De pronto vi a mi madre: me estaba mirando desde el otro lado de la sala. Era como si me estuviera reprochando algo que no decía.
Paco habló de Alicia: «Te has casado con un bombón…» Había bebido unas copas de más y empezaba a enrojecérsele la nariz. Pregunté por Victoria, me dijo que la había perdido de vista hacía ya mucho tiempo…
Recuerdo que, en aquellos momentos, Alicia se colgó de mi brazo: «Espero que nuestro matrimonio no se parezca al de Paco…», me deslizó al oído.
Después, la plaga de fotógrafos… Las firmas del menú.
Nos fuimos temprano. Aquella noche cenamos en el hotel Florida del Tibidabo. Fue una cena expectante, anquilosada, sin excesiva conversación.
Desde allí, la ciudad se extendía enorme con sus mil ojos apuntando al cielo. Al bajar de nuevo a ella, Alicia dijo que no podía ser más feliz. Teníamos habitación reservada en el hotel Ritz. Nos habían acomodado en la cámara nupcial, llena de flores y con una botella de champaña (obsequio de la casa). Bebimos, brindamos.
Recordé a Estrella, recordé a Paloma… Alicia jamás podría ser como ellas.
Así comenzó nuestro largo período en común: revestidos de apariencia.
Primero fue el paisaje de Niza, con su luz estallante reverberando sobre un mar todavía frío. Luego París: teatros, music-halls, itinerarios turísticos: olvidos de una guerra en aquella paz recién nacida. Indicios de una era envuelta en náuseas y existencialismos. Nostalgias de un romanticismo que empezaba a estorbar. Y cansancio. Fatiga de no fatigarnos. Sensación de flotar, de vivir sin sensaciones. Y unos deseos locos de volver a España, de recuperar nuestro paisaje de siempre.
Un día Alicia me sorprendió mirando por la ventana el obelisco de la Place Vendôme:
– Te aburres, ¿verdad, Carlos?
– ¿Por qué dices eso?
– Llevas varios días bostezando continuamente.
Se había echado en la cama, envuelta en una bata de encajes.
– Tengo la impresión de que nuestro viaje de boda te está defraudando.
Me acerqué a ella; cogí su cara entre las manos.
– No vuelvas a mencionar semejante aberración. No tolero que hables así, Alicia… A no ser, naturalmente, que la defraudada seas tú.
Se incorporó: miraba las iniciales de la sábana, jugaba con ellas. Suspiraba. Y el obelisco seguía allí, con sus jeroglíficos misteriosos y su punta enhiesta señalando un cielo encapotado.
– No lo sé -confesó-. Hay momentos en que tengo la impresión de haberme casado con una sombra.
– Quieres decir que te has equivocado…
Agachó la cabeza. No podía ver la expresión de su cara.
– Yo te quiero, Carlos… Pero tú… ¿estás seguro de quererme?
– ¿Crees tú que si no te quisiera me habría casado contigo?
Lanzó un suspiro hondo, asintió. Dijo luego:
– Será mi falta de experiencia… No sé lo que me pasa. A veces tengo la sensación de que nunca llegarás a ser completamente mío… Y lo que es peor: tampoco yo soy plenamente tuya… Hay algo que nos lo impide. ¿Podrías decirme qué es?
Procuré quitarle de la cabeza aquella idea. Le propuse visitar el museo del Louvre. Sabía que aquella proposición la complacería.
Recuerdo que al entrar allí una corriente helada nos salió al paso. Frente a nosotros, en el primer rellano de la escalera, Niké presidía la escalinata. Era como si sus alas se hubieran agitado al vernos entrar: «La Victoria helando», pensé. Anduvimos por las salas desconectados el uno del otro: contemplando las obras en silencio. Alicia se detenía en los lugares más inesperados. Decía que había pintores que enriquecían y otros que empobrecían.
– Tú no puedes comprender eso -me lanzó al fin.
– A veces puedes ser altamente impertinente, querida Alicia.
Se volvió hacia mí sorprendida.
– ¿Por qué te ofendes, Carlos? Siempre me has dicho que el arte no te interesa.
Pero me molestaba que me diera lecciones. Y, aunque tal vez ella no se lo propusiera, me las estaba dando.
