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Se dejó socorrer por Justo Fuentes: «Me arrancó de aquel lugar y me convirtió en su mujer…»

– ¿Lo querías?

– Le estaba muy agradecida.

– ¿Y él?

– Me quiere.

Lo suponía. Era difícil no querer a Serena. Era difícil estar a su lado sin sentir el deseo de estrecharla en los brazos.

Cuando nos separamos, retuve su mano entre la mía: «Hasta fin de año…»

Tardó en llegar. A veces tenía la impresión de que aquel año no iba a acabar nunca.

Los Fuentes se presentaron una semana antes del día 31. Paco me llamó por teléfono para comunicármelo: «Ya están aquí.» Al hablar de Justo se mostró intrigado:

– ¿Sabes lo que te digo? Ese hombre ha cambiado. Tengo la impresión de que está perdiendo terreno en las esferas políticas. El otro día Manolo (Manolo era el ministro de Comercio) me habló de él despectivamente: «Ese Fuentes se la está jugando», me dijo. No me atreví a indagar más… Pero algo le ocurre.

– Tal vez tenga ideas demasiado cerradas.

– Yo diría que le importa todo un comino: que el régimen (incluido el Fuero de los Españoles y las Leyes Fundamentales) le tienen sin cuidado…

– Quizá esté despechado. Todo el mundo decía que iban a nombrarlo ministro…

Me propuse conocerlo mejor, tratarlo a fondo, intimar con él. Era una forma de acercarme a su mujer. Organicé una cena en mi casa en honor suyo.

Fue una cena ostentosa servida por dos criados alquilados y por Juan Villoria (generosamente cedido por mis suegros), en la que se repitieron las vulgaridades de siempre: el fútbol como enfoque político, la inmediata posibilidad de un concordato entre el Vaticano y España, como enfoque clerical; los abusos que cometían los de la Fiscalía de Tasas, como enfoque económico, y el notable incremento que experimentaba el ramo homosexual, como enfoque lúbrico.

Recuerdo que al rozar aquel tema, Francisca Repecho se volvió insistentemente hacia su enamorado Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor) para ver cómo reaccionaba. Pero no pareció inmutarse. Continuó sorbiendo la sopa como si tal cosa. Me dije que no podía ser de ningún modo marica. Jamás le había visto yo mover las manos como si fueran abanicos, ni arrastraba las eses cuando finalizaba una frase, ni cerraba los párpados cuando discutía… Pero en cambio era hipersensible (cualquier alusión a su persona arrancaba de él arrebatos de furia), y aquello era altamente sintomático.

Justo Fuentes estuvo comedido. Dosificaba sus frases. Apenas lanzaba opiniones. Producía la impresión de que algo muy profundo lo estaba atenazando.

Aquella noche Victoria tuvo varias salidas de tono. (Victoria empezaba ya a beber.) Se metió con Serena; le repitió insistentemente que sus ojos daban miedo y que por muy señora Fuentes que fuera, no tenía derecho a tener ojos de pantera.

Serena y yo apenas hablamos. Cuando nos trasladamos a la sala para tomar café, me senté junto a su marido. Hablamos del futuro de España, de los peligros que habíamos pasado durante la guerra mundial, de lo difícil que había sido para Franco mantenerse neutral, de la opresión de Hitler:

– Desengáñate, Carlos; no hay opresor mayor que aquel que vive oprimido. Y Hitler era un oprimido, por su resentimiento, por su afán de poder…

Habló de Hitler mucho rato: dijo que había sido un hombre funesto: un ser empeñado en estar al servicio de la política, pero no del pueblo… «Algo que ocurre con demasiada frecuencia…» Me dijo luego que también él había estado, sin darse cuenta, al servicio de la política. «Ése es el terrible peligro del hombre público…»

Hablaba lento, midiendo cada palabra; sin resentimiento, pero, sin duda alguna, abrumado: «Es como si diéramos de comer al tenedor cuando en realidad es el tenedor el que ha de llevarnos la comida a la boca…»

– Voy a confiarte un secreto, Carlos: no creo en la política.

Lo recordé en otros tiempos, cuando su nombre se hallaba en la cumbre, cuando todos decían que el destino de España iba a caer en sus manos.

– Sé lo que estás pensando, pero te equivocas: no hablo por despecho. La gente cree que he sido rechazado, pero no es cierto. Yo mismo me he inhibido.

