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Rechoncha y turgente, de piernas flacas y pechuga generosa, iba pisando el pavimento del Banco con sus zapatos topolino como si pisara su propia casa. A veces se detenía en mi despacho: «Hola, Carlos…» Y se liaba a hablarme de «sus planes», de las reuniones previstas, de los fines de semana que la aguardaban, de «las comidas» que se habían organizado, de lo bien que bailaba el «bugui-bugui». Más de una vez intentó coquetear conmigo. No era un coqueteo franco: sólo esbozado. Un tirar el anzuelo y retirarlo enseguida para que yo no picara. En suma, un coqueteo provinciano de pies a cabeza.

– Deberías casarte, Carlos. Un hombre como tú no puede desperdiciar toda su vida entre finanzas y juergas…

– Todavía soy joven.

Una vez, Pilar Berruguete fue más lejos:

– Me han dicho que te gusta Victoria. No es mala idea, Carlos. La chica es millonaria y, además, cuando su padre muera, heredará un título.

Lo de los títulos la traía muy inquieta. Creo que hubiera pagado una fortuna por conseguir uno. Pero ni los Berruguete ni los Pérez tenían por donde agarrarse para sumarse a la nobleza.

– Victoria no me gusta: demasiado marimacho… -decía yo.

– Será condesa…

– La vida no acaba en los títulos.

– Pero ayudan a vivir, no te quepa duda.

– Te equivocas: hace un par de años, ayudaban a morir.

– Vas a dejar que Paco te la pise.

– Por mí puede pisarla y hasta triturarla.

Sin embargo, debo reconocer que por entonces Victoria me divertía. Cuando Paco me la presentó, pensé: «Podría ser bonita si no fuera tan simple.» Entonces la sencillez de Victoria y su falta de coquetería se me antojaban espontaneidad, pura simplicidad de espíritu: una forma de derribar barreras y resultar asequible. Era quizá la única mujer joven que entonces no se maquillaba, ni usaba escotes exagerados, ni se valía de sistemas estridentes para llamar la atención.

Victoria Remo vestía sobriamente, como si se hubiere puesto el traje para no andar desnuda, y jamás iba a la peluquería. Decía que ella misma se cortaba el pelo para no perder el tiempo «con chinchorrerías» sacacuartos.

Además, era ocurrente. Decía cosas que ninguna jovencita de aquella época hubiera dicho: «Las guerras civiles… Yo te diré lo que son las guerras civiles, Carlos: masturbaciones del egoísmo.»

Era difícil coquetear con ella: algo lo impedía cada vez que lo intentaba; sin embargo, tanto Paco como yo lo pasábamos en grande cuando la acompañábamos. En el fondo, Victoria era como un compañero más. Un camarada de diversiones que alguna vez nos daba a entender que era mujer.

Fue una época de aturdimiento aquélla: tanto Paco como yo nos hicimos socios de todos los clubs, conocíamos todas las boîtes, nos apuntábamos a todos los planes que surgían.

La guerra era ya agua pasada, y la gente quería foguearse, recuperar los años perdidos. De repente se había vuelto elegante «protestar». (En sordina, naturalmente.) Era un acto de «buen tono» encontrarlo todo maclass="underline" la censura, las restricciones, la falta de cabarets, la obligación de acostarse temprano para ahorrar energía, medir el agua para dar tiempo a construir embalses… Pero en realidad se especulaba con todo y nadie se privaba de nada.

Victoria era el típico producto de aquel tipo de especulación: el del olvido, el de la indiferencia, el de la incipiente insensibilidad.

Casi siempre salíamos los tres por las noches: nos íbamos a la Rosaleda o al Cortijo: escuchábamos la orquesta de Bernard Hilda y bailábamos con ella por riguroso turno. A veces se nos agregaba alguna pareja. Pero, a decir verdad, cuando lo pasábamos bien era cuando estábamos solos.

