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– ¡Vaya una pregunta, Carlos!

Jugaba con los dedos, los trituraba. Suspiró hondo y procuró sonreír:

– A veces… ¿Qué es de tu vida, Carlos? ¿Tienes novia?

– No. Trabajo, me he cambiado de casa…

– Lo sé; me lo dijo Paco. Has prosperado mucho.

– También tú has prosperado: eres marquesa.

– Me gustaría que fueras feliz -dijo ella entonces.

– Es muy difícil. La felicidad es otra cosa. La felicidad pasó un día por mis manos… Pero me la arrebataron, Lolita.

– Muchas veces me he preguntado qué significa esa palabra.

– Te lo diré: la felicidad es sentir el corazón acelerado porque alguien al que uno quiere está contando esos latidos en su propio corazón… Y escuchar las pisadas de esa misma persona pensando: «Viene hacia mí» y estrechar su mano sabiendo que dirá «Hasta luego…» Y confiar en el futuro, y esperar cartas que hablen de vacas y de niños sobre los pastizales del Norte.

Lolita bajó la vista:

– Entonces la felicidad es algo que sólo pertenece al pasado… No conviene pensar eso.

– ¿Por qué?

– Somos tan incautos, que lo imaginamos siempre mejor que el presente.

– ¿También a ti te ocurre eso?

No contestó. Cogí su mano. La alianza le venía grande:

– ¿Por qué huiste de mí, Lolita?

– Creí que era lo mejor…

Señalé a su marido:

– No debiste casarte con él. Me gustaría saber por qué lo hiciste.

Se encogió de hombros. Retiró su mano de la mía.

– No lo sé -dijo-. Debe de ser un fenómeno corriente. Mucha gente se casa sin saber por qué. De pronto se nos mete en la cabeza que «hay que casarse…» Como Paco: tampoco él sabe por qué se ha metido en este lío.

– Fue un error.

– Siempre cometemos errores: es un privilegio humano -intentó bromear-. Los animales nunca se equivocan.

– ¿Crees tú que si te hubieses casado conmigo hubieras cometido también un error?

– Me temo que nunca podré contestarte a esa pregunta.

Se volvió de espaldas. Luego se levantó. Volvió a tenderme la mano:

– Adiós, Carlos.

– Otra vez huyes de mí.

– Quizá.

Y se fue.

Al día siguiente regresó a Madrid. Yo entré en el Banco con el ánimo decaído. Me sentía vejado, burlado, despojado de algo que hasta entonces me había parecido imposible perder.

En el Banco cundía de nuevo un clímax angustioso: la guerra mundial había dejado huellas profundas y la economía del país presentaba incógnitas a las que nadie podía responder. Desde España era muy difícil saber con exactitud los pormenores de la pasada guerra. El colaboracionismo, la matanza de judíos, los arrolladores crímenes que el nazismo había fraguado, llegaban a nuestra tierra amortiguados, disimulados aún por una prensa vigilada. Se nos daba una versión romántica del asunto, algo que se tardó mucho en desmitificar.

Aunque la virulencia de nuestra primera euforia se había esfumado (por ejemplo las brigadas de la División Azul), surgió de pronto otro tipo de virulencias que desmoralizaban, que provocaban descontentos y que sumían al país en una constante tensión.

Bajo mano y en tono confidencial, los bulos sustituían lo que los periódicos no publicaban. El momento era difícil, muy difíciclass="underline" Nadie sabía lo que podía ocurrir. «Nos quieen dogá con fútbol, con los toos, peo el pueblo no dueme…», decía don Alberto.

La mentalidad española había empezado a cambiar cuando la guerra mundial se dio por acabada. España buscaba en aquella paz un nuevo drenaje y la conformidad anterior se resquebrajaba. Existía la posibilidad de una expansión extranjera, nuestro desarrollo económico se minificaba y el peligro de la crisis imponía un cambio de estructuras. Fue entonces cuando le propuse a don Alberto instalar una sucursal en Madrid: «Es absolutamente necesario mantener contacto con la capital. La centralización se vuelve día a día más exigente.» Don Alberto dudaba; todavía se aferraba a la idea caduca de una Banca netamente catalana.

