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– Pues tengo muchas más, hijo. Si te gustan, algún día te las recitaré todas…

Le dije que me complacería sobremanera. Y Juan Villoria, convertido en perfecto mayordomo, sonreía admirado, extasiándose ante aquella escena hogareña y tradicional, mientras escanciaba el café.

Era curioso contemplar a Juan Villoria en sus funciones domésticas. Durante años había aspirado a convertirse en lo que era: un camarero de casa rica. Debía de ser magnífico soñar con metas tan fácilmente alcanzables…

Cuando se dirigía a mí, ya no me llamaba «mi sargento», me llamaba don Carlos y, por supuesto, nunca se tomó la libertad de recordarme que, en otros tiempos, los dos habíamos sido botones de la Banca Salcedo.

Después vino la larga y difícil adaptación de la vida matrimonial. Aburrimientos paliados con recursos más aburridos todavía: las funciones de ópera, las reuniones sociales, la casa de los amigos de mi mujer, las mañanas domingueras en el polo o en el tenis, las sesiones de bridge… Y Alicia procreando cuadros, llenando la casa de pinturas horrendas (tan fétidas como las poesías de su madre) exigiendo una alabanza en cada pincelada y repitiéndome, cuando ponía en duda su talento, que «yo no entendía», que «yo no era capaz de distinguir lo que era arte de lo que no era…»

Poco a poco me fui habituando a aquellas salidas de tono. Pero al año de casados yo me había distanciado de mi mujer gracias a la costumbre de no prestarle atención.

Aunque continuábamos durmiendo juntos, el día lo pasaba prácticamente alejado de ella.

De repente, empezaron a lloverme consejos de administración. Proposiciones ventajosas, negocios marginales que auguraban un porvenir risueño. Lo acepté todo. Era mi gran excusa para estar fuera de casa.

Al final, tras la guerra europea, España había dado un viraje total en el terreno económico. El panorama interno, tal como le había vaticinado yo a mi suegro, empezaba a presentar síntomas de deflación: los créditos, al restringirse, habían creado problemas en las industrias poco solventes, y los comerciantes pequeños amenazaban ruina. Aunque no pudiera hablarse propiamente de crisis, era indudable que ciertos sectores de la industria estaban experimentando grandes pérdidas, y la gente empezaba a alarmarse. Se hacían cábalas sobre el futuro: «La igidez fanquista nos está aislando del mundo», insistía don Alberto. Por lo pronto Inglaterra, Francia y los Estados Unidos nos excluían abiertamente de cualquier negociación. Fue entonces cuando el nombre de Justo Fuentes empezó a tener verdadera resonancia. Al parecer, sus gestiones diplomáticas y sus asesoramientos económicos estaban influyendo notablemente en las altas esferas. Le rogué a Paco que me pusiera en contacto con él. Prometió hacerlo en cuanto se terciara.

Los momentos eran críticos, pero desde mi atalaya bancaria era fácil detectar la solvencia de ciertas propuestas. Fue en aquella época cuando creé «Productos gastronómicos C.H.S.A.» (Carlos Hondero, Sociedad Anónima). Eran pequeños monopolios conseguidos a fuerza de asumir quiebras pequeñas: envases de legumbres, frutas, carnes, pescados… Todas las industrias alimenticias que no podían subsistir por sí mismas, iban cayendo en mis manos.

Don Alberto se alarmaba: «Quien mucho abaca…» Pero acababa invirtiendo capital en la sociedad. También de entonces data la creación de la Industria Cepaca: «Cerámicas, Pavimentos y Carpintería», altamente apreciada en el ramo de la construcción.

Con frecuencia mi mujer se quejaba de mi continuo ajetreo: «Nunca imaginé que me casaba contigo para dejar de verte…» Mi reacción era inmediata: «Si lo que pretendes es que me convierta en un semental, estoy dispuesto a renunciar a todo.»

– No se trata de eso, Carlos. Se trata de vivir. ¿Crees tú que tanto ajetreo puede considerarse vida?

Pero lo que llegó a exasperarla fue la intención que yo tenía entonces de adquirir un piso en Madrid:

– Tú verás lo que haces, Carlos. Al parecer no te basta poner calles de por medio… Ahora quieres poner carreteras.

