– Se diría que estás contento, Carlos. Me gustaría saber qué mosca te ha picado.
– La Bohème me gusta -mentí-. Es quizá la única ópera que resisto.
Alicia era liceística. Le gustaba la música, le gustaba el ambiente, le gustaba, sobre todo, que la invitaran al piso principal.
En cambio, yo jamás pude acostumbrarme al espectáculo interminable que las óperas ofrecían. No era sólo la función lo que me aburría: era la ridiculez de la gente, su empeño en destacar, en ver y ser visto.
Más de una vez había escuchado los ronquidos de los que presumían de entendidos. Paco era uno de ellos. Desde que se había casado con Victoria jamás dejaba de asistir al turno que sus opulentos suegros les habían regalado. «Te juro, Carlos, que podría cantarte todas las óperas italianas de arriba abajo…» Pero el muy bellaco se dormía. Solamente permanecía en vela cuando entre los invitados había una mujer que le interesaba.
Aquella noche Gladys Goulden estaba allí, en su palco, tal como ocurría desde hacía varios años. A pesar de su escasa belleza, Gladys Goulden era muy codiciada, por rica, por americana y por un busto agresivo que, según rumores, no tenía inconveniente en enseñar cuando alguien lo solicitaba.
Alicia y yo llegamos al palco en el preciso momento en que Mimí entraba en la buhardilla de Rodolfo. «Os habéis perdido lo mejor»: siempre decía aquello cuando alguien llegaba tarde.
Aquella noche el palco de los Remo estaba lleno. Salvo los Repecho (cada vez más caducos y alelados), los restantes invitados eran jóvenes: Francisca, la hija menor de los Repecho (oteando nerviosa hacia el palco vecino porque su enamorado de toda la vida estaba allí), los Trigo (de la casa condal Trigo y Lagunas, recién rescatados de la ruina gracias a la ayuda bancaria de los Salcedo); los Rampardal (millonarios de última hora y de primera categoría, rivales encarnecidos de los Pérez Berruguete, frente a la muy encumbrada marquesa de Sobrado); los Cascote (de los Cascote ennoblecidos, que visitaban a los reyes en sus viajes a Estoril) y, por descontado, Gladys Goulden, con su escote desbocado, sus perlas cultivadas y su desparpajo bien alimentado por un divorcio sonado y por sus grandes posibilidades económicas.
Un efluvio denso de perfumes y telas nuevas nos salió al paso cuando cruzamos el umbral del antepalco. Los hombres se levantaron y Alicia se acomodó tras el cogote de la americana.
Paco no tardó en advertirme: «Serena está ahí, en el palco central.» Cogí los prismáticos para verla: la distinguí enseguida, entre sombras, su escote realzado por una capa de zorras blancas. «Hay que hacer lo posible para topar con ella en el entreacto.»
Después vino el aria de Rodolfo. Y Paco cerraba los ojos como si de verdad se enfrascara en la música.
Che gélida manina…
Mi la lasce riscaldar?
Mis ojos no podían apartarse de Serena. Paco me advirtió que cambiase de dirección. «Van a darse cuenta…» Enfoqué los otros palcos. Vi a Pilar Berruguete de Pérez, rebosando joyas y satisfacción, sentada al lado de la marquesa de Sobrado… Y a los Moraldo (padres) remedando con sus gestos y sus ademanes aquellas épocas gloriosas en las que asistir al liceo acomodados en un palco del principal suponía un privilegio que muy pocos podían alcanzar.
Después cantó la soprano:
Mi chiamano Mimi…
E perché? No lo so…
Y la gente suspiraba, ponía los ojos en blanco y se mantenía inmóvil para no entorpecer el idilio que se iniciaba en la escena. Pensé entonces que no me importaría vivir en una buhardilla, como Rodolfo, si Mimí fuera Serena. Tiempo habría de convertir la buhardilla en palacio.