Aquella actitud me desazonaba: «No podemos quedarnos rezagados -le dije-. Pronto vendrán los tiempos en que las relaciones bancarias internacionales se impongan y un Banco netamente catalán tendría pocas probabilidades…»

Se quedó mirándome, ceñudo, los ojos ligeramente entornados:

– Estoy cansado, ¿sabes, hijo?

Se sentó en el sillón de su mesa, la mano en la frente, su incipiente calvicie aureolada por unas canas que ni siquiera el rubio de su cabello podía disimular.

Lo recordé en otros tiempos, eufórico, vibrante, alerta a la menor contingencia:

– Muy cansado -repitió.

Estaba cansado de luchar para preparar futuros ciegos y sordos, sin el aliciente de unos hijos definitivamente cegados y mudos, sin la continuidad de su apellido:

– Muchas veces pienso que estoy hecho un Sísifo…

Y esbozó una mueca entre desencantada y despectiva:

– ¿Quees que vale la pena complicase tanto la vida…?

Le dije que estancarse en los negocios era la mejor forma de perderlos. «O avanzar, o retroceder. No hay otra solución.» Mis argumentos no lo convencían. Meneaba la cabeza de un lado a otro: Yo era joven: por eso pensaba así, decía él. Yo tenía ambición. Volvió a mencionar los hijos muertos…

– Le queda una hija.

– Es inútil -contestó él-. Venda un cazadotes y se apovechaá de todo.

¡Qué curioso resulta ahora recordar aquella conversación! Ni don Alberto ni yo podíamos intuir lo que iba a suceder con aquella niña. Alicia, en mi panorama particular, era todavía una circunstancia plana, sin relieve, un hecho esporádico que se producía más allá de cualquier proyecto.

– Nadie tiene derecho a utilizar procedimientos drásticos únicamente para prevenir…

Él insistía:

– ¿No te das cuenta, hijo? Alicia es muy joven y está expuesta a que la engañen.

– Pero le tiene a usted para protegerla, tiene a su madre…

Don Alberto lanzó un soplido violento y alzó las manos en un ademán ambiguo:

– Su made… Bah -dijo-. Mi mujé es muy buena, peo muy tonta.

Era curioso, que don Alberto se expresara así al referirse a su mujer. Nunca había hablado de ella conmigo en aquellos términos. Contemplé el retrato que descansaba sobre la mesa. No se parecía al que había colocado allí antes de la guerra. La efigie que yo estaba contemplando en aquellos momentos pertenecía a una mujer asustada, gruesa y ligeramente crispada por el flash del fotógrafo.

– A pesa de todo, la necesito, ¿sabes, hijo? Uno se acostumba…

No era extraño que don Alberto me hiciera aquel tipo de confidencias. Más de una vez lo había yo sorprendido metiendo mano a su secretaria (una recién llegada de aspecto atractivo que se llamaba Irene) y tal vez considerara que al hablar de aquella forma, justificaba sus deslices.

– La vida también es tonta, y nos gusta -le dije.

No tardé mucho en ver de nuevo a aquella niña que tanto preocupaba a su padre. El cambio que había dado era notable.

Alicia era ya una mujer. Un día entró en mi despacho con paso decidido y sonrisa alegre:

– ¡Hola, Carlos!

– De modo que tú eres Alicia…

Se sentó frente a mí, cruzó las piernas: las tenía bonitas, esbeltas, de tobillos finos y pies alargados. No se parecía a su padre. Sólo había heredado de él el colorido de sus ojos.

– ¿Cómo te ha ido por Portugal?

– Aprendí pintura… Te habrán dicho que me gusta el arte.

Me chocaba que una mujer como ella se interesase por la pintura.

– Me alegro -dije-: una buena solución para no aburrirse.

Alicia pareció ofenderse.

– Estás en un error. No pinto para distraerme. Pinto porque lo necesito.

Rectifiqué enseguida:

– Perdóname: no quise ser grosero.

Tardó mucho en entrar en materia. Primeramente me habló de su padre: lo admiraba, lo quería. A su madre ni siquiera la mencionó. Al final expuso el motivo de su visita: «Se trata de informe bancario.» Una amiga suya se había hecho novia de «desconocido»: «Uno de esos hombres que surgen no se sabe dónde y que prometen lo que a lo mejor no existe…» Alicia hablaba con un tonillo despectivo, un poco pedante: «Y sus padres han pedido que averigüe la verdad a través del Banco.»