Aquel día me sentía belicoso. Le dije que no tenía derecho a interpretar mis sanas ambiciones como un pretexto de separación: «Al fin y al cabo, mis continuos viajes a Madrid lo están exigiendo.»

Nos encontrábamos en el salón de nuestra casa (la misma que habíamos estrenado después de nuestra boda). El ventanal, abierto de par en par, daba a una terraza desabrida saturada de plantas exóticas, a las que Alicia profesaba una especie de admiración fanática:

– A veces pienso que te has casado conmigo únicamente para realizar esos malditos proyectos tuyos…

Me puse en pie. La miré como si la fulminara. Alicia me contemplaba desde el sofá, encogida, hecha un ovillo, asustada:

– Has estado inoportuna, Alicia, muy inoportuna.

Parpadeó. Mi actitud debió de sorprenderla:

– Era una broma -murmuró.

Pensé: «Está hablando igual que Paco.» También él lo echaba todo a broma cuando se equivocaba.

– Buenas noches, Alicia.

Salí de casa. Era la primera vez que reaccionaba de aquel modo. Fue como romper un precinto: un precedente irreversible que ya no podía volver atrás.

Me presenté en la vivienda de Paco. Lo encontré en la biblioteca hablando por teléfono. Al verme llegar a una hora tan desusada, colgó el auricular y se acercó a mí:

– ¿Qué ocurre?

Pregunté por Victoria. Me dijo que se había quedado a cenar en casa de unos amigos.

– No te extrañe: Victoria y yo somos un matrimonio civilizado y hemos hecho un pacto de «no agresión». Ella lleva su vida y yo la mía. Es la mejor forma de entendernos.

– Una buena premisa -dije yo-. De ahora en adelante voy a hacer lo mismo con Alicia.

Me senté junto al ventanal. El calor de la noche se metía de lleno en la biblioteca.

Me fijé en el mobiliario: era barroco y plomizo. En la chimenea se alzaban los retratos de don Juan y de doña Mercedes, debidamente firmados y dedicados.

– De acuerdo -dijo Paco-. A las mujeres hay que enseñarlas desde el principio a no entremeterse en nuestros asuntos.

– Alicia está abusando de mí -expliqué-, de mi buena fe, de mi ingenua fidelidad…

Paco dio un palmetazo:

– A ti lo que te hace falta es distraerte… Llevas demasiado tiempo metido en esos complicados negocios. El mundo está lleno de mujeres normales capaces de compensar tus esfuerzos…

Me contó entonces que él tenía una amiga.

– ¿Y Victoria lo sabe?

– Probablemente lo intuye. No le importa. También ella debe de tener sus historias. Lo esencial es que entre nosotros reine la mejor armonía.

Se expresaba igual que los antiguos: aquellos que jugaban el golf en el club de Pedralbes, que gustaban de las zarzuelas, de las varietés y que admiraban a Freudman. Me acordé de lo mucho que se había escandalizado Paco cuando se entero de que su tío Lorenzo engañaba a su mujer. Sin embargo, él hacía ya lo mismo.

– Llegará un tiempo en que esas cosas carecerán de importancia, Carlos. El mundo evoluciona y nadie podrá impedirlo. La tiranía de la mujer única no puede durar.

Aquella misma noche reanudamos juntos nuestra vida de solteros. Recorrimos varias boîtes, nos emborrachamos, nos agenciamos mujeres… «Como en los buenos, tiempos», decía Paco. Y en su euforia recitaba párrafos extraídos del Fuero de los Españoles: «Hay que tener respeto a la dignidad, la integridad y la libertad de la persona humana.»

– Así que ya lo sabes, Carlos: que nos respeten.

Cuando llegué a casa, Alicia dormía. Procuré levantarme antes de que despertara. Le telefoneé desde el Banco para comunicarle que, aquella misma tarde, salía para Madrid:

– Estaré dos días fuera: asuntos Salcedo. El director de la sucursal madrileña me reclama…

Cuando quería justificar mis ausencias ante Alicia no tenía más que pronunciar la frase clave: Asuntos Salcedo. Los asuntos Salcedo eran inviolables para ella.