– Perdóname -acabó diciendo.
Y continuó recorriendo las salas sin despegar los labios.
Cierta mañana Alicia se despertó llorando. Decía que había tenido un sueño perturbador. «Lo malo del caso es que no puedo recordarlo…»
Sollozando, se llevó las sábanas a la cara para secarse el sudor que empapaba su frente:
– Tenía que ver contigo, Carlos, y con alguien más… Una horrible mujer sin rostro…
– Ya empiezas con tus fantasías.
La cogí en brazos: intenté tranquilizarla. La besé; eran besos desabridos, pobres, exactamente igual que el viaje que estábamos realizando.
Aquel mismo día recibimos un telegrama de España. En él nos comunicaban que mi madre había caído enferma. Alicia comentó: «Tal vez el sueño fuera eso…» Llamamos por teléfono. La voz de mi suegra era un puro gorgorito. Se expresaba con el tonillo solemne que utilizaba cuando recitaba poesías: «Venid pronto: se ha puesto muy grave… Una embolia…» Mi suegro le arrebató el auricular: «Todavía estáis a tiempo.»
Pero cuando llegamos a España, mi madre había muerto sin recuperar el conocimiento.
Dolores se cuidó de amortajarla. Y yo contemplé su cuerpo inmóvil sin experimentar la menor emoción. De hecho, para mí, aquella inmovilidad había empezado hacía infinidad de tiempo.
En cambio, Alicia lloró mucho. Era absurdo que la nuera mostrase mayor disgusto que el propio hijo. Pensé entonces que acaso Alicia estuviera llorando por ella misma, por sentirse tan muerta como mi madre, por percatarse que mi frialdad ante aquel cadáver estaba alcanzando a ella también.
La dejé llorar sin consolarla, sin agradecerle el llanto.
También doña Alicia lloraba y suspiraba y me llamaba hijo… Sin duda se acordaba de sus hijos muertos, de aquellos remedos humanos que nunca podría recuperar… Y don Alberto se mordía los labios, nervioso, sin saber exactamente qué actitud debía adoptar: «Fue una mujé luchadoa -repetía obsesivamente-, una gan pesonalidad…»
Al desalojar la casa comprendí que mi suegro tenía razón. A veces los objetos que los muertos abandonan resultan más elocuentes que sus propios dueños. Aquel álbum de fotografías… «Ya he tomado diez baños, Carlitos…» Aquel tren que un día me regalaron a fuerza de quitar horas al sueño… Mi primer pantalón largo, guardado cuidadosamente con bolas de alcanfor… Sus tijeras, ágiles y puntiagudas, sobre el cesto de la costura, con los mangos desgastados de tanto usarlas…
– ¿Crees tú que nos estará viendo ahora? -le pregunté a Alicia.
Asintió ella con el buche lleno de sollozos:
– Naturalmente -dijo-. Los muertos nunca nos abandonan.
El padre Celestino se ocupó de las exequias. Fue un entierro tan lujoso como el del tío Rodolfo: un entierro que a ella no le hubiera gustado presenciar.
El simple hecho de haberme convertido en yerno de Alberto Salcedo era suficiente motivo para que el entierro de mi madre fuese nutrido. Estreché manos que hasta entonces me habían parecido distantes, escuché condolencias en boca de personajes encumbrados, autoridades y también sirvientes… Esa larga estirpe de sirvientes que a veces «visten» tanto como un grupo de la alta sociedad.
Rostros que hasta entonces me habían parecido inasequibles, se acercaban a mí, me llamaban don Carlos, me sonreían…
Aquel día Alicia y yo almorzamos en la casa de sus padres. Fue sofocante. Al llegar a los postres mi suegra me comunicó que había compuesto una poesía en memoria de mi madre. Recuerdo que empezaba así:
Se nos fue Remedios,
se quebró su tallo,
se quedó sin medios
de evitar el fallo.
No sé cómo pude aguantar toda la recitación sin reírme. Creo que me lo impidió el malestar que demostraba don Alberto y la vergüenza que pasaba Alicia. «Se lo agradezco, doña Alicia, muy conmovedor…» Mi suegra se esponjaba: