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Lo aceptábamos todo, por insignificante que fuera: asumíamos quiebras, suspensiones de pago, malversaciones de fondos, gestiones… Pero nuestro criterio era irreductible: «Fuera sentimentalismos.» Había que actuar a rajatabla, sin perder el ritmo, sin un solo paso atrás, sin dejarnos llevar por la compasión.

A veces don Alberto flaqueaba. Entonces entraba yo en funciones y afrontaba la situación a pecho descubierto. «Una cosa es la caridad y otra los negocios -decía-. Si nos permitimos el lujo de ser débiles, acabaremos merendados.»

Hasta que un día nuestro tinglado se vio reforzado por la llegada de Ramón Pérez. Fue una aparición repentina: vestía el uniforme de Intendencia y en la bocamanga llevaba dos estrellas.

Apenas había cambiado: continuaba rechoncho, nervioso, sus ojillos de miope más vivos que nunca. Nos explicó enseguida que se había colocado en el puesto más cotizado de la zona nacionaclass="underline" el propio Gobierno de Burgos. «Como llevo gafas, no me quisieron para el frente.» Y reía como antes, chancero, con carcajadas menudas e intermitentes. «De algo tenía que servirme eso de ser miope.»

Su posición era envidiable: conocía al dedillo las nuevas leyes, los trucos para sortearlas, los tejemanejes para conseguir influencias.

Además se había casado. Nos enseñó la fotografía de su mujer. Era la típica provinciana de mirada gazmoña y peinado austero. Se llamaba Pilar (de soltera Berruguete). «En estos momentos todavía ando a caballo entre Barcelona y Burgos -explicaba-, pero en cuanto la guerra termine, volveré definitivamente a instalarme en Barcelona.»

Enseguida nos habló de las personas relevantes que había conocido en Burgos (creo que fue él quien me nombró a Justo Fuentes por primera vez). Describía sus actividades, la forma en que desarrollaba sus cargos. Justo Fuentes entonces debía de ser muy joven y colaborar en alguna Jefatura del Movimiento como persona de confianza y gran capacidad política. Aún no se había casado con Serena ni probablemente la conocía. Según Ramón Pérez, Justo Fuentes era una de las personas claves del Movimiento (todavía en la trastienda) que, andando el tiempo, daría mucho que hablar.

Don Alberto y yo lo pusimos al corriente sobre la situación del Banco. Ramón Pérez se mostraba satisfecho: «Tiene usted un filón de oro en la mano, don Alberto: Un Banco, cuando termine la guerra, puede ser lo mismo que una mina.»

Y por fin, un día, la guerra terminó. Se nos dio el último parte oficial por la radio: «Cautivo y desarmado…»

Estrenábamos paz. Una paz arbitraria, todavía desangelada, todavía llena de manos tendidas, de pesetas de papel, de mercados negros, de restricciones, pero sin bombardeos, sin sirenas, sin terrorismo, sin llamadas al frente… A decir verdad, se trataba de una paz acogotada que nos venía ancha, que no acababa de asentarse del todo: con iglesias saqueadas y ennegrecidas de humo, con coches aprovechados porque no había posibilidad de comprar otros, con familias deshechas y rencores disimulados, con restricciones eléctricas, con racionamientos, con salvoconductos, con pan negro y azúcar tostado, pero también con un gran sentido de unidad, de concordia frente a la terrible e implacable hostilidad extranjera. La mayoría de los países europeos y americanos no admitían la franca ayuda que Italia y Alemania nos habían prestado. Y aquel resquemor que tanto disminuía nuestra potencialidad, no dejaba de ser un factor común para amalgamar a los españoles en una especie de compañerismo que ni la propia guerra hubiera conseguido.

Mi madre, al oír aquel parte, se acercó y me abrazó emocionada: «Por fin, Carlitos…» Tenía los ojos brillantes y las mejillas muy pálidas.

Ya nunca mencionaba la República ni se apasionaba por las reacciones de los políticos. Se lo dije. Asintió y esbozó una sonrisa:

– Tienes razón, hijo… Muchas veces me pregunto si mi auténtico yo es el actual o fue el pasado… La verdad: cuesta toda una vida saber cómo se es realmente.