No lo entendía. Me fijé en Serena: nos estaba contemplando con recelo. Se acercó a nosotros: «Apuesto a que mi marido te está poniendo la cabeza como un bombo…» Fuentes la miró indiferente y se llevó la taza de café a los labios. La voz de Serena continuó:

– Sus teorías no pueden ser más absurdas… Dice que solamente un político que se resiste a serlo, puede llegar a ser un buen político, que todo es cuestión de afán de poder, y que el afán de poder es siempre egoísta…

– Pero eso sería utópico… ¿Cómo se puede ser político sin estar preparado?

Serena lanzó una carcajada:

– Según él, no hay preparación mejor que la de estar en la política «a la fuerza».

Fuentes se levantó. Se miró las manos. Sacó un pañuelo del bolsillo y lo pasó por las palmas:

– Hace calor -dijo.

Comprendí que entre Serena y él había algo tenso, algo que no funcionaba.

– Vuestra cena ha sido magnífica -comentó. Y se adhirió al resto de los comensales.

Su forma de actuar me intrigaba. Pasó el resto de la velada en silencio. Nadie diría que aquel hombre hubiera podido ser un personaje brillante. Las vulgaridades de siempre continuaban en boca de todos. Recuerdo que la condesa de Trigo (cuyo afán de notoriedad llevó a su marido a la cárcel algunos años después) pasó la noche presumiendo de «avanzada». Se quejaba de «nuestro encierro», de nuestras limitaciones, de nuestra contención amorosa… (Era su forma de justificar la indigencia particular.) Y Paco la coreaba lanzando diatribas contra la opresión que nos estaban imponiendo en las altas esferas.

Fue entonces cuando Justo Fuentes volvió a emitir su opinión:

– Opino como vosotros, sólo que difiero en el matiz.

Se volvió hacia su mujer al decir aquello, lo recuerdo muy bien. Serena no pestañeaba. Miraba a su marido tragando saliva, y Victoria la miraba a ella…

– La libertad que pregonáis es siempre una esclavitud… No puede haber libertad sin límites.

– En ese caso la libertad no existe -dijo Victoria.

– Es una cuestión de elegir bien -respondió Fuentes.

Victoria se puso en pie; alzó su copa, excitada: «Brindo por el sermón del padre Fuentes…» Rieron todos. Serena respiró hondo, se acercó a mí: «Victoria tiene razón -dijo-, mi marido se ha pasado. La verdad es que los sermones de los seglares son mucho más inaguantables que los de los curas…»

A pesar de todo, cuando se fueron, Justo Fuentes me tendió la mano amistosamente: «Ha sido una noche muy agradable», dijo.

A los dos días se celebró el baile en el palacete Remo. Paco y Victoria tenían un departamento en el piso alto del edificio, pero los padres de Victoria habían cedido sus salones para aquella noche.

– Un rasgo -decía Paco irónicamente-, un generoso rasgo de mis suegros.

Cuando Alicia y yo llegamos allí, la casa estaba llena. Infinidad de rostros conocidos nos salían al paso. Criados de librea servían whisky «para animarnos». Tardé en ver a Serena. Iba vestida de negro, su espalda al aire, sus brazos, todavía algo tostados, desnudos.

Paco, con su habitual mano izquierda, había conseguido que Serena estuviera a mi lado durante la cena. Hablamos poco. Había mil ojos espiando, mil cerebros dispuestos a «saber».

Me fijé en Victoria; estaba de espaldas en la mesa de enfrente: tenía un cogote tieso y delgado, rapado y áspero. A su lado Manuel Bruton (si se pronunciaba Briuton, mejor) departía animadamente con la condesa de Trigo, sin prestar la menor atención a Francisca Repecho.

De pronto alguien gritó que iban a dar las doce, y las luces se apagaron. La estancia quedó únicamente iluminada por las velas. Serena me tendió la primera uva. Rocé sus dedos; los besé: «Apresúrate, Carlos; trae mala suerte no acabarlas todas.» Y las tragamos al son de las campanadas que un gong emitía gracias a las pulsaciones de un criado. Después vinieron los abrazos y los besos y los apretujones y los traslados de una mesa a otra; y las exclamaciones consabidas: «Darling», «querido», «Chérie…» Alicia se abría paso con dificultades para llegar hasta mí: «Feliz año nuevo, Carlos…» Le contesté lo mismo mientras le rozaba la mejilla… Y Serena, ¿dónde se había ido Serena? Percibí una presión en mi brazo: era Pilar Berruguete, ansiosa de estamparme dos besos: «Querido amigo mío…» Era idiota besar a Pilar Berruguete, era idiota besar a Teresa Rampardaclass="underline" «Feliz año nuevo…» Pero Serena había desaparecido. Anduve intranquilo hasta que di con ella: se había sentado a la mesa de los privilegiados, entre los Repecho y los Sobrado.