Mi madre se alarmaba: «A ver qué día te decides a casarte, Carlitos: así no puedes continuar.» Pero ninguna de las mujeres que yo trataba me seducía lo bastante para perder mi libertad.

Hacía ya varios años que habíamos dejado el piso de la calle Fernando. (Creo que coincidió con la muerte de Alfonso XIII.) Recuerdo que, al marcharme de allí, pensé: «Algo ha muerto también para nosotros.» Era como si el monarca destronado diera en sancionar un episodio de nuestra vida.

Nos habíamos trasladado a un piso del ensanche, cercano a la Diagonal. Lo decoré a mi gusto, recorriendo anticuarios y copiando minuciosamente las viviendas que por entonces yo frecuentaba. Mi madre protestaba: «Demasiado grande para nosotros, Carlitos.»

Fue preciso contratar muchachas de servicio. Aquella novedad exasperaba a mi madre: decía que no estaba hecha a tanto boato y que le estorbaba tener caras desconocidas husmeando en la casa.

– Gano lo bastante para permitirme ese lujo.

– ¿De verdad crees tú que eso es un lujo?

A pesar de todo, mi madre no renunciaba a trabajar. Le gustaba hurgar en la cocina, preparar ella los guisos. Ninguna cocinera aguantaba aquello. No toleraban que se interfiriese continuamente en sus quehaceres. Comenzó el desfile de cocineras. No finalizó hasta la llegada de Dolores.

Entonces Dolores era joven, alegre y trabajadora. Ahora continúa siendo trabajadora, pero ni es joven ni tiene alegría.

La única distracción de mi madre consistía en visitar a la señora Salcedo. «Una mujer pintoresca -solía decirme-. Pasa por el mundo flotando, pero es buena y desconoce la envidia.» A veces me hablaba de la niña: «También la niña flota: le gusta el arte, pinta, toca el piano y lee, pero no estudia.» A lo que yo solía responderle: «A una mujer no le hace falta instruirse…» Como el noventa por ciento de los españoles yo tenía la convicción de que una mujer no precisaba de estudios.

Supe luego que la habían mandado a Portugaclass="underline" «Querrán internacionalizarla», comenté. En aquella época, Portugal era el único «extranjero de los españoles». La guerra mundial proseguía y nuestros límites continuaban siendo angostos.

Lo peor de entonces era la ausencia de Lolita. A veces le preguntaba a Paco por ella. Se encogía de hombros y decía: «Lleva su vida: se está cargando de hijos…» No podía imaginarla convertida en una matrona a disposición de aquel marido al que no amaba, dando a luz unos hijos de su desamor, arrastrando su título de marquesa como si arrastrase una condena. «¿No piensa venir por aquí?» Y Paco contestaba enseguida: «Imposible… Está demasiado ocupada pariendo y criando…»

Entre Paco y yo no había ya diferencias sociales. Más aún: empezaba a tomarle ventaja. Tenía dinero, tenía prestigio, tenía coche y tenía inteligencia: cuatro cosas de las que él carecía. En cambio, poseía algo que no me veía capaz de alcanzar: un peculiar tacto para granjearse la amistad de los que estaban en la cumbre: «Cuando necesites un favor, no tienes más que decírmelo, Carlos…» Lentamente se había convertido en una especie de agente ministerial, lo que tanto Figueruela como Ramón Pérez explotaban sin el menor reparo.

Cierto día, Paco y yo hablamos de Victoria. Me preguntó si me gustaba. Le dije que para mí era «como un amigo», pero que jamás la había visto como mujer.

– Te confieso que a mí me gusta -afirmó-. Hay algo peculiar en ella. Tiene «clase», ¿sabes, chico? Una gran clase. Y naturalidad. Es de esas mujeres que llevan un traje de noche como si llevaran camisón…

– ¿Te gustaría casarte con ella?

Paco encogió la ceja y se pinzó la nariz: