Paquito Rodantera?» Lo sabían todo, lo habían averiguado todo: «Peo se equivocan, amigos: están patiendo de un supuesto falso…», seguía diciendo don Alberto. Y el capitán Figueruela se impacientaba: «¿Qué se pretende? ¿Qué diablos puede hacerse con un hombre cuando se ve acosado por los dos bandos?» En vano don Alberto alegaba que yo, Carlos Hondero y Ruiz de la Argamasa, también había pertenecido a la plantilla del Banco. «Y ya lo han visto ustedes: se pasó a las filas nacionales en cuanto pudo. No queo que lo consideen dudoso.» Y citaba a Estanislao Rodríguez, el heroico falangista que había dado su vida por Dios y por España a los pocos días de empezar la revolución. Los argumentos de don Alberto no eran válidos. Había más; mucho más. Por ejemplo, los hermanos exiliados: «¿Está usted en contacto con ellos?» Don Alberto juró que llevaba años sin tratar a sus hermanos. Pero el apellido era el mismo, y la lacra que pesaba sobre él empezaba a resultar ulcerosa.

Doña Alicia, a veces, se dejaba llevar por la desesperación.

– Si vuelven a preguntarte, diles que hemos perdido tres hijos asesinados por los rojos, que nos robaron, que nos saquearon la casa… ¿Qué más pruebas necesitan?

Pero tampoco aquello servía: podía tratarse de una coartada, una forma de camuflar tres muertes naturales… En cuanto a los saqueos, ¿quién había saqueado a quién?

Cuando la situación empezaba a ponerse crítica, me llamaron a declarar. Expliqué todo lo que sabía. Respondí con mi vida. Juré sobre un crucifijo que decía la verdad y sólo la verdad.

Un buen día, sin saber por qué, la situación cambió repentinamente, y don Alberto se vio libre de sospechas.

Yo mismo le llevé la noticia al hospitaclass="underline" «Su depuración ha terminado, don Alberto.» Le repetí lo que Figueruela me había dicho: al parecer, se trataba de una venganza personal, un complot maquiavélico para ponerlo en aprieto.

Don Alberto ni siquiera tenía fuerzas para alegrarse.

– A veces me pegunto quién ha ganado esta guea…

Se sentía macerado, herido en su casta, en su apellido. Pero no era sólo él quien padecía aquel tipo de criba. Barcelona entera empezaba a sufrir la epidemia de los ataques anónimos, de las sospechas alambicadas y de las persecuciones sordas. «A menudo, para implantar justicia -decía el coronel- no hay más remedio que ser injusto.»

Doña Alicia (todavía joven, todavía incapaz de recitar versos) se afanaba por reorganizar su casa. La habían dejado hecha una lástima: los pocos muebles que todavía coleaban se habían quedado inservibles y los objetos eran tristes evocaciones sin vigencia que más valía desterrar. Mi madre la ayudaba a rehacer el piso: «Por lo menos que esté en condiciones cuando regrese don Alberto.» La pequeña solía quedarse en mi casa al cuidado de la vecina. Era una niña alta, flacucha, de mirada triste y aspecto retraído. Tenía ya once años, pero en sus movimientos y en su sonrisa se veía plasmada la vejez de la guerra.