– Hombre… Tiene muchas ventajas. Es hija única y su padre es millonario.
Comprendí enseguida que no la quería, pero que en Victoria veía la solución de su indigencia.
– Trata de conquistarla.
– Ya lo he hecho.
– ¿Te rechaza?
– No del todo. Pero temo que tú le gustes más que yo.
Aquel verano se dilucidó la cuestión. Fue un verano caluroso. Paco me convenció para que me fuese con él a San Sebastián: «Allí casi hay que bañarse con jersey.» Me entraba curiosidad por volver a la ciudad donde prácticamente había vivido la guerra.
Recorrí todos los lugares uno por uno. Evoqué mis encuentros con Lolita, la escena del hotel Avenida, nuestra subida a Monte Igueldo… Era doloroso comprender que todo aquello había desaparecido para siempre, que nunca podría recuperarlo.
La playa de Ondarreta estaba atestada. La posguerra la había saneado de pulgas y el peligro del piojo verde había desaparecido con el calor.
El día era alegre y, a pesar de encontrarnos en el Norte, el tiempo era benévolo. Recuerdo que Paco y Victoria acababan de salir del agua cuando nos dieron la noticia: «Ha estallado la bomba atómica.» Hubo una petrificación general. Un paro en las bromas, en las miradas, en los movimientos. Los que lanzaban las noticias, daban toda clase de detalles: la ciudad destruida, pulverizada, la contaminación… Todo era terrorífico y siniestro.
Victoria palideció. «Eso es horrible, horrible…» La gente no se atrevía a pensar. Pensar era comprender que, en adelante, todo iba a condicionarse a aquel horrible invento. «¿Qué va a ocurrir?» Era como si algo íntimo de nosotros mismos hubiera acabado para siempre, como si los valores más arraigados tuvieran que desaparecer después de aquella noticia.
Había una desazón extraña en la playa: «Moriremos todos», dijo Victoria.
Paco se acercó a ella, rozó su brazo: «¿Tienes miedo?» Entonces Victoria rompió a reír: «¿Miedo yo?» Quería echar fuera su susto, convertirlo en una frivolidad más: «Veréis lo que vamos a hacer: conozco una echadora de cartas. Vive en Atigorrieta. Podemos visitarla esta tarde para que nos lea el porvenir.»
Era su forma de sacudir la trascendencia de la noticia. La gente que nos rodeaba reía su ocurrencia: «Esa Victoria…» Y, por descontado se olvidaron enseguida de la bomba atómica y de la ciudad destruida y contaminada.
Las echadoras de cartas eran la gran afición de aquellas gentes. Les gustaba que les halagaran los oídos explicándoles fantasías que jamás iban a cumplirse.
Yo no sé si Victoria creía en ese tipo de estupideces, pero tengo la seguridad que las cosas hubieran acabado de muy distinta manera si nos hubiésemos ahorrado la visita.
Llegamos a la casa en cuestión cuando anochecía. Nos recibió una mujer envuelta en una bata acolchada y con un pañuelo de seda artificial atado al cuello. Tenía el pelo teñido y llevaba dos rodales de colorete en las mejillas.
Nos obligó a sentarnos en torno a un velador cubierto con una colcha adamascada. Le hablamos de la bomba atómica, le dijimos que deseábamos saber cuánto tiempo íbamos a vivir y qué debíamos hacer para ser felices.
Empezó a barajar sus naipes como quien baraja un tesoro, soplaba en ellos, cerraba los ojos, decretó: «Primero la señorita.» El tema de la bomba atómica lo pasó por alto. Pero habló del futuro: «Está usted en una encrucijada, señorita…» Victoria se puso seria. Miró el mantel. «Hay algo en usted que puede destruir su vida…» Paco la escrutaba nervioso, como si la vida de Victoria fuese ya suya. La nigromante nos miró a los dos, echó una carta y dijo: «Dos hombres la disputan.» Entonces Victoria rompió a reír: «No se ría usted, señorita, es más serio de lo que usted imagina. De su elección depende el porvenir. En estos momentos no sabe por cuál de los dos decidirse…» Victoria lanzó un suspiro de alivio y se pasó la mano por el cogote: «Es posible», contestó. «Elija usted al más inteligente. No cometa un error. Podría ser funesto.» Y dio por terminada la visita. No quería hablar más. Decía que fuerzas adversas se lo impedían.