Aquella noche me habló del Banco: «Desde que lo habéis puesto en marcha, te has desmejorado mucho, Carlitos…» Le contesté que pronto sería todo distinto, que lo difícil eran los principios…

– Lo malo del caso -dijo ella- es que para la gente como tú, el principio jamás se acaba.

A veces mi madre decía cosas que, sin darse cuenta, se volvían proféticas.

Pronto las denuncias políticas fueron sustituidas por las denuncias económicas. El estraperlo estaba ya a la orden del día y la ley de tasas era severa. Infinidad de industrias catalanas, recién resucitadas de sus cenizas, amenazaban sucumbir por culpa de algún «mal paso» administrativo o por algún escamoteo ilegal (casi siempre bendecido por los altos jefes financieros). La nueva España se mostraba inflexible contra aquellas evidentes faltas de patriotismo: se nombraban comisiones de investigación, se hurgaba hasta el fondo en las operaciones empresariales, se vivía pendiente de la menor especulación; pero, naturalmente se ingresó de lleno en la trampa.

Afortunadamente Ramón Pérez estaba ya con nosotros para salir al paso de cualquier traspié peligroso.

En el fondo era un descanso saber que el Ratón Pérez llevaba estrellas y tenía contactos gubernamentales. Fue a partir de aquel momento cuando el Banco Salcedo empezó realmente su ascenso definitivo. Se las ingeniaba perfectamente para limar asperezas y buscar soluciones.

De cualquier forma, la vida no era fácil entonces. El alumbrado eléctrico se había sustituido de nuevo por el gas, pero el gas también escaseaba, y el agua, y cualquier producto que no fuera de fabricación nacional. El carbón se pagaba a precios altísimos y el frío, aquel año, fue realmente sobrecogedor. Sin embargo, yo recuerdo aquel año como el verdadero año triunfal de mi vida privada. Mi eficaz colaboración (en los primeros meses de paz barcelonesa) con don Alberto me habían aproximado a él mucho más que un número crecido de años en la vida normal. Aunque sin atributos oficiales, podía decirse que yo empezaba a ser el verdadero nervio del Banco. Don Alberto me había asignado un sueldo considerable y de no haber sido por la escasez que inmovilizaba al país, hubiera podido vivir con una holgura muy superior a la soñada por mí al regresar de San Sebastián.

No obstante, aún no formaba parte de la plantilla codiciada. En el fondo era una especie de hombre híbrido, medio secretario y medio asesor anónimo, una especie de gestor sin gestoría.

Probablemente don Alberto debía de considerarme demasiado joven para asignarme un puesto de jefe; además, no había que olvidar que yo continuaba militarizado.

En cierta ocasión me dijo que debía aprender a conducir. Eso era fácil. Lo difícil era agenciarse un coche. La mayoría de los que estaban a la venta eran remiendos mal ensamblados que se averiaban en cuanto se ponían en marcha. Pese a todo, aprendí a conducir. Y en cuanto tuve ocasión, me compré un coche: era un Ford con motor de Chevrolet y ruedas melladas: «Una ganga», me dijeron, y hasta cierto punto lo fue. Me costó quince mil pesetas y un saco de harina que un cliente del Banco me había regalado. Pero en aquellos momentos nadie se avergonzaba de ostentar coches de aquel tipo. La cuestión era motorizarse, trasladarse más deprisa de un lado a otro, dar la impresión de que se vivía en la opulencia…

Afortunadamente, las calles de entonces eran eriales: llanuras asfaltadas prácticamente vacías. Se podía circular en dos direcciones y el trasiego era libre y desordenado.

Acababa de estrenar aquel extraño automóvil cuando al salir un día del Banco me encontré de nuevo con Lolita. Andaba deprisa por la acera contraria. Iba vestida con un traje de chaqueta gris y parecía mayor. La seguí con mi coche sin que se diera cuenta. Necesitaba contemplarla otra vez: observar la armonía de su cuerpo, ver su melena negra flotando hueca sobre sus hombros. Yo no sé qué especie de talismán tenía aquella mujer para absorber mi vida de aquel modo. La recordé en el cuarto del hotel Avenida, sus brazos tendidos, sus ojos abiertos: «Sin ti mi vida será una larga cadena de muertes, Carlos.»