Después fue el encuentro en los salones del círculo. La presentación del marido. El saludo a los gobernadores. Las consabidas alabanzas de los cuadros que colgaban de las paredes. «Las mejores obras de Casas…» Siempre todo era «la mejor», allá en el liceo.
De aquella noche recuerdo especialmente la mueca tensa de Victoria, el puro aromático de Rampardal y la sonrisa entre servil y boba del conde de Trigo. «¿Crees tú que si España ingresa en la UNESCO experimentaremos un auge?» El conde de Trigo llevaba una temporada muy nervioso: su situación era algo precaria (peor aún que la de los Moraldo), el Banco le había descontado varias letras, pero la afición de su mujer a renovar el vestuario constituía para él una continua amenaza. También destaca la inquietud de Francisca Repecho, enamorada sin esperanzas de Manuel Bruton (sin acento en la o, sobre todo) gentleman español con grandes ribetes británicos y una elegantísima displicencia que lo cotizaba mucho.
Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor) era un ser mítico, lleno de misterio, que fumaba sólo «mentolados» y tenía pasión por los animales (naturalmente pertenecía a la sociedad protectora de los mismos), pero que desdeñaba olímpicamente a las personas. Algunos decían de él que era marica, otros que era impotente, y otros que era un tío caliente que se tiraba hasta a las cocineras de su casa.
Lo cierto era que, entre las mujeres, Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor) gozaba de gran prestigio, y más de una se hubiera casado con él pagando fortunas. Pero Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor) no hacía caso a ninguna, ni siquiera a su enamorada de toda la vida, Francisca Repecho.
Aquella noche el marido de Serena paseó por los salones del círculo junto a Alicia. Hablaban de pintura: al parecer, también él era artista. «O al menos intento serlo…»
Yo me quedé con Serena: «Por fin…» Serena reía, recordaba la mañana de Can Pou, nuestro juego de petanca, el islote que se alzaba a pocos metros de la playa… «Ignoraba que me hubieras buscado.» Era extraño pasear con Serena por aquel lugar: «Estabas siempre tan distante…»
– Ahora estoy aquí -contestó riendo.
Tras ella había un espejo grande. Su desnuda espalda se reflejaba en él.
– ¿Por qué? ¿Por qué te he recordado tanto?
Su espalda se encogía y sus ojos se achicaban sonrientes:
– Misterios de la vida: también yo te he recordado a ti…
Nos interrumpieron; el segundo acto iba a empezar.
– ¿Hasta cuándo vais a quedaros en Barcelona?
– No lo sé: pero volveré. Victoria nos ha invitado a su casa. Va a dar una fiesta en Noche Vieja…
– Falta más de un mes.
– Un mes no es un año y medio -bromeó ella.
Aquella misma noche volvimos a vernos. Las funciones de gala no solían acabar en el Liceo. Fuimos a Rigat. Era preciso que las mujeres amortizaran sus trajes. Paco se había ocupado de reservar las mesas. Paco era maestro en ese tipo de cosas. No sé aún cómo se las arregló para que Serena y yo estuviéramos juntos y para que Justo Fuentes se sentara junto a mi mujer. Sé que aquella noche pasó como un suspiro sin que las horas contasen ni la gente que nos rodeaba tuviese relieve.
Alicia parecía contenta. Fuentes, aunque ya mayor, continuaba siendo un hombre atractivo. Y Alicia se sentía cómoda a su lado.
Serena me contó su vida: una infancia destrozada por la guerra, un padre fascista sacrificado por la causa, una madre arruinada con dos hijos que alimentar: «No me juzgues mal, Carlos, pero cuando mi madre y mi hermano murieron me vi obligada a trabajar en un café como bailarina… Estaba sola en el mundo y no tenía dinero.»
– ¿Por qué no me llamaste? Yo te hubiera socorrido.
Era imposible imaginar que aquella criatura hubiera podido vivir excluida de mi contorno hasta entonces. «No lo sabíamos, Serena; pero ya nos conocíamos, estoy seguro…»