Sin embargo, continuaba viva, briosa, como si el incidente de aquella tarde jamás se hubiera producido.
Estuve a pique de abordarla, de suplicarle que fuéramos amigos, de rogarle que «volviéramos a empezar…» Pero la guerra había terminado, y entre ella y yo volvía a haber distancias. No me veía con ánimos de afrontar otra vez todo lo que antaño había soportado: las displicencias de sus padres, el envarado estilo de su ambiente, los reproches a mi condición humilde, a mi arrastrarme por la vida para escaldar peldaños… En el fondo, ella volvía a ocupar un puesto que yo todavía no alcanzaba: tenía su «gente», su mundo, su alejado y disparatado mundo, al que yo difícilmente podría llegar.
Y tuve miedo.
Desvié el coche de su camino, torcí a la derecha y la dejé perderse entre la masa.
Mil veces estuve tentado de llamarla por teléfono. Pero no lo hice. (Algún tiempo después me arrepentí.)
Un día, cuando menos pensaba en ella, ocurrió algo imprevisto. Algo que sin duda alguna marcó mi destino definitivamente. Me anunciaron la visita de su hermano Paco.
Por entonces yo me había instalado en uno de los despachos del fondo; concretamente el que había pertenecido a don Jesús.
Lo vi entrar como si los años de separación no hubieran existido, como si en él nada hubiera cambiado y continuáramos siendo los amigos entrañables de siempre.
Nos dimos un abrazo. «Conque ése es tu despacho…», decía Paco oteándolo con cierto dejo de envidia: «Al fin lo has conseguido…» Iba bien vestido y su aspecto era el de un hombre cuajado en seguridades.
Estuvimos un buen rato charlando: recordando, exprimiendo evocaciones. Me confesó que no había terminado el bachillerato: «Me faltaba tu ayuda… Luego los curas se fueron…» Pregunté por su familia. Él me habló de sus padres, de las dificultades económicas que estaban sorteando. «La guerra nos ha dejado sin blanca. Los terrenos apenas se cotizan y mi padre es una perfecta nulidad en cuestión de negocios.» Recordé mi promesa de hundirlos… Ya nada de aquello tenía vigencia. Paco siguió explicando: «He venido a verte para que nos eches una mano, Carlos… Para que nos orientes.» Sudaba y la ceja volvía a encogérsele, como siempre que mentía o se encontraba en apuros. «Me han asegurado que tu sentido financiero es notable…» Se parecía otra vez al Paco de los exámenes: «Por favor, Honde, estoy perdido… Si fuera posible que tu Banco nos concediera un préstamo…» Decía «tu Banco» sin reserva, como si diera por hecho que todo aquel recinto me pertenecía.
Como la mayoría de los rentistas, los Moraldo, al terminar la guerra, se habían quedado estancados en el paro general económico. Las fincas rústicas apenas rendían: faltaban brazos, faltaba abono, faltaba tiempo para ponerlas otra vez en condiciones de rendir. En cuanto a las fincas urbanas, todo se iba en restricciones: muchas de ellas habían sido destruidas por los bombardeos y las que se mantenían en pie eran habitadas por inquilinos indigentes, que se demoraban en los pagos y a los que no se les podía subir el alquiler. «Te ofrezco garantías, naturalmente: las fincas de Lérida.»
Recordaba aquellas fincas: mil veces las habían mencionado en nuestros almuerzos de antaño. Se trataba de terrenos importantes que bien explotados podían dar buen rendimiento. Me contó que ya no vivían en la torre del Tibidabo: «La dejaron deshecha: inservible… la saquearon…» Me dio su nueva dirección: momentáneamente y en espera de tiempos mejores (tiempos que ya nunca llegaron para los Moraldo), se habían instalado en un piso de la calle Muntaner. «Espero que nos visites algún día…»
Prometí hacerlo, prometí estudiar a fondo la cuestión del crédito, prometí reanudar nuestra amistad…
Cuando se iba, pregunté por Lolita:
– Se fue a Madrid -me dijo Paco-. Está viviendo con unos primos que van a presentarla en sociedad.