Aquella misma noche Paco volvió a abordarme:
– Ya has oído lo que ha decretado la echadora de cartas.
– No irás a decirme que has tomado en serio esa sarta de memeces -le repuse.
Paco movió la cabeza:
– Tengo miedo.
– ¿De qué?
– De perderla.
– Entonces la quieres.
– Necesito casarme con ella, Carlos. Victoria y yo nos llevamos bien… Además, tú lo sabes: no tengo un duro. Ella será una mujer rica en cuanto muera su padre.
– Pues, adelante, hombre: cásate.
– Pero tú…
– ¿Qué quieres de mí?
– Que abandones.
– No creo ser un obstáculo: jamás me he dedicado a Victoria.
– La impresionas -confesó.
– Intenta impresionarla tú.
– ¿Cómo?
Comprendí.
– Me estás pidiendo que me esfume; de acuerdo: me esfumaré.
A los tres meses se anunció la boda.
Fue un acontecimiento ciudadano; una de esas metas comentadas que a veces convierten los países en provincias.
Se había previsto una ceremonia por todo lo alto, con obispo, con autoridades engalanadas y representaciones gubernamentales.
Hubo comentarios para todos los gustos. Pilar Berruguete dijo: «Al fin te la han pisado, ¿verdad, Carlos?» Y como viera que yo no me inmutaba añadió: «En el fondo no te pierdes nada; la verdad es que no puedo imaginarme a Victoria con traje de novia. Claro que a veces son ese tipo de mujeres las que más encandilan a los hombres…»
Pilar Berruguete quería sonsacarme, conocer el grado de mi decepción. Se nutría de cosas así, tontas y sentimentales. Era como una especie de revista del corazón.
– No te canses, Pilar; por ahora no tengo intención de casarme.
A decir verdad, lo único que me importaba de aquella boda era la posibilidad de volver a ver a Lolita. Sabía que había llegado ya a Barcelona para asistir a la ceremonia. Tenía curiosidad por encontrarme de nuevo con ella. Era una curiosidad impaciente, que a veces me espoleaba en pleno sueño: «Han pasado muchos años…» No podía definir con exactitud qué esperaba de ella. Tal vez que me dijese que no me había olvidado, que seguía queriéndome…
Cuando mi madre me tendió el chaqué, me dije a mí mismo: «Me estoy vistiendo para ella…»
Paco me había encargado que llevase yo el ramo a Victoria. «Por algo eres mi mejor amigo…» Me presenté en el palacete Remo a las doce del mediodía.
Los condes de Remo vivían como habían vivido siempre: con criados uniformados, doncellas con cofia y porteros de librea. Para ellos la guerra había consistido en un simple traslado a Méjico, un veraneo que había durado tres años. Luego, al terminar la guerra, todo había vuelto a su cauce. En aquella época, los padres de Victoria empezaban a estar algo pachuchos y, por descontado, ni el padre ni la madre despuntaban por exceso de inteligencia.
Me hicieron subir por una escalera engalanada con guirnaldas de flores, y al llegar al rellano fueron abriendo puertas hasta dar con el dormitorio de Victoria.
Había fotógrafos, había doncellas, había modistas y había peluqueros.
Los condes me tendieron la mano: «Entra jovencito: Victoria está esperándote.»
La encontré sentada ante el tocador, ligeramente maquillada, su velo de novia rodeando un rostro moreno y desangelado. En cuanto me vio, me tendió la mano. «Conque has traído el ramo…» Lo miraba como si contemplase un choque de trenes o el desbordamiento del río: «La verdad, Carlos: no te pega ese papel.»
Me acerqué a ella y le tendí el ramo:
– Tampoco a ti te pega el tuyo -le contesté por lo bajo.
Victoria mandó que nos dejaran solos. Los fotógrafos protestaron: «Luego -decía ella-; luego sacarán fotografías.»
Al quedarnos a solas cogió el ramo y lo dejó sobre el tocador:
– Un día u otro tenía que decidirme, ¿no te parece?