Выбрать главу

Pregunté:

– ¿Te interesa?

Paco se echó sobre la arena y colocó sus manos en la nuca. Luego cerró los ojos para que el sol no hiriese sus retinas:

– ¿Quién? ¿Serena? ¡Qué ocurrencia! Cualquiera se atrevería, con el marido que tiene…

Me explicó entonces que Justo Fuentes era veinte años mayor que su mujer: «Un viejo déspota, frío y calculador al que sólo interesa la política: un medio espía de Franco que acaricia con una mano y sentencia con la otra. Además, yo tengo a Gladys…» Gladys era una americana recién instalada en España y que entonces traía a todos los hombres de cabeza. Calló súbitamente porque doña Alicia se acercaba a nosotros: se había puesto una bata floreada sobre el bañador y parecía un sofá: nos dijo que iba a subir a la masía para advertir a Juan Villoria que pusiera tres cubiertos más en la mesa.

En cuanto se hubo marchado, salieron de la casita Victoria y Serena.

La belleza de Serena estaba entonces en su plenitud. Sería difícil describirla. Era una mezcla del Partenón y de rascacielos, una magnífica contradicción de sí misma, una especie de absorción de todo lo perfecto, de todo lo sublime trasladado a su cuerpo.

– Bonito lugar -decía abarcando la finca entera, el mar, el cielo, con sus ojos casi anormales de puro grandes.

Y al decir aquello fue como si el lugar fuera únicamente bonito porque ella lo estaba decretando así. Pensé que también su nombre era bonito:

– Nunca he conocido a una mujer que se llamara como tú.

Su acento era ligeramente extranjero. Todavía no se había adaptado a nuestra forma de hablar.

– También en España tenéis nombres extraños para nosotros.

No podría describir con exactitud lo que departimos aquella mañana de agosto. El recuerdo se diluye en mil detalles que carecieron de importancia, pero que reducían las sensaciones a una sola: la presencia de aquella extraña mujer.

Era como si todo en torno estuviera girando para ella, con ella y por ella. Las palabras eran simples ornatos: consecuencias sin valor de un valiosísimo hecho reaclass="underline" su cuerpo, su voz, sus ojos, su sonrisa.

Recuerdo que Victoria se había enfrascado en una discusión sobre los toros. Se refería a Manolete: por aquellos días se cumplía el cuarto aniversario de su muerte: «Un final glorioso para un torero», comentaba Paco. Y Victoria, locuaz (más locuaz que nunca), opinaba que una vez desaparecido el diestro «más importante de todos los tiempos», ya no era posible ir a los toros. Y que para ella se había acabado la fiesta nacional.

Fue una mañana agitada e insólita. Allí, en aquella playa y en aquellos momentos, podíamos llegar a creer que éramos libres, que nada de lo que restringía nuestra vida existía realmente.

Jugamos a la petanca: recorrimos a nado el trecho que mediaba de la playa al islote (aquel islote que cuando, en septiembre, el mar se encabritaba, llegaba a desaparecer). Y reímos. Reíamos por nada, como si el hecho de reír fuera tan natural como respirar. Jugamos también a atraparnos, como cualquier bañista palurdo: «Te he pillado, Serena…» Y Serena se escurría dejando en mis manos la sensación de un hueco hiriente.

Fue una mañana «nueva», una primera mañana que excluía de cuajo la posibilidad de ser la última. Can Pou ya no era un lugar sórdido ni triste: era el lugar más bello del mundo.

Serena, exhausta, se dejó caer sobre la toalla que había extendido a mi lado. «Quisiera quedarme aquí siempre -decía mirando al cielo-. Detener el tiempo, no volver jamás a la ciudad…»

– Eso tiene fácil arreglo -le dije-. Te instalas en Can Pou unos días hasta que te canses…

Serena entornó los ojos y se incorporó ligeramente: «No seas tan generoso, Carlos: soy capaz de tomarte la palabra…»

Me dije que era injusto que una mujer tan joven y tan atractiva hubiera encadenado su vida a la de un hombre que podía ser su padre. Le pregunté si tenía hijos. Victoria respondió por ella:

– Qué cosas se te ocurren, Carlos. Serena es demasiado joven…

Daba por sentado que una mujer con apariencia de niña no podía aspirar a ser madre. Serena se defendió: «Tú ya no eres tan joven y tampoco los tienes.»