Me pareció ridículo que después de todo lo que habíamos pasado, se pudiera mencionar todavía impúnemente la palabra «sociedad». «Se trata de una gente muy bien, ¿sabes, Carlos?» Era grotesco oírle decir a Paco aquello. Claramente comprendí que si Lolita se había marchado era para aligerar la carga de la familia, para ser una boca menos en la intrincada y costosa búsqueda de alimentos.
Volvimos a estrechar nuestras manos. «No olvidaré tu propuesta…», le prometí.
Al día siguiente lo llamé por teléfono para decirle que el Banco estaba dispuesto a proporcionarle el préstamo solicitado a cambio de garantizar con él las fincas de Lérida. «No te pesará, Carlos: en un año esperamos ponerla en condiciones…» Y aunque al decir aquello la ceja se le achicaba, yo sabía que aquella vez tenía razón. Cualquier pedazo de tierra cultivada era en aquellos momentos un negocio seguro. Lo malo fue después, cuando la deserción del campo invadió de agricultores las ciudades. Sin embargo, para aquella época, Paco había ya devuelto el crédito con sus respectivos intereses.
Aquel mismo día me invitó a almorzar en su casa. Encontré a unos señores Moraldo completamente cambiados. Todo se les iba en amabilidades, en alusiones halagüeñas… Preguntaron por mi madre, me ofrecieron su casa. «Sin reservas, Carlos.» Me explicaron su odisea, me alabaron por mi heroicidad… «Debió de ser terrible para ti…» Preguntaron por mi herida. Ni siquiera cojeaba: «Fue aparatosa, pero no dejó huella…»
Era curioso ver a aquella gente tan solícita, tan dispuesta a borrar pasados, a someterse al presente… Comprendí enseguida que de todas las clases sociales, la más vapuleada por la guerra era la de los Moraldo: los que vivían de las rentas, los que jamás habían pronunciado la palabra «rendir», los que nunca habían trabajado…
Pero había en ellos algo que aún se resistía a claudicar: su orgullo de casta, su condición de exclusivos. Aunque lo disimularan, continuaban sintiéndola adherida a ellos: no podían remediarlo. Lo fui comprendiendo más tarde, cuando se volvió a formar el grupo de los intocables, cuando al reunirse entre ellos todavía se hacían distingos entre los pudientes y los que «pudieron», cuando ser nuevo pobre era mucho más eficaz que ser «nuevo rico», y cuando los que «metían la pata» buscaban afanosamente a los que conocían protocolos:
– Hay que ver los tumbos de la vida, ¿verdad, Carlos?
Y al decir aquello el señor Moraldo me daba palmadas en la espalda mientras me ofrecía un puro.
De cualquier forma, siempre dije que tú eras un chico aventajado: no había más que verte; tan estudioso, tan formal…
En medio de todo aquel modo de tratarme, me halagaba. No tanto por lo que me había halagado hacía años como porque me permitía acercarme a Lolita.
Pero nunca me hablaba de ella. Hablaba de Victoria: «Quiero que la conozcas y me des tu opinión.» Decía que se trataba de una «chica divertida», muy deportista y muy «moderna», que aceptaba la vida como un gran pastel de cumpleaños: «Ya sabes: para soplar sobre ella y tragarse la porción asignada…»
Los señores Moraldo me invitaban con frecuencia. Aunque amenazados de indigencia, tenían la habilidad de mantener las apariencias con gran dignidad. En su casa siempre había un invitado importante, un personaje político del momento, un futuro ministro que daba tono y lustre a la reunión.
Paco tenía una especie de sexto sentido para detectarlos y atraerlos a su terreno (en el fondo aquel sistema de captación fue acompañándole durante toda su vida) y cazarlos: «¿Conoces a Justo Fuentes?», preguntó un día.
Era la segunda vez que me hablaban de aquel hombre:
– Está llamado a ser Gobernador Civil dentro de muy poco…