Me pareció que entre las dos mujeres crecía una tensión molesta: «Debe de ser un mal general -dije-, Alicia y yo tampoco tenemos hijos…» Paco, entonces, aprovechó la ocasión para lanzar una de sus felices ocurrencias:

– Podríamos fundar el club de los estériles.

La campana de la masía no tardó mucho en avisarnos que el almuerzo estaba preparado.

– El primer toque -advertí-; hay que cambiarse rápidamente.

Cuando subíamos a la casa, rocé el codo de Serena: «Voy a pedirte un favor: si mi mujer te enseña sus cuadros, dile que te gustan mucho.»

– A eso le llamo yo ser un marido complaciente.

– Es una simple precaución. Es celosa y sentiría que te tomara ojeriza.

Aquel día almorzamos bajo el pórtico, entre sol y sombra. Recuerdo que Dolores (agregada a nuestro servicio desde que mi madre había muerto) ayudaba a Juan Villoria a servir la mesa. La presencia de Serena no debió de gustarle. Más de una vez se olvidó de pasarle la fuente: «Dolores, por favor…» Miraba a Alicia; comparaba: estoy seguro. Se daba cuenta de que la diferencia era demasiado notable. Paco, fiel a su impertinencia, le dijo a mi suegro que aquella finca precisaba carreteras. «Sólo los ultrafuertes como usted son capaces de recorrerla sin agotarse…» Mi suegro se resistía: decía que andar era bueno para la salud…

Más tarde subimos al torreón: Alicia enseñó sus cuadros. Serena supo disimular: dijo que eran preciosos. Y Alicia la creyó.

Era una tarde calurosa: olía a tierra tostada, a cuerpos sudorosos, a perfume de Serena. Victoria parecía contenta (había bebido demasiado y todo se le iba en alabanzas): «¿Verdad que Can Pou es fascinante Serena?» Tenía el rostro congestionado y al respirar soplaba como un fuelle.

Así empezó mi verdadera infidelidad.

Hasta entonces mis infidelidades habían sido esporádicas: entusiasmos fugaces y burgueses que satisfacían mis apetitos momentáneos, pero que en definitiva no llegaban a modificar la malparada estructura de nuestro matrimonio. Paco solía denominarlas «infidelidades inofensivas, desahogos naturales, protestas contra "la mujer única"».

– Desengáñate, Carlos: las graves, las que lo trastornan todo, son las que provocan crisis, ataques de ira y distorsión.

Y yo había acabado creyéndolo.

Lentamente me había ido creando entre mis amigos fama de mujeriego, de hombre irresistible, interesante e insustituible. Pero nadie podía decir de mí que fuera un mal marido. Delante de la gente me guardaba muy bien de no perder los estribos. Al contrario, tenía un gran empeño en recalcar la serenidad de mis actos. Únicamente Paco conocía mis andanzas, pero no me preocupaba porque, en el fondo, él hacía lo mismo. Alicia a veces recelaba: «Paco no me gusta -decía-. Está lleno de dobleces.»

Luego yo se lo repetía a éclass="underline" «Mucho cuidado con Alicia: estás empezando a caerle mal.»

– No te preocupes -decía él-, eso lo arreglo yo en un periquete.

Y se liaba a hablar con Alicia como si para ella fuera un hermano. A veces mi mujer caía en la trampa: le hacía confidencias. Paco no tardaba en repetírmelas:

– Alicia duda de ti: dice que te gustan demasiado las mujeres.

– ¿Y tú qué diantre le has contestado?

– La he tranquilizado.

– ¿Cómo?

– ¿Cómo iba a ser? Poniéndote como un trapo sucio. A las mujeres les gusta mucho que el mejor amigo de sus maridos los critiquen. Les infunde seguridad.

– Serás cabrón…

– No te alarmes, hombre: sólo le he dado a entender que eres un poco frívolo. Después le he dicho que los maridos frívolos son los menos peligrosos, que los dañinos son los santurrones, los que jamás se fijan en otra mujer delante de la propia…

– Así que me has llamado frívolo.

– No irás a suponer que no lo eres…